Por Noé Jitrik

Al parecer se está avanzando en el conocimiento del enemigo que tenemos no por delante sino en las sombras: ¿nos llevará a enfrentarlo con éxito? Es posible, deseable desde luego. Es la ciencia en la cual estamos poniendo toda la leña para que no se apague el fuego; metáfora peligrosa, la dejo interrupta pero no puedo dejar de pensar en la responsabilidad de los que investigan, en los riesgos que corren y en lo que los hace quemarse las pestañas para encontrar algo más. Los mueve, a casi todos los que están en eso algo que llamo “la pasión”, esa palabra que solía aplicarse a las relaciones personales o a la entreqa a alguna causa o a infinidad de objetos, el juego, el deporte, el dinero, los viajes, la comida y hasta, habría dicho Borges, la mentira.

Ahora quiero aplicarla a la investigación sobre todo porque es más riesgosa que en tiempos ordenados y programados, una cosa es investigar sobre ese malicioso bicho y otra sobre un tema previsto, necesario o no, apasionante o no. Pero, ¿qué es la pasión? La palabra nace en el hígado, “hépatos” en griego y, ya formada, pasa como “passio” al latín y forma parte de una gran familia en la que se destacan “padecer”, “paciencia”, “compatible”, “patíbulo” y muchos más. Tiene un ingrediente sentimental, absorbente, consagrado y, por cierto, fuerza. Puede ser ciega, irracional y torrentosa, pero también calculada y muchos otros usos pero sin duda es indispensable si se trata de una causa, nada importante se puede hacer si no media una pasión. En suma, sólo la pasión por la búsqueda puede dar frutos, si falta es estéril, ciencia burocrática es la huérfana de la pasión.

Pero ¿no corre riesgos la pasión en todos los que enfrentan lo concreto, o sea los enfermos? Por supuesto, en todo lo que constituye el sistema de salud, médicos, enfermeros de todo tipo y género y todo lo que los sostiene. Éstos, en particular, arriesgan la vida por mero contacto, no pueden sino hacerse cargo, pero ¿los apoya el sistema? No es necesario ser muy advertido ni estar al tanto de todos los detalles y minucias que las deficiencias y carencias en esta instancia son muy considerables por no decir graves. Es cierto que el desmantelamiento de ese mismo sistema operado desde hace décadas en favor de una ilusoria medicina privada muestra sus resultados en un momento tan crítico como éste y que el Estado, que es el responsable de atenderlo y resolverlo se encuentra igualmente en encrucijadas, la primera de todas es con qué recursos cuenta para atender y resolver.

Me viene a la mente la convocatoria que la dictadura hizo cuando se embarcó en la locura de Las Malvinas: reproduciendo el histórico gesto de las Damas Mendocinas muchos ciudadanos comunes aportaron. ¿Lo hicieron también los miembros de los poderes? ¿Lo están haciendo ahora? ¿O es preciso una guerra de tipo convencional, incluso delirante, para que todos aportemos? No debería tardar el gobierno en constituir un fondo solidario para volcar recursos al sistema de salud, proteger a los médicos y los demás y disponer de lo necesario para salvar vidas, a partir del aporte de aquellos que más ganan, apurando a los que más tienen, atrapando a los que más fugan, empezando por los de arriba en todos los campos, desde funcionarios de los tres poderes hasta empresarios y ejecutivos, financistas y por fin ciudadanos comunes. No es un delirio, no se puede dormir tranquilo como si nada pasara, como si no hubiera gente que está arriesgando la vida para salvar a desconocidos que pueden morir sin que nadie se entere y que sean sólo parte de cifras que parecen condensar toda la tragedia que azota a la humanidad.

Preocupado, me entero de que el Presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, a quien apoyé y sigo apoyando porque es una voz nueva en el horizonte político mundial, acaba de resolver acabar con un instituto, el FONCA (Fondo Nacional para la Cultura y las Artes), que desde 1989 ha ejecutado un vasto programa de aliento y protección a la cultura mexicana en todos sus aspectos. No puedo entender esa decisión, antagónica del mensaje que le permitió llegar a la presidencia y que había concitado el apoyo de gran parte de la cultura mexicana y sus mejores expresiones; tampoco puedo comprender otros dos aspectos, el primero la peregrina idea de que el Estado ahorrará dinero, el segundo que la perturbadora y negativa idea se presenta en medio de la situación que afecta a México, como al resto del mundo, me refiero a la pandemia, sobre llovido mojado, crear un problema con un sector indispensable para la vida del país. Gesto inoportuno, injusto, irritante y mal concebido.

También pienso en otro aspecto de la vida política que este episodio suscita: ¿en qué pone el acento una propuesta de gobierno y/o luego una gestión? Veamos Brasil: el acento no está puesto en la economía, menos en la cultura y ni hablar en el bienestar de la población que, gracias al personaje bufo que gobierna el país, ha perdido mucho de lo poco que tenía; está puesto en el combate contra un comunismo que es una mera palabra en Brasil, en el poder militar y religioso, para no entrar en el detalle de lo que está detrás de estas opciones. Al contrario, en la Argentina, lo digo con alivio y satisfacción, el acento está puesto en la vida de la población, no en la economía.

Es una apuesta dura, puesto que la economía no se puede ignorar, y verla deja ver a su vez todo lo que provoca: un gran empresario despide obreros y empleados y, oh casualidad, se desencadenan cacerolazos y sinuosos artículos de diarios, como si no tuvieran nada que ver, con, precisamente, esa opción. Siempre, en toda política y en toda decisión humana se elige y a eso lo llamo “poner el acento”. La cuestión es sobre qué.