Por Noé Jitrik.

Durante el día la cuarentena se lleva bastante bien; pequeñas tareas que, en mi caso, no difieren de las que tenía que realizar antes, en la feliz época en la que un virus vivía determinado tiempo y terminaba por extinguirse solito, sin antibióticos ni nada. Al principio pensaba que debía ocupar el tiempo cocinando, viendo películas o contestando viejas cartas que habían sido postergadas mucho tiempo y de eso hablábamos con los amigos para quienes era más o menos lo mismo: una llamada telefónica aliviaba una tensión, mi empeño porque nadie se deprimiera a veces tenía éxito y al final de la conversación el tono fastidiado del comienzo se atenuaba; al final del día enterarse de lo que había pasado y sentir alivio cuando alguien sensato informaba de algún progreso, de alguna victoria sobre el virus, así fuera pequeña, de una canallada intelectual de las Bullrich et.al. Pero el hecho de que el encierro fuera obligatorio y mínimamente voluntario cambia un poco las cosas. Lo noto, en mi caso, al despertarme, mi cabeza empieza a funcionar a toda marcha y los pensamientos se apelotonan y se empujan, tengo la vívida impresión de que algo de eso será útil para mí después, una imagen, una frase, una solución grandiosa, un recuerdo de alguien querido, el sol que acaba de aparecer, un malestar que se insinúa, una dificultad para proveerme, el silencio que reina en la ciudad, todo se me hace posible mientras doy vueltas en la cama y no consigo seguir durmiendo, que eso es lo mejor que me podría pasar. Y luego esperar y que otros decidan lo que más me conviene para no caer derrotado en este combate sin forma.

¿Y los demás? ¿Esos demás que no son de mi grupo de pertenencia, o sea de mi clase, para decir las cosas como son? Esos muchos que tienen que respetar la cuarentena, para eso son ciudadanos como todos los que vivimos en este país, y que son cinco en una pieza de algo que podría ser un habitáculo de chapas y maderas y cartones, ¿cómo hacen? No creo que se pongan a contestar viejas cartas ni a esperar las noticias sobre la estructura del virus. Toleran, y eso es comprensible, pero es intolerable y eso no es comprensible. Dicho de otro modo, son dos órdenes de problemas y no uno solo, el ocasional y pernicioso del virus, que así como ataca al Primer Ministro británico puede diezmar a esa población que no ve películas viejas para aguantar el encierro, y el permanente de condiciones de vida que no se entiende cómo se soportan. ¿Servirá todo eso para ese gran cambio? ¿Me anularán la angustia acusándome de populista?

No es ningún secreto, o algo que me pasa sólo a mí, que vivimos al día, día a día; hoy hay comida y la disfrutamos, mañana no sé, por ahora sí pero quién sabe. Pero no es una sensación que la pandemia haya procurado, en realidad siempre es así, el carácter de inminencia –puede pasar lo peor, como en la guerra- que tiene esta situación hace que uno olvide que siempre ha sido así y que ahora no es muy diferente aunque sea más vívido. Es por eso, creo, que muchos, que lo pueden hacer, se precipitaron cuando comenzó la cuarentena a comprar mucho más que lo que necesitaban para el día, con gran alborozo de los supermercados que de inmediato subieron los precios –el miedo de unos desencadena la certeza de otros- y los que no lo pueden hacer, que son muchos más, se resignaron a arreglarse con lo que había y mañana se verá. Aquí se verá pero seguramente ya se ve en otros lugares del mundo: ¿en África, por ejemplo, crónicamente condenada en gran parte a vivir al puro y mero día? Pensar en eso no es grato, tampoco felicitarse, cada día, por no haberlo pasado del todo mal pero así son las cosas, hay suertudos y hay desgraciados, un abismo entre ambos pero sentirlo y saberlo y hacer algo con eso debería ser el tema básico de toda política.

Pensar que en otra época fui casi amigo de Mario Vargas Llosa: no lo puedo creer por poco que piense en la bifurcación de nuestras respectivas rutas vitales. Yo estoy donde estoy y sin más, no tengo por qué definirlo, él acaba de salir del sarcófago y con otros muertos como Aznar, Macri, Bullrich y semejantes se están haciendo los vivos. Claro que no son muertos comunes, saben lo que hacen cuando disparan sus murmullos inarticulados, ese ruido semántico que fascina a los mayores productores de obituarios que en el mundo han sido, La Nación en particular, seguida por el fiel Clarín. En estos días nos previenen contra el autoritarismo de Fernández y predican, Fernández no sabe cómo salir del atolladero en el que se metió cuando tuvo que tratar con ese bichito que vino providencialmente a ayudarlos a salir del féretro para que pudieran correr presurosos a socorrer a los ricos, amenazados a entregar algunas chirolas. Pero argumentan y a quién le importa lo que argumentan, y esa argumentación los lleva inexorablemente a los brazos de ese otro idiota que tiene el mérito de exhibir su idiotez, de Bolsonaro estoy hablando, a quien pronto van a consagrar como si fuera un Pericles o un Alfonso el Sabio. ¡Lo que hay que aguantar en este panorama de destrucción! El virus nos amenaza y si para Macri eso es menos grave que el populismo para cualquiera que tenga dos dedos de frente es gravísimo, casi tanto como el virus, que esos amputados pudieran llegar nuevamente a lo que debería ser la “ciudad prohibida” para ellos.

Las noticias son en estos días tan veloces como el virus; vienen de todas partes y no dan tiempo para procesarlas. ¿Cuál será más llamativa o importante como para detenerse en ella y elaborarla un poco, asimilarla, comprenderla y asimilarla? Son semejantes a la ubicuidad del virus y se incorporan a una especie de reloj que va modificando su inventario como si palpitara. Me pregunto qué me deparará mi hija que, porque no está cerca, es noticia también, o mis amigos, los que me llaman y escriben y los que no lo están haciendo. El tiempo parece haberse vuelto loco, cuando abro los ojos por la mañana parece tranquilo, me depara soledad, me promete soluciones y de pronto se echa a andar a los saltos como un viajante de comercio en busca de buenos negocios, o como un asmático en busca de aire. Al rato, se tranquiliza, es una marca más en la pared de una celda de un condenado a cadena perpetua, pero yo no lo estoy.