Por Noé Jitrik

La palabra “frontera” apareció muchas veces en estos días (o meses) de pandemia. Fácilmente comprensible al mencionar países, sobre todo vecinos y, ni hablar, lejanos. Los países una amenaza, las fronteras una protección o una salvaguardia aunque se sabe que hay muchas maneras de saltar por encima de ellas sobre todo cuando son apenas líneas trazadas en un mapa y no dividen territorialmente nada. Garantizan muchas cosas, sobre toda la identidad de los países que separan, una cosa es Misiones, por señalar un punto en el que la frontera está muy presente, separa a la Argentina nada menos que de dos países, ambos, sobre todo Brasil, muy peligrosos, y Paraguay, tan misterioso, y otra es San Luis, librada a sus propios, y virtuales, límites. Establecerlas ha sido siempre una cuestión, con Chile por ejemplo, problema de límites, incesante motivo de conflictos, de guerras en algunos casos. Se diría, y a eso voy, que frontera y límite son conceptos encadenados pero que se aplican también a las relaciones interindividuales: todos nosotros establecemos límites, dejamos entrar a nuestro territorio o no, la fachada de un edificio es una frontera, lo es la puerta de nuestra casa.

Pero el límite no es sólo eso sino también realidad psicológica y hasta psíquica: vivimos acotados por límites, desde el lenguaje hasta las costumbres y por supuesto la cultura, tanto que generamos conductas a su respecto. Yo diría que dos fundamentalmente: o bien defendemos esos límites con uñas y dientes, no queremos que nadie los viole y viole nuestras fronteras o bien nosotros mismos los transgredimos. En el campo del arte esto es clarísimo: o bien nos aferramos a lo que podríamos llamar la “academia” o bien nos internamos en la tierra de nadie que es la ruptura, la vanguardia. Y en política es lo mismo: ser conservador, y ahora derechista, es querer que no nos saquen de nuestros límites, que no nos alteren, que no nos propongan nada nuevo y desconocido, que no perturben nuestra tranquilidad con novedades y caprichos; transgredir los límites es la aventura, la imaginación, el riesgo, la incertidumbre, el temblor de lo desconocido y quienes lo aceptan aceptan las consecuencias, los grandes cambios o los fracasos, en suma, la marcha de la civilización.

¿Permite interpretar este intento de precisión un conflicto como el que mantiene al país, a éste, en vilo? Los derechistas, son legión, no quieren ni siquiera escuchar, cambian de canal, tratar de explicarles o de convencerlos es enfrentarse con un muro de piedra: que pese a los escandalosos desaciertos del macrismo haya gente que todavía siga apostando a esa figura y salga ridículamente a batir cacerolas, sólo puede comprenderse porque cree, ilusoriamente, que le garantiza ese seguro silencio de lo inmóvil, de lo que cree que no debe ni puede modificarse. A Cristina, en cambio, la sienten como incomprensible, que se “extralimita”, como que es capaz de conducirlos a lo más terrible que les pueda suceder, o sea a comprender algo más de lo que han creído comprender hasta ahora y a perder la seguridad de su pobre ignorancia. El ignorante no es el que “no sabe”: es el que “no quiere saber” y está orgulloso de lo que ignora.

En una entrevista que me hicieron a comienzos de mayo, obviamente sobre lo que está ocurriendo, o sea la cuarentena y lo que la ocasiona y después de contar cómo la estoy viviendo, cosa que no difiere demasiado, o nada, de cómo la vive la casi totalidad de la población, salvo lo que se llama “los más vulnerables”, señalé la diferencia que puede haber entre definir al virus como un “enemigo invisible” y considerarlo una enfermedad. En la primera manera de referirse se trataría de un combate, o de una guerra; si es así, se trata de un enfrentamiento entre dos ejércitos, uno concreto, el sanitarismo, y otro que vaya uno a saber si es virtual o qué es en términos militares. Y, si es una guerra, el resultado no puede no depender de las fuerzas en pugna: las nuestras, se ve, por el momento son insuficientes, las del enemigo, se ve, poderosas: ¿qué nos espera? ¿una derrota estrepitosa sin posibilidad de tratado de paz? ¿o que vuelva de su tumba un David que humille a un Goliath? En cambio, si es una enfermedad, el problema es la prevención, ahora un poco tardía, y la cura que, presumo y deseo, está en marcha aunque no sea visible: está en el secreto de los laboratorios y en la inteligencia de esos personajes tan singulares que son los científicos, esas personas que parecieran ver en lo mínimo lo que quien no lo es no ve, el que se detiene en el rumor de las células y escucha cuáles son las formas del mal, hasta encontrar sus puntos débiles, las secretas puertas que permiten llegar a lo profundo de su ser y destruirlo.

Gracias a la pequeña notoriedad que adquirió una para mí desconocida señorita Felicitas Beccar Varela este apellido se me reapareció, no lo tenía presente. Corresponde a una familia de gran linaje y en alguno de sus miembros de destacada actuación. Por ejemplo, quien bien podría ser el abuelo de Felicitas, de espectacular y definido nombre, Horacio María del Corazón de Jesús Beccar Varela (no podría decirse del que se lo puso que era masón o ateo), fue ministro de Uriburu cuando desalojaron a Yrigoyen en 1930, y muchas cosas más, siempre de alto voltaje: nacionalista fascistoide, derechista, abogado de la calle Montevideo, un curriculum interesante.

Su nieta aparece como la tontita de la familia, lo cual explica que forma parte de las huestes del PRO y que, en virtud de ese rasgo de carácter, ocupa un puesto de senadora en la Provincia de Buenos Aires. Del quizás abuelo qué podría decirse que no vaya de suyo, personajón de la más rancia derecha del país, miembro destacado del equipo preparado para secundar a cualquier golpe militar y/o dictadura que se ofrezca para liberar al país de la anarquía que lo acecha, y si no es para tanto, de los populismos que de repente se creen con derecho a ordenar la vida de la gente. La nieta, de agradable aspecto, tiene sus opiniones. Cuando se buscaba a Santiago Maldonado, alguien acotó, se declaró aburrida de tanto que se hablaba; en estos días, más seriamente, declaró que Fernández y el gobierno se aprovechaban del coronavirus para hacer mediante la cuarentena que se arruinaran todos los negocios y las industrias con el fin de que el Estado las comprara a precio vil y convirtiera al país en Cuba y Venezuela, no en uno u otro sino en los dos al mismo tiempo. Siniestro plan que ella denunciaba valientemente pese a la tremenda censura que reina en el país.

Sería Rodríguez Larreta o algún otro miembro del PRO, alguno de los pocos seres semi razonables que puede haber en ese partido, que le debe haber dicho que por qué no se callaba, que para estúpidos hay muchos que están esperando la oportunidad de hablar. ¿Qué hizo esa chica bonita? Explicó que alguien publicó lo que le había dicho a una de sus hermanas, creo, de modo que no entendía por qué la estaban criticando. O tal vez yo la estoy juzgando mal y no es tan tontita; tal vez simplemente está un poco confusa y necesita que le expliquen, cosa que no lo consigue ni siquiera con el psiquiatra que la atiende y que no sabe si levantársela o frenar sus disparates. Yo tendría el mismo problema.

Me pregunto, no sin preocupación, desde dónde hablan los delirantes cuarentenofóbicos que están haciendo ruidos guturales en calles céntricas de Buenos aires y en otras ciudades. Lo que cualquier persona en sus cabales entiende de inmediato ellos lo rechazan de entrada y creen, ilusos, que el virus es cosa de otros, a ellos no les va a tocar, tener cuidado, emiten, cuando logran hablar, va a convertirnos en vasallos de Venezuela, horrible perspectiva. Subsiste la pregunta: ¿de dónde salen esas peregrinas relaciones?

Se dirá que de la lectura de Clarín o de las lucubraciones de Majul o semejantes pero esa explicación, puramente causalista, me parece pobre, lo mismo que el odio a Cristina, puro vómito, así de incontrolable. Prefiero una explicación más digna: para mí que se trata de sentimiento, muy arraigado, de esos que no necesitan justificarse, semejante al de hablar destruyendo el idioma: lo llamo “legitimidad”. Parece chiste: se suele usar como ejemplo de verdad, de autoridad, de valor, pero ese generalizado uso ignora lo más importante de esa noción, el hecho de que la legitimidad se tiene, alguien la otorgó (el nacimiento, la Iglesia, la fuerza, el dinero) por lo tanto no se adquiere y el que se vale de ello actúa como quiere, no necesita justificar, explicar ni siquiera reflexionar. Quienes se sienten así, legítimos, el Rey, el General, el terrateniente y los estúpidos, dicen por lo tanto cualquier cosa, se enfurecen como frenéticos de hospicio o como terraplanistas, esa especie de temblorosos que sostiene que la tierra no es redonda y que quienes sostienen que lo es intentan convertirnos en esclavos de Cuba. Así de simple.