Por Noe Jitrik

Hace muchos años, en una universidad mexicana, un colega contó la historia de un soldado romano, pongamos que se llamaba Cayo Julio Rufo. Era un centurión feroz, a quien se le había encargado que se ocupara de los cristianos entonces perseguidos. La leyenda pretende que era implacable, los torturaba antes de decapitarlos, todos temblaban ante su mero nombre. Pero un día, de pronto, tuvo una revelación; quizás, esas cosas que parece que pasaban en esos tiempos, se le presentó el propio Cristo en persona, quizás fue Dios Padre, el hecho, que parece probado por lo que ocurrió después, es que cesó su terrible tarea, se convirtió al cristianismo, que entonces crecía y, para purgar todo el daño que había hecho, se fue al desierto, vivió como cenobita durante muchos años y hasta fundó una orden cuyos principios dictó hasta morir en paz, santificado por la Iglesia.

Fue, en consecuencia, un converso, quizás el primero, quizás su ejemplo iluminó a muchos otros al correr de los siglos. Pero los conversos, que hacen legión, lo fueron por diversas circunstancias, no todos fueron como nuestro centurión. El siglo XIII y siguientes, casi hasta el XIX, fue pródigo en conversiones al cristianismo, la mayor parte de ellas obtenidas por la fuerza –famoso fue, “la conversión o la hoguera”, de San Vicente Ferrer-; en alguna medida por conveniencia –el padre de Félix Mendelsohn-; muy pocas por convicción–Simone Weil lo hizo-. Quizás sea demasiado atribuir a las conversiones actuales los rasgos tan extremos del excenturión pero algo de semejante se puede encontrar en las de tiempos cercanos, en particular lo que se denomina “el furor de los conversos”, es como si quisieran apartar la sospecha de que el pase a otro equipo no es sincero y, por lo tanto, redoblan sus esfuerzos por convencerse y convencer de que son los mejores defensores de la flamante causa: un feroz Inquisidor en un cuento de Borges era un judío converso.

Nuestros días son pródigos en conversiones pero de otro tipo, en particular políticas; en todo caso, son las que importan en la actualidad, las religiosas interesan poco. La de Pichetto es en ese sentido ejemplar: años luchando desde el peronismo y de pronto se pasa al enemigo, pero no como Cruz (“Cruz no consiente que se mate así a un valiente”, no hay ningún valiente a quien defender), el enemigo es lo que hay, o sea quienes eran sus iguales hasta la víspera y a los que hay que destruir. Lo vemos, por consecuencia, corroborando los ataques a Cristina por quien sollozaba en el augusto recinto senatorial, lo vemos sosteniendo al alicaído cuerpo político de Macri, es su mejor defensor, convertido en el mejor abogado del PRO algunos de cuyos miembros lo han de mirar agradecidos porque no esperarían que de un riñón de Cristina brotara un ente que les sacara las castañas del fuego pero, al mismo tiempo, desconfiados, no me extrañaría que si lo pescan en algún renuncio lo pondrían en una linda hoguera, como les ha pasado a tantos conversos a lo largo de la historia.

Nadie podría sostener que nos está yendo mejor en la lucha contra el virus, muertos e infectados en cantidad lo impide, y el argumento de que en los demás países, casi todos, la cosa es mucho peor, a fuerza de querer hacernos creer que lo que pasa aquí es muchísimo menos grave, deja de tranquilizarnos, que sea menos o más grave empieza a sernos indiferente y deja de importarnos, lo que nos importa es que esto es como un desfiladero que no hace más que prolongarse. Y en ese exacto punto el tema se convierte en político porque se relaciona con un “hacer”, que no es fácil para nadie, menos, desde luego, para los que vociferan en las plazas que, si los dejaran, terminarían con el ochenta por ciento de la población; es político, nunca dejó de serlo, adquiere una dimensión tal que para algunos caceroleros el problema no es la extraordinaria velocidad de reproducirse del virus sino la demora del gobierno en caer. Creen, ingenuos o idiotas, que el virus es un invento destinado a arruinar la extraordinaria economía argentina para, en ese momento, ponerla en manos de Venezuela o de Cuba. O peor es que si la enfermedad les toca se los tendrá que cuidar del mismo modo, con los recursos que gente como ellos se han resistido a proporcionar, ellos o los ricos con los que, pobres de ellos, se identifican.

Me gustaría que al despertarme pensara en términos políticos pero no lo logro, me asaltan imágenes de todo tipo, mi pasado se me viene en tropel, las rutinas del encierro me comprometen, los desajustes corporales me exigen. Quisiera considerar, por ejemplo, que ayer los infectados fueron un poco menos que anteayer, deseo que hoy disminuyan, deseo que no haya más y, al mismo tiempo, me temo que eso hoy no ocurrirá; trato de procesar la cuestión de las escuchas, seguimientos y personajes y, pese a que tal vez a mí mismo me hayan seguido –no sería excepcional, otras veces ha ocurrido- y comprendo su alcance y gravedad no me asombra, creo que en la falta de imaginación del gobierno macrista espiar debe haber sido una mediocre ocurrencia “genial”: ni me escandaliza, me pregunto si existe algún sistema que no apele al control de los ciudadanos, la marcha de un estado y/o del gobierno que lo conduce, el control sobre vida y milagros de los ciudadanos parece descansar en lo que hacen y piensan, sobre todo si ese estado o ese gobierno se sienten débiles y convierten la debilidad en prepotencia. Pero la rutina de la sobrevivencia me lo impide, se me presenta un largo día que será igual al precedente, investido del mismo temor, el asalto del maldito virus y las precauciones que hay que tomar. Pero no ha de ser totalmente así, otros toman iniciativas y proponen, cada llamada con una invitación o una ocurrencia me reaniman, el mundo sigue existiendo, no estoy en una incolora burbuja.

Pero tengo que soportar charlatanerías diversas, algunas populares, que repiten viejos chistes, otras que se pretenden culteranas, otras ideológico-filosófico-políticas, otras meramente arrogantes; coinciden en un solo punto: cada uno de los enunciadores habría hecho las cosas mejor, todo lo que hace el gobierno es mentira, acabemos con la farsa de la cuarentena y el pretexto del virus. ¡Qué fatiga! El virus, entretanto, se muere de risa, caen sus víctimas, los seres humanos no tenemos respuesta o, si la estamos procurando en laboratorios o en tentativas meramente sensatas, no podemos menos que pensar que no hay otra cosa y que minarlas es lo más estúpido que se puede hacer.

Llamo “Diario” a estas observaciones con la sensación de que convoco a un equívoco porque ese modo de registro tiene una tradición cuya primera razón de ser es la intimidad: la mía no aparece, no la convoco y hasta la excluyo. Los diarios, tanto los de los escritores o políticos, como los “querido diario” de las niñas, piden el secreto, se quiere que nadie sepa lo que se pone en ellos y, como segunda razón de ser, rechazan toda pretensión, la de seducir y aun la de convencer, las de los escritores dejan incluso de lado la estilística, les importan más los odios y los amores que la “obra” que, en el mejor de los casos, merecen un tratamiento especial.

En los del propio Kafka no hay nada de sus fantasías negativas, en los de Jung predominan las impresiones, en los cuadernos de Ana Frank las circunstancias de su vida en el encierro, y así siguiendo, hay mucho en este campo del que, evidentemente, mis “Diario de Vida Fernandiana”, se excluyen. En el título mismo y en la decisión de publicar cada tirada se ve que no guardan relación con la tradición: trato de detenerme en lo que sería propio del complicado momento en el que estamos viviendo aunque, no lo niego, no puedo evitar lo que del momento me repercute y me convoca de modo que lo que queda de esa estructura que se denomina “Diario” tiene algo de testimonio, algo de elaboración literaria, algo de vibración personal, algo de postura, algo de modo de pensar que viene de otro lugar, menos íntimo y más deseoso de hacerse escuchar. ¿Aclaración necesaria? ¿Por qué, para qué?