Por Noé Jitrik

No es para nada extraño que al ver cómo una turba atacaba a un camión de C5N me viniera a la mente el título de una película de Bergman: El huevo de la serpiente. ¿Cuál era la serpiente a que daría lugar el huevo? El nazismo, estaba explícito en la película. Era una especie de llamado, después de los hechos, a que nadie se engañara sobre cómo se había gestado ese aberrante fenómeno. En la película lo peor era que el nazismo atraía y convocaba a mucha gente que en si misma sería como cualquiera, común y viviendo normalmente sus penas y sus expectativas, a plegarse y se plegó. Ya se sabe cómo terminó todo ese encantamiento. ¿Actos como esa furia contra C5N son un indicio? ¿Podrá esa irracionalidad convertirse en algún tipo de fascismo con características locales? Pareciera que invocar las viejas virtudes, tolerancia, armonía, discusión, no están frenando impulsos como los que están apareciendo como respuesta a un enemigo externo, la peste, es como si del no comprender se pasara al culpabilizar y de ahí a atacar. No parece que eso vaya a prosperar pero no me atrevo a augurar nada. Fea situación, no me quiero engañar sobre esa perspectiva.

Después de más o menos cuatro meses y pico y durante ese período han aparecido muchas vírgenes que se presentan como “republicanas”; se expresan como si estuvieran a punto, nunca del todo, de ser violadas. La cuarentena es una de esas situaciones: como no saben qué otra cosa se puede hacer para controlar el virus proclaman que la República está en peligro. Es notorio: es la banda de Macri, principal defensor de la libertad (de comercio), y de movimiento (se fue a Europa), del respeto a la Constitución (manejó a la justicia como se le cantó), de la salud económica (él y sus acólitos saturaron las arcas de varios bancos suizos, panameños y etcétera).  ¿Serán así las Once mil Vírgenes del cielo cristiano?

Debo confesar que estoy harto de repetir que estoy sorprendido, históricamente, de que sigan pasando esos enfermizos comportamientos. No quisiera que el hartazgo generara indiferencia pero también confieso que quisiera que el país tomara de una vez  un rumbo definido y no anduviera a los tropiezos, metido en un laberinto de rábulas que merodean en los juzgados y ponen trabas en medio de la tozuda complicidad de clarines y naciones. Pero todo eso está pareciendo casi insignificante cuando se me precipitan informaciones acerca del porvenir que nos prometen los grandes consorcios financieros y comerciales y, sobre todo, en dónde reside el punto del conflicto entre los Estados Unidos, y sus magnas empresas, y la China, y sus avances en informática y control de mercados.

Expresiones como “Big Data” o “Big Five”, más cifras de millones y millones de dólares de empresas que cambian de dueño y pasan a engrosar a las más grandes, porcentajes siderales e ininteligibles porque convocan a comparaciones que no se pueden hacer a menos que uno dedique su vida a comprender qué quieren decir, todo eso sume en el desconcierto, los pobres seres humanos somos manejados y no podemos ni siquiera intuir el destino que nos preparan. ¿En dónde y con quién discutirlo? ¿En dónde y con quién defenderse?

Después de ver y escuchar a AF, sensible y claro, con el drama nacional reflejado en su cara, me pregunto si no es un poco tonto ser optimista en estas circunstancias. No tengo una respuesta porque ser lo contrario, pesimista, tampoco conduce a ninguna parte aunque el diseño del mundo, visto de manera pesimista, es crudo, los poderes de los nuevos modos del capitalismo son implacables, todo parece manejarse en los remotos escritorios situados vaya uno a saber dónde y, por abajo, sigue la devastación del planeta, el calentamiento llamado “global” altera los sistemas ecológicos, aunque algunos poderosos, “los multimillonarios patrióticos”, ofrecen la otra mejilla, mientras otros, mano en los bolsillos, se defienden con bastante éxito de toda tentativa de distribución y, entretanto, el virus sigue haciendo de las suyas mientrasse entabla la “guerra de las vacunas” y recomienza la danza de los millones. ¿Ser optimista? ¿Estar encerrados para evitar el contagio y seguir escribiendo para buenos lectores que estiman palabras serias y concretas? No lo sé pero sé que se necesita fuerza y paciencia, paciencia y fuerza, algo sucederá.

¿Se puede decir algo diferente pero que vaya al centro del conflicto en este momento tan problemático, tan perturbador? Parece difícil: los hechos son tan contundentes, la pandemia, la cuarentena, la reclusión, el Gobierno, la Oposición, la incertidumbre, que lo que leemos los replica, se vuelve sobre lo mismo, las voces se multiplican, a veces se entresaca una información, a veces una audacia fáctica o conceptual, por lo general es una maraña de la cual es difícil salir y todo se repite. ¿Qué sería, entonces, lo diferente? Lo hay: la actitud discursiva de Alberto Fernández, el silencio de Cristina, es a lo que hay que atender y comprender pero aún eso es objeto de repetición, en la repetición no vive lo diferente: periodistas se desgañitan, escribas se aburren pero unos y otros prosiguen y no hay más remedio.

¿Entonces? Una ilusión: creer que si se encuentra una manera de diferenciarse la realidad podrá ser otra porque podrá ser vista de otra y nueva manera. ¿La literatura? Pero no es que los glosadores, de lo bueno o de lo malo, no lo sepan, es sólo que se espantan con la literatura, si no redoblan, si no ratifican, si no se apartan del día, pierden pie y tiemblan, pueden desaparecer de un escenario que con la repetición llenan y saturan. Claro que exagero y tal vez confundo. Si digo lo que digo es porque el problema es mío, tal vez no del universo entero: mencioné a Fernández y a Cristina, puedo añadir, puedo añadir, si no lo hago me siento reticente, si lo hago con algunos excluyo a otros pero hacer esos reconocimientos distrae, no soy quién para hacer justicia, ése no es el problema principal. ¿Cuál es el problema principal? Creo que lo sé: es lo peculiar de esta situación, es el futuro que nos aguarda, es los caídos en esta contienda, aquellos que ignoran por qué cayeron, aquellos que aguardan el final para quedarse con lo que quede. ¿Lo que estoy diciendo es diferente?

Las fotografías que con deleite muestran a Mauricio Macri paseando por Francia –algunos diarios lo ignoran o pasan por alto-, remiten a momentos muy especiales, y encantadores, que muchos argentinos, entre otros yo, hemos tenido la suerte de experimentar. Me alegro: en la última vez que estuve, cuando la Feria del libro, me pareció  que Paris, por ejemplo, había perdido mucho del atractivo que yo le había conocido. Leo que está por entrar a ese célebre lugar,  “Aux deux magots”, se ve a un Macri rejuvenecido, de la mano de su bella esposa, exhalando bienestar y goce por la vida; me evoca las veces que yo mismo pasé varias tardes esperando en vano que se sentaran en su mesa predilecta Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir para escribir, la gran tarea de sus vidas.

Macri lo debe saber y seguramente se lo explicará a su pequeña hija qué fue el existencialismo y de que trata Los caminos de la libertad. Simone vivía a la vuelta del café, pero nunca la vi; en cambio vi varias veces a una muchachita preciosa que nos ofrecía sus dibujos. ¿Seguirá todavía por ahí? Si está, u otras que habrán llegado después, Macri comprará algún dibujo o medio kilo de cerezas, es la estación, o flores, es probable, es conocida su sensibilidad social y artística, se ve en la sonrisa de satisfacción que tiene al entrar al mítico café. Y luego nos anuncian, tal vez Clarín o La Nación siguen sus pasos, que está por ir, o ya fue, a Saint Tropez: ¡qué lugar, qué playa, qué comida, que envidia!

Y nosotros aquí, encerrados, sin ver ni siquiera la calle, no digamos las playas, consumiendo las últimas latas que quedaban en las casas para no tener que salir con frecuencia a comprar víveres. Después ir a a Suiza, que también tiene suyo y si sus importantes ocupaciones el tema del fútbol y el paso del tiempo se lo permiten y llega el invierno y las montañas se llenan de blanca nieve irá a esquiar a esquiar, no se lo debe perder ya que está, ese paisaje le permitirá decidir si vuelve a este terruño o se queda para siempre en esa Europa Mágica disfrutando a pleno pulmón.

Así es, Macri sabe vivir y va a los lugares donde se vive realmente, tal vez la nieve pero ahora la Costa Azul, Cannes y las emociones del bolillero saltarín que a lo mejor le ayuda a solventar esos precios que los que no sabemos vivir del mismo modo no podríamos jamás solventar. No es mi caso, no voy a fingir emociones que no me sacuden pero me pongo en la piel de los macristas que salen a gritar contra la cuarentena; estoy seguro de que se sienten orgullosos de lo que vive en estos momentos su Presidente y cómo lo vive, por eso lo votaron, porque sabe dónde está la verdad de la vida, que hay una sola, y la disfruta.