por Noé Jitrik

Dos muchachos argentinos y un mismo lugar de destino. Uno, un chico judío, criado en La Paternal, en Buenos Aires, empeñoso, estudiante de antropología en la UBA, decide en los remotos 59, irse a Israel, supongo que fascinado por la perspectiva de algo nuevo, un desierto a comprender, una tradición a recuperar, un lenguaje novedoso y un pasado inextricable a discernir. El otro, un muchacho de la subaristocracia cordobesa al que la promesa de una guerrilla no le fue cumplida y que lo incitaba, u obligaba, a buscar algún refugio, a algo que lo salvara de esa nueva forma de soledad en la que el final de la lucha armada lo había dejado a la deriva. El primero, laico, debe haberse llevado al emigrar el pensamiento de lo nacional que entendía que podía estar en otra parte; el otro, protegido oportunamente por un convento, recupera un credo y, no por agradecimiento sino por descubrimiento, se convierte. El primero no olvida su formación y termina por ser al cabo de los años el custodio de los sorprendentes manuscritos del Mar Muerto y un erudito, de proyección internacional, en la Biblia como texto. El otro llega a ser, en la tradición contraria, custodio del “Santo Sepulcro” durante varios años, diálogo secreto con el propio Jesucristo, en Israel ambos, casi vecinos. No tan opuestos, ambos deben haber convivido en un punto, el del origen, me gustaría que hubieran sido amigos y que no hubieran olvidado de dónde venían, Buenos aires y Córdoba, que de alguna manera alimentan un modo de ir al mundo, que no es el de pedir préstamos impagables sino de ofrecer lo mejor que tenemos, una pasión y un talento que crece en las calles.

Cuando la cuarentena empezaba era muy común que se dijera, “veo muchas películas que no había visto o que vi hace mucho tiempo”. Brindaba esa posibilidad el que circularan listas de películas que se podían ver gratuitamente, cosas muy extrañas a veces, de países desconocidos. Una verdadera compensación para un encierro que se esperaba que fuera breve. Yo mismo vi algunos clásicos, buenísimos, el cine es una fiesta. Pero, como esto se prolongó, no sé a los demás, a mí se me fue agotando el interés. A eso se sumó que mi computadora, de pantalla generosa, se colapsó y el taller que debía entregarla en tres días cerró por Covid, ya va casi un mes con la gran ausente. Antaño se decía que un corte de luz suspendía la vida, por ejemplo para los habitantes de un piso sesenta de un rascacielo, no es mi problema por cierto, pero hoy la desobediencia de la computadora o del celular producen el mismo desconcierto, ¿qué hacemos si no podemos escribir ni hablar? En fin, sé que este problema no afecta demasiado a los millones de personas que apenas tienen un techo o ni siquiera eso pero el peso de la cruz varía para cada quién, quién lo duda. La que me vino a ayudar es una Laptop cuyo sonido es casi inexistente de modo que sólo puedo ver películas mudas, no las que mis solícitos amigos me mandaron; algunas, lo compruebo y casi no lo puedo creer, de cien a noventa años de existencia, el nacimiento del cine, una maravilla, admiré y sigo admirando los recursos de Chaplin y las proezas de Buster Keaton, la finura de Griffith, los desconciertos de Harold Lloyd y la nula gracia de Los Tres chiflados. ¿Estoy volviendo a la infancia cuando me río de las ocurrencias de cada uno de ellos o me emociono con las penurias de las cieguitas que venden flores? Puede ser, puede ser que ese mundo perdido, refugiado en los carretes, me devuelva un poco de fe; por de pronto, me hace pensar y es lo que voy a hacer a continuación.

Cuando el cine no contaba con los recursos que hoy nos deslumbran, los realizadores, en este caso Chaplin y Keaton, debían construir sus relatos buscando lograr efectos rápidos en un público que se estaba formando; de ahí lo cómico en lo cual descollaban; toda clase de tretas para entretener, hacer reír y hacer olvidar todo lo que no fuera la ilusión de un instante diferente, una episódica desaparición de la concreta incomodidad de la existencia real. Ambos exhibieron, de diferente manera, una imaginación desbordante mediante recursos también diferentes; Chaplin con su aspecto y su comportamiento corporal junto su histrionismo facial, Keaton con su prodigiosa acrobacia pero ambos tejían su actuación sobre un parecido fondo, el sujeto socialmente desvalido que sufre toda clase de infortunios pero que, finalmente, logra una recompensa. Sería largo enumerar todas las situaciones que ilustran esta ecuación pero lo que nunca falta es la egoísta e indiferente y a veces caprichosa respuesta de los ricos y afortunados frente a esos despojados e inermes, sólo armados con su ingenio y la limpieza de sus corazones. El efecto cómico es aparente, lo que se desprende en muchísimos episodios es una tristeza, tal vez la del viejo payaso, pero eminentemente social, en una sociedad que se quería y mostraba como el paradigma del éxito, la autosatisfacción y el goce. En ambos los contrastes no pueden ser soslayados: al paso vacilante de Chaplin se opone el baile desenfrenado de los ricos, a la comida abundando el hambre del vagabundo, al automóvil con chofer el deambular sin rumbo, seguramente hay muchos otros ejemplos. Me parece ver en un recurso muy socorrido y que suele hacer reír, las caídas, algo que no es tan gracioso: Buster Keaton, que no tiene un centavo en el bolsillo, ve que un auto suntuoso se detiene casi junto a él; corre y le abre la puerta a un imponente ricachón que saca de su cartera un fajo de billetes, Keaton pone la mano pero el ricachón, que ni lo mira, le da su propina al chofer y se va; Keaton, frustrado, se apoya en el auto como tratando de entender pero el auto se pone en marcha y Keaton se va al suelo, cae en un charco. No me causa ninguna gracia, se trata más bien de una metáfora muy clara, la caída como lo que le espera al pobretón de parte del ricachón, Estados Unidos, por  parte baja, década del 20, Argentina, por parte baja, los mismos años y un poco después.

¿Quién puede dejar de hablar de la pandemia y de la cuarentena y de la vacuna y de las cifras y de los conocidos afectados por la infección y de que hay que cuidarse y de cómo cuidarse? Creo que nadie, no sólo aquí sino en todo el mundo, tal vez no en Zambia donde al parecer no hay casos. Pero aquí se ha añadido un tema no menor en importancia, los incendios que están devorando gran parte del norte del hermoso valle de Punilla: es desolador ver bosques incinerados en los que, como fantasmas, subsisten troncos retorcidos. Si decimos peste y le añadimos fuego ¿qué nos faltaría para ser víctimas de una clásica maldición bíblica? Puesto que tenemos delirantes sólo nos faltan los profetas que invocando la ira divina nos mostraran hasta qué punto somos culpables de lo que nos pasa, quién nos podrá en consecuencia salvar, sólo los profetas. Pero, pensándolo bien, también tenemos los profetas, si no muchos al menos uno, o una, Elisa Carrió, que si no tiene contacto directo con Dios, al menos se comunica con él diariamente, tiene sus medios. De modo que el elenco catastrófico está completo, peste, fuego y Carrió. ¿Nos salvaremos?

Quizás sea una táctica pero lo dudo, es, creo, una cuestión de personalidad. Me refiero al modo de discurso de Alberto Fernández. Es contenido y hasta parsimonioso, jamás lo veremos imprecar, como lo hace Trump, rayos y centellas sobre casi todo, o decir incongruencias, como Bolsonaro, ni tratar de eludir el bulto, como lo hacía Macri. Explica, responde, tal vez lo que ese modo se propone es infundir tranquilidad, no sé si convencer a los furiosos que ya piden su cabeza en las plazas de que nada les va a pasar, que no es un presidente que se cree todopoderoso; de hecho, enuncia los problemas graves con serenidad y luego baja a lo cotidiano con la apostura del que está charlando en un café con su amigo. A algunos eso los impacienta, a mí no, aunque cuando baja me distraigo, no es para muchos lo suficientemente violento cuando los enemigos que tiene no vacilan en serruchar el piso y, mientras les llega el momento, liman los bordes, inventan conflictos y disensos, que los ministros no ponen la cara, que no están de acuerdo con tal o cual decisión, que no incluyó a tal o cual cuando agradeció o cuando saludó o que sólo él informa. Evidentemente, tienen un propósito porque no tienen un proyecto, cuanto peor mejor es el viejo precepto que los guía aunque no tienen idea de qué hacer aun si todo no está tan mal, salvo, como ocurrió en diciembre de 2015, cuando lo único que se les ocurrió fue empeorar lo que no estaba bien y, más todavía, lo que estaba bien.