Por Noé Jitrik 

Quizás en El príncipe, del ilustre Niccolò Maquiavello, mentor intelectual, indirecta y directamente, de monarcas y  políticos desde hace siglos, encuentre la explicación de un raro fenómeno que tuvo lugar en la historia política argentina. Es esa idea de que si “no puedes derrotar a tu enemigo únete a él”. Eso me explica por qué sobrevivieron a todas las tormentas y fracasos personajes como Alsogaray y Cavallo, con Frondizi que había prometido el oro y el Moro, con Menem, con de la Rúa, no con Macri que no los necesitaba porque él mismo se hacía cargo de lo que alguno de esas familias podía hacer. ¿Volverá Prat Gay a la escena y la emprenderá nuevamente contra la “grasa militante”? Espero que no. Pero esa perturbadora idea se me prolonga en otra situación: ¿por qué son más atractivas, por cómo se las atiende y por sus efectos, las manifestaciones de la derecha que las de las izquierdas? A Clarín y a La Nación, así como a Viviana Canosa y a Jorge Lanata, y hasta a la vetusta Legrand o a Sebreli, horresco referens, hay que responderles hasta con cortesía mientras que lo que esforzadamente sostienen Página 12, esta esforzada Barraca, C5N, El cohete a la luna, El destape, y tantas otras expresiones racionales se las da por previsibles y lo que defiende, en estos momentos la difícil gestión de los Fernández, por lo ya sabido, es descartable, no hay que tenerlo en cuenta. O no se lo tiene en cuenta, esa multitud de seres lindantes con la deficiencia mental, lo cual se entiende porque la simplicidad de la derecha, defender privilegios, entra en esas cabezas y llena sus huecos, pero no se entiende bien por qué hay que tener tantas consideraciones con quienes atacan y no decir una palabra para quienes defienden. Por suerte, CFK no se arredra y no se deja seducir. Eso me gusta.

Ya tiene poco interés comentar las grotescas manifestaciones de los anticuarentenas que queman barbijos junto al Obelisco y que se prometen más y más desafíos que nadie reprime. Proclaman libertad y evidentemente la tienen pero para qué. Para impedir que Lázaro Báez pueda entrar en su casa. Suponiendo, con gran esfuerzo, que esos indignados vecinos lo hacen no movidos por, como se dice actualmente cuando no se tienen argumentos, razones políticas, ¿no se preguntan nunca si no están cometiendo un delito por el hecho de que no acuden policías o no sé qué para hacerlos entrar en razón? Antes, en la feliz época de Macri, esos mismos guardianes del orden venían prestamente para neutralizar a manguerazo limpio protestas o reclamos, a los que, dicho sea de paso, el Gobierno se los pasaba por ya se sabe dónde; seguramente cumplían órdenes, qué órdenes y quién las daba, y ahora parece que nadie les da esa orden de modo que dejan hacer y Báez no puede entrar a su casa, los vecinos se retiran contentos de su proeza y si, por estar juntitos gritando se infectan, lo atribuyen obviamente a Cristina a quien no le perdonan que exista. Pero, eso sí, el trato es igual para todo el mundo, incluidos los terriblemente ofendidos por la “reforma judicial” que no conocen ni les afecta en lo más mínimo: no se les patea el trasero cuando pretenden entrar por la fuerza al Congreso para hacer justicia, eso es para impedir que funcione y conseguir que los atribulados legisladores se ausenten y no voten el impuesto, o como se llame, a los ricos, felices porque no tienen que poner la cara, hay suficientes imbéciles que les hacen espontáneamente y gratis el favor, hay que verles nomás la cara.

Y, entretanto, el contagio sigue y los vocacionalmente buscadores de la infección no paran y no pararán porque antes del corona están padeciendo otra infección, que comenzó hace siglos y prosigue, es la pandemia de la estupidez que parece difícil detener. Provisoriamente nadie se muere de tal infección sino otros, los que están a tiro y no tienen nada que ver y mucho que perder y ellos creen que a ellos no, nada les va a pasar, el lenguaje de la estupidez es como el de la mística, no necesita explicarse, con decir cuatro cosas sin sentido parece lleno de sentido, que raro fenómeno, en qué mundo y en qué país vivimos.

Debo decir que yo no creo que Elisa Carrió sea, como muchos dicen, una serpiente venenosa que expele psicopáticos mensajes; más bien creo que desde jovencita era simplemente una maleducada, como tantas niñas de familia y que esa deficiencia educativa la llevó a mirarse en el espejo y verse no sólo encantadoramente bella sino capaz de emplear la boca para decir cosas, no sólo para ingerir chocolatitos. Mal educada, eso es todo, con la seducción que pueden tener en muchos alelados las niñas maleducadas de buena familia de clase media.

¿Opinar sobre el comportamiento de policías? No vale la pena, sobre todo porque cuando esto se publique el asunto habrá concluido y la paz reinará nuevamente sobre la vasta planicie bonaerense, o sea la policía corrompiéndose, eliminando de cuando en cuando a un Facundo, haciéndose los distraídos cuando se los necesita para frenar a macristas desbocados y frenéticos. La abundancia de opiniones, de alcances parecidos, no omite señalar que el reclamo es justo y que no se puede descuidar a quienes están para cuidarnos. Bien por la corrección política, bien por quienes nunca reclamaron nada, de la manera que vimos ni de ninguna manera, durante los cuatro años nefastos y mucho menos durante la dictadura militar, lo cual prueba una vez más, que somos muy valientes cuando sabemos que nada nos va a pasar. Tanto en este episodio como en otros la serenidad y el cuidado que pone Alberto Fernández para indicar que hay algo que se llama lenguaje y que sirve para estimular las neuronas no convence a esos irredentos frenopáticos que creen, porque se los deja, que podrían sustituirlo, odian a la persona, odian su lenguaje. Y con eso tenemos que convivir y cuidarnos de ofenderlos, el pueblo siempre tiene razón, decían algunos iluminados omitiendo el hecho de que parte de ese pueblo puede, inspirado por las portadas de Clarín, irse por el lado de los caños, nada más fácil para las almas muertas.

Los minuciosos informes que cada semana nos brinda el acerado Verbitsky ponen los pelos de punta. El viejo acierto de Borges, Historia universal de la infamia, se queda corto: los suyos eran canallas de papel, prodigios de la inteligencia, los que retrata el periodista son de verdad, un tanto torpes pero no importa, saben urdir, saben salir del paso, saben tocar puntos débiles de la sociedad y corromper corrompiéndose al mismo tiempo. Desde que inició su empresa hasta el momento fue revisando los entresijos de la canallería en la justicia, en la economía, en las relaciones diplomáticas y en relación con los episodios setembrinos, en la policía que un gobernador bautizó como “la mejor del mundo”, vaya uno a saber qué quiso decir con eso, qué sería lo “mejor”, tal vez creyera que lo mejor era lo que Corleone creía que era lo mejor. Hace mal saber estas cosas, es como enterarse de que debajo de nuestra casa, en lo que deberían ser cimientos firmes, hierve una multitud de bichos tenebrosos, buitres casados con hienas, pulgas fecundando a cucarachas, ratas festejando aniversarios con virus coronados. Tiemblo, siento que el piso no es firme, a quién recurrir si la policía tiene atrapados a los políticos, si los políticos tienen agarrados por donde se sabe a los jueces, si los empresarios mantienen a jueces, políticos y policías. ¿Políticos? ¿Qué políticos? Nos estamos enterando de que el intento policial de Olivos está vinculado, incluso tal vez concebido por policías ligados al macrismo. ¿No habrá que felicitar al macrismo por haber logrado seguir contando con esa fuerza? ¿Quién me podrá explicar por qué ha tenido ese éxito y por qué nunca antes se había podido depurarla y ordenarla y hacer que estuviera a nuestro servicio y no nosotros temblando cada vez que alguno de ellos aparece y dirige la escena? ¿Será porque también ellos son habitantes de ese siniestro subsuelo?