por Miguel Núñez Cortés
Dicen los diccionarios que una “una sociedad ficticia indeseable en sí misma” es una sociedad distópica.

Es importante mencionar que hay distintas maneras de inducir a una sociedad para que se convierta en distópica. Las herramientas utilizadas son variadas y tanto pueden ser novelas, video juegos, series televisivas, como películas, ensayos, etc.

Hay que señalar que las distopías pueden definirse por poseer una naturaleza real, pues así es la trama en la que está contenida o poseer una naturaleza irreal, apta para describir estados sociales ilusorios e imaginados.

Existen distopías que son presentadas como utopías en su visión superficial, pero a medida que los personajes (nosotros) se adentran en la misma descubren que el aparente mundo utópico mantiene ocultas características propias de las distopías.

Se percibe un malestar social que va mucho más allá y es cada vez más amplio a la par que más difícil de obviar. A dicho Wismayer que reina “la sensación de una ciudad a la deriva, cuyos cambios vienen dados a la espalda de sus residentes”.

¿quién no ha sentido ese aroma a disgregación  en los últimos tiempos? Es la sensación de estar abruptamente alejado, ya sea emocional o físicamente, de lo que para cada uno  fue alguna vez su propio lugar de origen.

Asombra la falta de reacción ciudadana ante el pisoteo de derechos y conquistas y nos extraña esta sociedad nihilista, impotente ante las grandes transformaciones que se promueven por los medios masivos, con el acatamiento de una clase política desinformada y antigua. Sí, inculta, desinformada y antigua. Por supuesto siempre hay excepciones.

Estas herramientas importadas, que se introducen en un medio “ignorante a estas maniobras” (ni hablar de las sociedades del interior del país con todas sus diversidades) nos muestran  a hombres y mujeres  incapaces de mirarse a los ojos y admitir la evidencia de que no solo la vida social se ha roto, sino también la individual.

No es extraño que a una sociedad distópica, entonces, le corresponda una ciudad distópica.

La ciudad distópica se ha convertido en un polo de atracción para los negocios financieros de dudoso origen y peor destino. Mientras a los “originarios” los van alejando, nuevos agentes “conquistadores” vienen a ocupar los puestos vacantes tan necesarios en los escenarios de este “wall street” pampeano….pampeano por lo del toro, siendo el nuestro de verdad.

¿No es evidente en Buenos Aires, por caso, la aceptación de la pobreza masiva y callejera, anidada en tantas recovas y debajo de miles de balcones? ¿no son un ejemplo?

La confusión emitida desde las pantallas de televisión, que nos atraviesan como rayos, va dejando una estela intencionada y mucha veces brutal, que nos hace creer que vivimos en una democracia, razón por la cual nadie entendería a aquél que quisiera fugarse de esta gran mentira. ¡Esa es la grieta!

Los sistemas de entretenimiento que deshonran y mutilan los valores acumulados por años, sugieren por medio del consumo la posibilidad cierta de alcanzar la felicidad, cuando en realidad son mecanismos sutilmente diseñados para esclavizarnos y sujetarnos para siempre a una sociedad distópica, sin que nos demos cuenta, pues la distopía no está fuerasino dentro de las mentes de los ciudadanos.

La sociedad argentina ha dejado una ficción para adentrase en otra. Abandonó la utópica para deslizarse como por un tobogán a la distópica. Hoy más claro que nunca nuestra sociedad distópica se deslumbra con una felicidad comprada en cuotas, ya en pesos, ya en dólares, degradando la memoria social hasta términos irreversibles

Cuando el ciudadano está convencido que  todo está muy bien, aunque diariamente compruebe que todo está muy mal, olvida automáticamente que en otra situación histórica hubiera podido darse cuenta que hoy este país castiga, burla y estafa al ciudadano.

Claro,  para olvidar esos valores básicos del buen vivir, se debe aplicar una necesaria cuota de miedo, indispensable para fortalecer ciertos tipos de gobiernos. Es cuando el ciudadano aterrorizado empieza a renunciar a valores profundos para ir sustituyéndolos, mansamente, por una mayor protección militarizada. Prefiere el control sobre la libertad.

¿cómo se llega a este intercambio espurio? Por la acción persistente y” planificada” de los medios de comunicación, en especial la televisión, que es capaz de insertar  una falsa ilusión sustitutiva que le permite al ciudadano borrar su memoria, minimizando ese doloroso pasaje del todo a la nada.

No es casualidad la preeminencia que ha tomado este siniestro personaje en las sombras que se ufana proclamando que “la mayoría de la gente quiere la pena de muerte”. Él es el que elige, selecciona, distorsiona y miente. Él sabe cómo someter, como asustar, como implantar el odio.

Y así esta sociedad distópica va lentamente aceptando, sin darse cuenta,  a vivir dentro de un gran escenario hábilmente manejado. Esta sustitución de anhelos y esperanzas, por brutales acciones de mercantilismo político, ha dado por tierra con la verdad. Lo grave es ocultado y lo fútil resaltado.

Quizás ha llegado el momento de resignificar, sin miedos y sin tapujos, aquello de “conocerán la verdad y la verdad los hará libres” 
 
Pero … ¿quién le pone el cascabel al gato?