Por: Marta O. Valoy

Después de cuatro años de oprobio, de definanciamiento de la educación pública, de cierre de escuelas, y degradación de todo el sistema educativo, con los nuevos vientos políticos, se recupera el plan “Conectar igualdad”. Ya comenzaron a  repartir  miles de computadoras en las escuelas públicas. Para que la tecnología los alcance a todos por igual, se dice. Habrá tecnología, siguen faltando maestros que lleven conocimiento, cumpliendo el mandato social de enseñar, de construir ciudadanía. Faltan caminos y transporte que acerquen a la escuela a niños, niñas y maestros, maestras, en toda la geografía del país para que tengan igualdad de oportunidades todos y todas, en un país que todavía es escandalosamente desigual.

Muchas veces levantamos en el automóvil, a maestros y maestras en las rutas y los alcanzamos a sus escuelas. Ellos, ellas nos confiesan, en la mayoría de los casos, que el transporte es escaso y no les garantiza llegar a tiempo a sus clases y en muchos lugares, no hay transporte público que los lleve a sus escuelas. Les preguntamos cómo hacen para llegar cotidianamente a su labor, responden: “Casi siempre alguna persona comedida nos acerca”. El “casi siempre”, llega como una plancha de plomo. Casi siempre, no es SIEMPRE.  Cuando hay un automovilista comedido/a hay clases en muchas de esas escuelitas que están sembradas en entre los pastizales en las provincias más pobres del país. Los maestros se consuelan porque ocurre casi siempre, pero ese casi es la síntesis de un país con inequidad social endémica. De nuevo, para los pobres, ni agua.

Una maestra en un país desigual

Cristina

Se llama cristina, es maestra, tiene 29 años, dos niños y un marido desocupado. Todas las mañanas transita 30 Km. en un viejo y desvencijado colectivo, luego toma una bicicleta y pedalea esforzadamente nueve kilómetros. Desafía al viento, por caminos ahora anegados de polvo, otras veces, de barro pegajoso, la sacrifican el sol impiadoso o el frío inclemente. Va a la pequeña escuela enclavada en medio de la nada, donde el confort mínimo le es negado a un grupo de niños que también superan a pie, las distancias polvorientas para llegar al sueño de alfabetizarse. Escuela de pobres, con baños precarios y aulitas de dimensiones mezquinas, escuela para los indigentes, para los hijos de los nadie.

Cristina enseña resistiendo, a duras penas, el cansancio del penoso viaje, cultiva el amor superando el egoísmo y abre, cotidianamente, una pequeñas fisura en el muro de la injusticia. Ha tomado el cargo de maestra hace diez meses, y aún no recibió un peso de salario. En su casa humilde la esperan dos niños que debe alimentar. Entonces, vuelve a salir del abatimiento de los desterrados; no hay permiso para el descanso. Cuando acaba de corregir cuadernos, amasa pan que vende los sábados en la feria de su pueblo. Algunas veces le prestan dinero, entonces, tramita un permiso que le es concedido como una gracia divina y emprende la humillante odisea hacia la capital, que la pone frente a la impotencia y al ultraje de la burocracia de la administración escolar. Como mendicante, reclama el pago merecido de su salario. Siempre falta un sello o una firma, siempre hay una mala información y otro formulario para llenar, para que se repita el “vuelva mañana” sin remordimientos que pronuncia un empleado envilecido por el sistema, cultor de una práctica despiadada. Para ella no hay derechos, hay favores y el cotidiano maltrato que se desparrama por las oficinas odiosas. El expediente se mueve pesadamente, avanza a milímetros a contrapelo de la tecnología, mientras el ultraje lo hace velozmente, sin reparos morales. Pagar para trabajar, garantizar 180 días de clase para beneplácito de las autoridades, todo vale por las palmadas de aprobación de  una gestión exitosa. Cristina, la que educa a los pobres, tiene negada la justicia.  Mañana tendrá que justificar el día en la ciudad, los trámites penosamente inútiles y la abrazará nuevamente el polvo que le roba lentamente la salud, para llegar a su aula donde desmantela la ignorancia y desparrama amor entre los olvidados de la tierra. En la casa la esperan un hombre agobiado y dos niños que sobreviven del pan que sale de sus manos y de su coraje.

Ser luminoso y sufriente Cristina, su nombre no figura en la agenda pública, no tendrá un lugar en las historias oficiales. Algún día cobrará lo que debería ser tan natural como respirar y lo que hoy es una quimera. Una maestra pobre y sacrificada sometida a la injusticia de trabajar sin que le paguen, no es cuestión de estado. A pesar de todo, los niños esperan todos los días a Cristina y ella no los defrauda: siempre llega. 

Homenaje a Francisco Isauro Arancibia

La identidad de Isauro Arancibia pertenece a una estirpe muy especial de maestro con un alto compromiso con la educación pública desde las aulas, pero sobre todo desde las luchas sindicales. Es deber de la memoria histórica traer al presente su epopeya, recodarlo como ejemplo en su interpelación al poder en su trabajo inclaudicable en defensa de los derechos de la docencia desde el Gemio de ATEP, desde su coraje enfrentando al poder de turno, desde la docencia con sus propios colegas. Pertenecía al linaje de hombres justos, poseedor de una singular sabiduría: Un esclavo no puede educar hombres libres, decía. Firme en sus convicciones, era un “fuera de serie”, peligroso y disruptivo para los poderes hegemónicos. Es por eso que la dictadura cívico- militar del 76 se inició en Tucumán con su asesinato y el de su hermano en la madrugada del 24 de marzo de ese año en la propia sede gremial donde vivía. Su nombre fue prohibido en todas las escuelas de la Provincia decreto oficial al igual que los homenajes. Sus familiares y amigos recuperaron su cuerpo y le dieron sepultura en el cementerio de Monteros, su ciudad natal. En su lápida inscribieron la siguiente frase de Juan Bautista Alberdi: “Amaron el sacrificio que es ley del elegido y creyeron en la justicia como fuente de felicidad”. La frase considerada ofensiva a “los principios del Proceso de Reorganización Nacional”, fue eliminada de ese sitio para alejar cualquier pensamiento “subversivo” en un oprobioso operativo. Con vientos de democracia, se realizó el homenaje postergado por la dictadura y se repuso la placa para hace justicia con uno de los tucumanos más ejemplares, hoy bandera de lucha en todo el territorio argentino.

El historiador Eduardo Rosenzvaig escribió una novela  imprescindible sobre Francisco Isauro Arancibia: “La Oruga sobre el pizarrón”. Es la biografía novelada de este maestro y gremialista con momentos altamente poéticos. Este trabajo literario quebranta el silencio y disputa la construcción del sentido de la historia y de la memoria, e interpela al olvido proyectado desde el poder.

En la contratapa del libro el autor define así su novela:

«La oruga sobre el pizarrón…» es un homenaje a la vida apasionada de Isauro Arancibia, maestro tucumano, dirigente gremial en su provincia y en CTERA, quien fue asesinado por la dictadura militar en 1976. «Para imponer el proyecto educativo iniciado el 24 de marzo de 1976, se necesitaba la muerte de un maestro. Para legalizar el desguace del Estado y miles de millones de dólares desparecidos, se empezó robando a ese mismo maestro un par de zapatos nuevos. Esta es la vida apretada de un maestro, Francisco Isauro Arancibia, al que se le robó un par de zapatos. Por eso casi no es un libro, es un intento de rescatar de los forajidos los zapatos robados. No es justo que un maestro ande descalzo por el cielo».

Isauro Arancibia, un maestro, todos los maestros. Este es mi homenaje.