por Adrian Tendler

Estas especulaciones tal vez no sean todo lo precisas que lo terrible del tema exige, pero me parece que sirven para tratar de situar el abuso sexual infantil en el recorrido de producción de sujetos de nuestra sociedad pensada como una cultura.

Hay un aspecto de volvernos adultxs que se resuelve en la pérdida de ciertos niveles de sensibilidad, o de capacidad para reconocernos en nuestras emociones, o de libertad para expresarlas.

La necesidad de nuestro sistema de vida de reproducirse, de reproducir la existencia –en este aspecto somos solo una cultura más en el recorrido histórico humano- nos impone un control sobre nuestras emociones, un límite a la conciencia de nuestros afectos y necesidades. Hablando en criollo, si nos pusiéramos a llorar en el medio de la fabricación de automóviles o abandonáramos nuestro trabajo docente para saltar de alegría, la eficacia de nuestro trabajo se vería reducida de gran manera. Esto podemos aceptarlo, no creo que sea muy diferente en otras sociedades.

Sin embargo, desde mi punto de vista, acá empiezan los problemas.

Aquello que perdemos, el nivel de sensibilidad, el vínculo con nosotros mismos mutilado, lo llamamos NIÑEZ, y la ausencia de esa sensibilidad y la capacidad consecuente para circular en forma productiva por nuestra sociedad la llamamos ADULTEZ.

La ADOLESCENCIA, sería desde este punto de vista, el momento de pérdida de estas capacidades emocionales, por eso los adolescentes son rebeldes. Se están defendiendo y están sufriendo la perdida de ciertos aspectos de su propio ser y protestan contra quienes les imponen esas duras condiciones sociales.

A esto se suma la dificultad de que nuestra cultura, a diferencia de otras, no ofrece canales alternativos de expresión de estas emociones, o tal vez si lo hace, como el caso del arte, está limitado a unos pocos, que por eso son considerados seres excepcionales y el resto no tenemos como liberar estos sentimientos. Lo que hacemos es separarnos de ellos llamándolos “niñez”, o “debilidad”, o simplemente los negamos.

Además, el capitalismo, que ha llegado al límite de colonización exterior de la naturaleza y de otras formas de organización social, ha tomado el rumbo de colonización interna de cada espacio de vida que se le ofrece. Hasta el amor está a cargo de la empresa Tinder y otras. Cada espacio de vínculo entre personas, es colonizado y convertido en un negocio. También las emociones.

Creo que la difusión imparable de psicofármacos, la hegemonía de la psiquiatría y las terapias de corto plazo que vuelven funcionales a las personas y las religiones orientales (no en sí mismas, sino la función que cumplen entre nosotros) están vinculadas con estos niveles aterradores de alienación.

Y así llegamos al lugar de quienes hemos sufrido abuso sexual infantil. En nuestro caso, la constitución de sujetos adultos no puede realizarse, no es posible la represión de semejantes sentimientos de dolor, desesperación, soledad y angustia. No nos sucede quedar cerrados como personas en el nivel que nuestra cultura nos exige.

La sociedad, nuestros vínculos íntimos y nosotrxs mismos como representantes de nuestra cultura nos exigimos algo que no podemos hacer, poner nuestras emociones en situación de “NIÑEZ”, de “PASADO”, para volvernos sujetos culturalmente funcionales y productivamente aptos en el trabajo, en la pareja, en las amistades.

Ni siquiera tenemos herramientas para expresar lo que nos pasa porque nuestra cultura no las transmite en el proceso de formación de sujetos. Lo único que sabemos es negar nuestros sentimientos a niveles insospechados hasta que la imposibilidad productiva nos margina del resto y entonces debemos encarar algún tipo de terapia que restaure, a fuerza de fármacos y exigencias de corto plazo, nuestra capacidad funcional.

Crecer, en estos términos sería un aprendizaje de cómo expresar estas terribles emociones para transformar nuestra subjetividad y poder vincularnos de otra manera con nosotros mismxs y con lxs otrxs.

Hasta donde yo sé, no hay en nuestra sociedad ni disposición emocional de nuestrxs pares para tolerar emociones que  recuerdan la represión que otrxs han sufrido para ser adultos, ni recursos terapéuticos a disposición en una psicología cortoplacista y colonizada por el capitalismo, ni fondos económicos para sostener procesos que, a mi entender, son de muy larga duración y de un esfuerzo que es difícil de imaginar para quienes no han atravesado la terrible experiencia del abuso sexual infantil.