Por Carlos Resio

La pandemia, pienso, está sacando a la superficie no solo aspectos relacionados con la salud sino un sinnúmero de aspectos relacionados con el funcionamiento de la sociedad, el estado y sus relaciones.

Entre la infinidad de problemas que se agudizan, porque ya existían antes de la pandemia, sobresale en este momento el de los detenidos en las cárceles de todo el mundo. No es que haya pensado en esto por mas importante,  la pobreza, el aislamiento y las penurias de las pequeñas empresas y los trabajadores son a su vez tremendos, sino porque es uno de los temas que ha tomado la derecha argentina para atacar al gobierno con irresponsable virulencia.

No es mi intención teorizar sobre la legislación penal, ni sobre tratados internacionales o la normativa de encarcelamiento de reos. Para eso ya hay especialistas y las famosas dos bibliotecas de siempre. Lo que me preocupa es la recurrente utilización de este tema para obtener alguna ventaja política e intentar dañar la imagen de tal o cual dirigente o funcionario acusándolos de “garantista zafaroniano” o, como en el caso del gobierno de Cambiemos que por conformar al núcleo duro de sus votantes, saturó las cárceles con detenidos por delitos menores.

Nuestra constitución, en su artículo 18 manda: Las cárceles de la Nación serán sanas y limpias, para seguridad y no para castigo de los reos detenidos en ellas, y toda medida que a pretexto de precaución conduzca a mortificarlos más allá de lo que aquélla exija, hará responsable al juez que la autorice y junto al derecho del trabajador a participar en las ganancias que consagra el 14 bis deben ser los mas incumplidos de la carta magna.

 En estos tiempos, pareciera evidenciarse que el concepto “… y no para el castigo de los reos detenidos en ellas…” va en sentido contrario de lo que gran parte de nuestra sociedad desea para “los delincuentes”. El mismo estado de la mayoría de las cárceles y centros de detención como comisarías y alcaldías, se que no son todas iguales y que en unos pocos casos son dignas, son en si mismas una tortura y me parece que el tema está escondido para su discusión y en el sentido común de la mayoría está instalada la idea de que es lo que un delincuente merece. Por eso la violenta reacción de una importante franja de personas cuando se les dice que los presos reciben un sueldo por su trabajo o son liberados en salidas transitorias, etc. “¡Que se pudra en la cárcel!” es el reclamo de los fariseos que no se dan cuenta que el ingreso de la enfermedad en las cárceles en estas condiciones significaría una saturación de recursos que él mismo no podría tener en caso de enfermarse.

Este sentido común, la mayoría de las veces no pensado o reflexionado, como suele ser el sentido común, y un estado de cosas estancado,además de, nuevamente, errores de comunicación del gobierno, es el que utiliza la derecha a favor de sus intereses. Invoca el derecho de la víctima, aunque no tiene ningún interés por ella más que para perjudicar al gobierno, y utiliza su testimonio descarnado para lograr la empatía de la audiencia quien pide castigo pasando por alto, por desconocerlos o por considerarlos injustos, lo que indica la ley, la constitución y todos los tratados internacionales que regulan las condiciones de detención y condena. En muchos casos la sociedad funciona como turba sedienta de venganza y retrocede culturalmente en tanto forma de organizarse y de constituir su escala de valores.

Esto es lo que está sucediendo con la problemática que representa el hacinamiento en las cárceles de todo el mundo y el peligro adicional que significa la aparición del Coronavirus. La sola mención de establecer una excarcelación selectiva generó una gritería de acusaciones virulentas como en el caso de varios dirigentes de Cambiemos y también el ridículo y estúpido audio de Felicitas Veccar Varela, nos muestra la forma de pensar de cierta capa de la sociedad que, aunque minoritaria, nos indigna. Ya están circulando cientos de mensajes con aseveraciones falsas y exageraciones e inexactitudes generadas y difundidas por trolles, periodistas envenenados de odio o a sueldo y estúpidos con whatsapp con el único propósito de desgastar al gobierno. Incluso, no llama la atención, la aparición de declaraciones dentro del espacio propio, en contra de medidas que aún no se conocen y, ni si quiera, serían decididas por el poder ejecutivo ya que las excarcelaciones y morigeraciones de prisión son un resorte de exclusiva incumbencia del poder judicial.

La provincia de Misiones sirve como ejemplo de la bomba de tiempo en que se han convertido las cárceles. En ocho unidades penitenciarias con condiciones edilicias pésimas y con provisión de agua potable durante dos o tres horas diarias se hacinan absurdamente alrededor de 1700 internos ya que alrededor del 50% de ellos están recluidos con prisiones preventivas, en muchos casos superando los plazos establecidos. Este estado de cosas se debe a un sistema judicial conformado por amigos del poder político y de baja calidad técnica, con uno de los presupuestos mas bajos del país y con un Superior Tribunal de Justicia inoperante. Recordemos el caso de las dos mujeres presas durante 11 y 14 años siendo inocentes y liberadas solo con la intervención de la Suprema Corte(1). En un reportaje hecho por el diario digital misionescuatro.com del 29/04 último, el penalista Dr. Eduardo Paredes, describe pormenorizadamente este estado de cosas y refiere a la denuncia de la Comisión Provincial de Prevención de la Tortura que en diciembre de 2019 indicó que el sistema carcelario misionero no pasan el test de Las Reglas de Mandela, un tratado internacional que indica cómo deben ser las condiciones carcelarias(2).

Esta es una oportunidad para pensar y discutir el problema de las cárceles y la forma en que resolvemos nuestros conflictos penales. Ahí están los organismos de derechos humanos y cientos de voluntarios haciendo un trabajo admirable en las cárceles, desconocidos por muchos y que nos interpela a quienes sabemos de su accionar. Es urgente decidir si es aceptable que más de la mitad de los presos del sistema carcelario sigan recluidos sin condena y que las cárceles  sean depósitos miserables de pobres que emergen de ellas quizá peor de lo que eran cuando ingresaron.

No tengo la capacidad para decir cómo debe resolverse el problema pero si para ver que lo estamos haciendo mal y que no nos estamos ocupando más que cuando estos profetas de la mentira nos llenan la cabeza de sofismas y veneno solo para beneficio de quienes siempre se llenan los bolsillos a costa de robarles la vida a sociedades enteras sin que por ello la justicia les haga un lugar tras las rejas.