por Francisco Tete Romero*

 

“La Argentina es un país agrario sin debate agropecuario.

 Nunca el tema que representa el principal rubro exportador del país fue parte de las tribulaciones político-electorales de los representantes del pueblo.

 El conflicto por las retenciones móviles dispuestas por el Poder Ejecutivo en el año 2008 desnudó, entre otras cuestiones, las serias falencias que tenía –y todavía tiene– la ciudadanía en la percepción del sector. Un desconocimiento profundo a la hora de hablar del campo, como si fuera todo uno, todo igual, todo uniforme; como si todas las explotaciones agrícolas, independientemente de su tamaño, sufrieran la misma problemática. Sin diferencias entre un chacarero, un campesino y un terrateniente. Sin matices”.

(La Argentina Agropecuaria. Propuestas para una agricultura nacional y popular de rostro humano).

 

Así presentan Pedro Peretti y Mempo Giardinelli, autores de este libro indispensable y reconocidos dirigentes de El Manifiesto Argentino, el problema de la tierra en nuestro país.

El libro fue presentado este domingo 16 en la Feria del Libro de Resistencia y su lectura resulta imprescindible para entender en qué clase de país vivimos, puesto que develar la compleja cuestión de la tenencia de la tierra significa destapar los velos del hecho maldito del país que la oligarquía soñó, pensó y forjó, desde los años 80 del siglo XIX: agroexportador de productos primarios, sin industrializar, y ajustado a las distintas divisiones internacionales del trabajo desde la primera potencia imperial que nos neocolonizó, la británica, hasta las actuales formas de recolonización a partir de las plutocracias de las corporaciones –como las define lúcidamente Noam Chomsky– a través de los mega-pooles de siembra.

Este notable ensayo no solo da cuenta de los porqué histórico-económicos, políticos y culturales de la Argentina agroexportadora, sus orígenes y consecuencias actuales, sino que avanza en una propuesta política para enfrentar con inteligencia, sensibilidad y coraje la cuestión de la tenencia de la tierra, el carácter de su propiedad y el rol estratégico del Estado como garante no solo de una justa redistribución de la riqueza material y simbólica. Y también –y por eso mismo– de sus recursos naturales desde una visión holística del desarrollo sustentable, la atención prioritaria de la agricultura familiar y la discusión de una agenda medioambiental –agroecológica– hoy prácticamente inexistente.

Así este texto explica cómo se dio política y culturalmente el debate sobre qué hacer con la tierra en la Argentina. Y nos dice que en pleno siglo 21 estamos todavía “anclados en la década del 70 del siglo pasado, que fue la última vez que el campo nacional y popular discutió una propuesta para el agro. Perón volvió a ser presidente en 1973, con José Ber Gelbard (1917-1977) como ministro de Economía y Horacio Giberti (1917-2009) como secretario de Agricultura. Con éste a la cabeza, se abrió el debate del anteproyecto de Ley Agraria que incluía un impuesto a la renta normal y potencial de la tierra. Se desarrolló entonces el histórico Parlamento Agrario de Lincoln; surgieron las hoy míticas Ligas Agrarias; y don Humberto Volando (1927-2012) reemplazó en la presidencia de la Federación Agraria Argentina (FAA) a Antonio Di Rocco (quien fuera ministro entre 1971 y 1973, durante la dictadura del general Alejandro Agustín Lanusse) e hizo ingresar a la FAA en la Confederación General Económica (CGE) que había fundado Gelbard en 1952”.

Sin embargo, como sostienen Peretti y Mempo, “tras el fracaso de aquel intento de conducir las variables agropecuarias de la Nación, el sector logró una concesión de hecho para autogobernarse de acuerdo a sus intereses: ganase quien ganase, el mercado pondría al Secretario y le dictaría las políticas a seguir en materia agropecuaria”. Así, dada la “generalizada defección de los políticos argentinos”, éste es el modelo de la política agraria vigente. Y así también “los sectores más concentrados de la economía agraria que florecen con el mercado (terratenientes, Bolsas de Comercio, transnacionales, proveedores de insumos, cerealistas) se autogarantizan un cogobierno a su servicio” mientras la inmensa mayoría de los políticos “no se meten con las trasnacionales agroexportadoras y sus aliados nativos, y en reciprocidad estas ‘ayudan’ a todos los políticos que no se meten con ellas”.

Este modelo fue puesto en cuestión y revertido en parte durante los gobiernos de CFK, a partir de la creación del Ministerio de Agricultura, Ganadería, Pesca y Alimentación, el 1º de octubre de 2009, con el nombramiento de Julián Domínguez como ministro, “primer funcionario agrario de la democracia recuperada en 1983 que no llegó a su cargo designado por el mercado, sino por la política”. Pero ese efímero ciclo con tintes positivos no consiguió revertir la tendencia histórica de dominio de las transnacionales: terminó el 10 de diciembre de 2015 con el cambio de gobierno tras la derrota electoral.

Adrián Paenza, en el prólogo al libro, subraya la importancia de las “20 propuestas para debatir una nueva política agropecuaria”. Las cuales desarrollan un verdadero programa de transformación de nuestra matriz de desarrollo, para el que “se requiere de coraje cívico y popular, y debe ser ampliamente respaldado por la ciudadanía, que primero y ante todo debe comprenderlo, y entonces asumirlo. De otro modo las corporaciones seguirán impunemente voraces y destructivas”. Porque para enfrentar a “la agricultura buitre” de la globalización y el neoliberalismo es necesario reconstruir nuestro sujeto político desde un proyecto de transformación de las matrices productivas, culturales y políticas que todavía nos colonizan.

 

*Miembro de la Mesa Directiva de El Manifiesto Argentino Chaco