Por Miguel Núñez Cortés 

El filósofo alemán Hermann Ebbinghaus (1850-1909) habló de la naturaleza del olvido:  “[…] intentó explicar por qué se producía el olvido proponiendo varias teorías. La primera afirmaba que las huellas de memoria se deterioraban por el paso del tiempo por erosión, como le ocurre a una montaña con el viento, de forma que “las imágenes persistentes sufren cambios que afectan cada vez más a su naturaleza […]”; esto es conocido como la teoría del decaimiento de la huella.  

“Otra posible explicación sería la teoría de la interferencia, según la cual “las imágenes anteriores están cada vez más superpuestas, por así decir, y cubiertas por las posteriores”. Nos pasa hoy con los medios de comunicación que tapan lo tapado y lo vuelven a tapar.

Las Madres de Plaza de Mayo, fueron unas mujeres valientes que se atrevieron en la dictadura a reclamar por sus hijos.

Ellas, las locas, mantienen  imperturbables en sus memorias las imágenes eternas de los más queridos, sin decaimiento de la huella inicial, esa huella horadada en mil baldosas diferentes, en torno a la Pirámide de Plaza de Mayo.

¿Querrán deshacer el tiempo, para ir “ab initio”? ¡Se las ha visto girar  – en torno al eje de la pirámide –  en contrario de las agujas del reloj!

A veces hay particularidades destacables. Son testimonios de vida y ejemplos valiosos ante circunstancias dolorosas, preñadas de irreversibilidad. Permítase citar al poeta Miguel Hernández en un breve repaso de la vida de un hombre que, tuberculoso y con 31 años de edad, encontró la muerte siendo prisionero del régimen franquista un 28 de marzo de 1942.

Tal era el compromiso que Miguel sentía con los de afuera (fuera de él y fuera de las sombras de la prisión, en ese permanente ir al encuentro de las otras existencias; ese Miguel que leía con pasión las cartas de su mujer con la que había concebido ese hijo que ya contaba con ocho meses de nacido. Dice Luis Vivanco que en una de esas cartas – ella –  le cuenta que sigue amamantándole y que no come más que pan y cebolla. No había más para la esposa y el hijo de un poeta encarcelado, pobre y republicano.

Miguel Hernández, entonces, escribe las Nanas de la cebolla. Madre hambrienta y mal alimentada; niñito lactante de ocho meses, con los primeros dientecillos apuntándole en las encías; padre privado de libertad y de esperanza; pan y cebolla. Y él sintiendo el dolor en su cuerpo lacerado y doliente.

La cebolla va a ser escarcha, cerrada y pobre, o grande y redonda. De ser escarcha pasa a ser hielo negro y, más allá hiel, hambre. El niño mismo va a ser alondra de su casa. Y esta imagen de la alondra le va a servir ya hasta el final, para pedirle que vuele, riéndose e ignorando, y hasta que le haga volar a él, al padre prisionero, con su risa.

No tenía Miguel Hernández, dijo de él Pablo Neruda, la luz cenital del Sur como los poetas rectilíneos de Andalucía sino una luz de tierra, de mañana pedregosa, luz espesa de panal despertando. Con esta materia dura como el oro, viva como la sangre, trazó su poesía duradera. ¡Y éste fue el hombre que desterró las sombras de aquella España y que murió enfermo y prisionero en Alicante, por republicano, por padre y por poeta. Ese Miguel Hernández eterno escribió en sus “Nanas de la cebolla”:

NANAS DE LA CEBOLLA

En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre
escarchaba de azúcar,
cebolla y hambre.

Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en los ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que en el alma, al oírte,
bata el espacio.

Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.

Vuela niño en la doble
luna del pecho.
Él, triste de cebolla.
Tú, satisfecha.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.

(texto acortado)

Quisieron cerrarle sus ojos después de muerto, pero no pudieron. Desde aquél 1942 sigue fiel en el sendero que evita el abandono y la indiferencia. La propuesta es mantener la perennidad y la vigencia de todo aquello que no puede ni debe ser olvidado, fortaleciendo una perpetuidad incesable, fortaleciendo una huella que no merece ser olvidada.