por Alejandro Mosquera

Cada tanto el poder trata de clausurar la historia, frenar el movimiento de las sociedades, y  decretar el fin de las luchas por otro modo de sociedad. A lo largo de la historia los imperios se creyeron eternos e hicieron de su gigantismo el marketing de la época. Los colonizadores de todas las épocas proclamaron su dominio perenne y el fin de los nacionalismo libertarios. Más acá muchos creyeron que los acuerdos de Yalta estabilizaban al mundo y había vencedores por zonas de influencia o dominio. El fracaso de las socialdemocracias y la caída del muro de Berlín permitían anunciar el fin de la historia con el triunfo capitalista como el último régimen real y el fin de la utopía socialista. A mediados de los 70 y 80 la instauración de regímenes criminales sostenidos en alianzas cívicas militares y religiosas anunciaron el fin de las rebeldías populares, obreras, y juveniles. En los 90 la oleada neoliberal declararon “Urbi et orbi” que había finalizado no solo el Estado de bienestar sino toda intervención regulatoria del mismo en la economía. También en nuestro país el credo neoliberal se acompañaba con la necesidad de la reconciliación y dejar atrás el reclamo de justicia y cárcel a los genocidas.

Ahora en nuestras tierras latinoamericanas nuevamente se levantan las banderas de punto final para las luchas por la igualdad, la democracia, la justicia social, por vivir mejor de los pueblos. Es el “fin de ciclo”. Como si estuviéramos frente a una ley física aplicada a las sociedades, de carácter inevitable, se da por cerrado el largo hilo de luchas de nuestros pueblos que en los últimos años parió un proceso de gobierno populares, ciertamente contradictorios y con muchos límites, pero que empujaron hacia formas más justas, soberanas e igualitarias.

En mejores palabras de Álvaro García Linera, Vicepresidente del Estado Plurinacional de Bolivia:“Al colocar el “fin de ciclo” como algo ineluctable e irreversible se busca mutilar la praxis humana como motor del propio devenir humano y fuente explicativa de la historia, arrojando a la sociedad a la im potencia de una contemplación derrotista frente a unos acontecimientos que, supuestamente, se despliegan al margen de la propia acción humana. Esto implica no solo un retroceso, mediocre y tartamudo, a concepciones ideológicas prerrenacentistas sino un esfuerzo deliberado por extirpar cualquier atisbo de autodeterminación social como principio fundador del mundo social.”

Más adelante señala: “Claramente, las fuerzas de derecha y las potencias imperiales han hecho, hacen y continuarán haciendo todo lo posible, a través de todos los medios legales e ilegales, por detener cualquier proceso emancipativo de los pueblos. Esa es su razón social y la energía de su existencia. Pase lo que pase en el mundo, nunca, en lo absoluto, cambiarán de actitud antagónica hacia los gobiernos de izquierda y los procesos de emancipación social. No obstante, esas acciones concretas y cambiantes de contrainsurgencia perpetua podrán volverse eficaces, dar sentido a la historia o arrebatar el protagonismo popular solamente en función de lo que las propias clases populares plebeyas hagan o dejen de hacer; en función de lo que las estructuras políticas revolucionarias, sindicales y académicas hagan y piensen en un momento dado”

Como he sostenido desde estas páginas el poder real, y también el gobierno de los EEUU, intentan llevar a cabo una derrota estratégica de las fuerzas populares y de izquierda de nuestro continente. En la búsqueda de la misma buscan extirpar de raíz las experiencias de transformación y las fuerzas que le dieron y dan sustento.
En nuestro país encuestadores y politólogos que recorren los medios de comunicación, que escriben en los medios hegemónicos, sin sonrojarse repiten los viejos deseos de la derecha: es el final del peronismo, o si el peronismo no se renueva y aceptas las reglas de juego “democráticas” desaparecerá, o más entusiastas anuncian el fin del kirchnerismo, el ocaso de Cristina Fernández de Kirchner, la inviabilidad de la izquierda popular y tantos otras pretensiones explicadas como si fueran datos objetivos de la realidad. Eso sí comprometidos con quienes pagan sus encuestas, ocultan que además del crecimiento de Cambiemos, también se consolida que el 60% de los argentinos rechaza estas políticas que benefician al 1%.

Hay en marcha como denuncia el Manifiesto Argentino una operación propagandística y de manipulación de la opinión pública para desmovilizar a nuestro pueblo, para desmoralizar a sus sectores más activos, en el marco de una batalla cultural donde intentan variar, modificar o derrotar valores, ideales, identidades fuertemente arraigadas en nuestro pueblo y reemplazarlas por el egoísmo salvaje del capitalismo, de que el otro es mi enemigo, de el país puede avanzar aunque el costo sea que un tercio de la población sobre.

Sin embargo las etapas políticas, las oleadas populares o los momentos de descenso, no solo se explican por los aciertos del enemigo, ni tampoco por el poder unido que han logrado, sino también por el accionar de las clases subalternas, por el rol de sus fuerzas sociales y políticas, por el papel de sus dirigentes. Así, la etapa que estamos viviendo donde la derecha avanza, pero no consolida una derrota estratégica, y las fuerzas populares se defienden de la agresión y se preparan para una nueva oleada, se explica por la magnitud de la resistencia y la oposición a las políticas neoliberales, a los ajustes reiterados, a los despidos, a la destrucción del aparato productivo, al achicamiento de derechos y a la represión más o menos abierta que ejecuta el gobierno de Cambiemos. Ayudar a ese desarrollo y ha plantear un proyecto popular en las nuevas condiciones exige ser rigurosos también en mirar, analizar y aprender de las debilidades que tuvieron los procesos nacional populares y los yerros que se cometieron.

La necesidad de unidad de nuestro pueblo, de enfrentar la grieta como estrategia del poder para legitimarse y lograr el voto de sus víctimas, el dar la batalla cultural por el sentido de nuestros valores, por la necesidad de más democracia y más igualdad, no son cuestiones de un idealismo o utopismo insulso e inofensivo, sino parte de una estrategia de acumulación de poder para derrotar cultural y políticamente a la derecha neoliberal y convertir ello en la fuerza de una nueva gobierno popular. Esa estrategia debe partir del reconocimiento de la pluralidad de nuestro pueblo, que la democracia que pregonamos necesita de todas la voces, que la unidad popular no es solo una ingeniería electoral. Ni tampoco una proclama sino la construcción de un camino.