EL DÍA DESPUÉS

Por Rosana Herrera Forgas

Desde hace un tiempo, en el mundo entero, los números y las estadísticas parecieran ser las únicas variables que nos marcan el paso de los días. Sobre todos para aquellos que “estamos guardados” desde marzo por la edad y/o por los factores de riesgo, pero sobre todo porque sentimos que de nuestra responsabilidad individual depende la salud colectiva.

Las escalofriantes cifras de hoy, que ya superan los 10.000 fallecidos y el medio millón de infectados, nos ocasionan sensaciones muy encontradas y sobre todo muchas dudas y ninguna certeza. Lo único cierto es que no todos tenemos los mismos recursos para aceptar que estamos inmersos en una de las peores catástrofes sanitarias de las que se tengan memoria en más de un siglo y que para nada, una pandemia es algo que me pasa sólo a mí.

Y es cuando advertimos que sólo algunos, por ahí los más experimentados en este arte oriental que es esperar sin desesperar, estamos pudiendo asumir el abrupto y radical cambio de rutina que implica transitar un aislamiento social, como uno de los desafíos más importantes de nuestra vida.

Tal vez (y siempre haciendo uso y abuso del refranero familiar que me devuelve a mi abuela Ina sentenciando en cada ocasión) sea cierto aquello de que cuando uno pasó por tantos infiernos no cualquier fuego lo quema y es entonces cuando las propias historias de vida y sus contextos sostienen cada una de nuestras acciones.

¿O tendrá que ver con la ausencia de ese sentimiento (o más bien de esa actitud) que, producto de una construcción muy compleja y personal, es la empatía?

Porque a los legos, a los ciudadanos de a pie que nos somos ni psicólogos ni sociólogos nos cuesta entender esas conductas negacionistas (o simplemente temerarias) que parecen atravesar a un grupo de la comunidad. Ese puñado de inconscientes que, descreyendo de todo, presos de la ignorancia y del miedo y siendo víctimas perpetuas de la prensa hegemónica, se oponen a todas las medidas sanitarias que el Ministerio de Salud Nacional, siguiendo las recomendaciones de su equipo de expertos asesores y en consenso con los gobiernos provinciales, implementó para controlar los daños que ocasiona este virus con corona.

Párrafo aparte merece esa porción de la sociedad que existió siempre, los odiadores seriales, quienes fueron antiperonistas desde antes que apareciera el peronismo como el movimiento nacional y popular que, en todas sus versiones y con sus claroscuros, más derechos garantizara en la historia política de nuestro país.

Y entonces inmediatamente se nos aparecen los inoculados de odio y los cultores de la sinrazón, los de viva el cáncer, los de la Revolución Libertadora, los que fueron la pata cívica de la dictadura militar, los militantes de la alianza del horror del 2001 y los mismos del engendro Cambiemos que llegó al poder en 2015 y que parece no resignarse a aceptar que perdió las elecciones en primera vuelta un inolvidable 10 de diciembre de 2019.

Pero este histórico 20-25% de argentinos a los que les gusta llamarse republicanos y que dicen ser los centinelas de la moral, no es lo que me genera esta cavilación en voz alta, ya que de esa casi tercera parte del país se ocupa muchos analistas políticos de la hostia, muchos de los cuales los tenemos entre los barracos.

Yo simplemente como una mera observadora de la realidad, algo obsesiva y demasiado vehemente, no puedo dejar de contar el desconsuelo que me genera esa otra porción de mis compatriotas quienes habiendo sido educados escuchando sólo una parte de la historia, (o ninguna) no desarrollaron inmunidad ante los constantes ataques de la prensa que los piensa.

Loa existencia de las fracciones intolerantes que existen en las sociedades casi siempre tiene su etiología en la educación, por lo que los argentinos no somos la excepción. A las políticas educativas se las declama como prioritarias en cualquier promesa electoral de cualquier partido en campaña sea del color político que fuera. Hablar de educación es redituable, pero invertir en educación es deficitario. Porque mientras para un segmento de la comunidad educativa sean más importantes las horas de matemática que las de historia, será muy difícil que nuestros cerebros, sabiendo hacer cálculos complejos, no sucumban ante la sempiterna colonización de sus subjetividades que ejerce impúdicamente el poder real, con el control absoluto de lo que vemos, escuchamos y escribimos.

Que el oligopolio de la comunicación en manos del grupo económico más influyente en la Argentina sea un factor de riesgo, (hablando en términos sanitarios) resulta una verdad de perogrullo; como afirmar que si fuimos creciendo con la incorporación de valores muy construidos por nuestras familias de origen, con el desarrollo de pensamiento crítico por el  contexto en que nos desempeñamos (la escuela, el barrio, el entorno laboral) y tal vez por la curiosidad propia de las distintas personalidades, no habría tantos colonos poniendo en riesgo su vida y la de su semejante. Habría más paisanos pensando en la fuerza de un todo, que en definitiva es lo que somos.

Pero que difícil nos resulta entender y con qué impotencia asistimos a este espectáculo donde todo pareciera estar subvertido: un puñado de vecinos de un country desobedeciendo una orden judicial, un grupo de amotinados de la fuerza del orden extorsionando a un presidente, la oposición feroz y sin límites impidiendo que sesione el Congreso, enajenados quemando barbijos y siguen los ejemplos.

Sabemos perfectamente dónde se originan estas “autoconvocatorias”; sabemos demasiado bien las motivaciones; no desconocemos los alcances y mucho menos quien las organiza y fogonea, lo que nunca vamos a lograr es desmadejar los mecanismos subjetivos que los llevan a los aplaudidores a exponer sus propias vidas sólo por lo que les muestran los medios desinformativos. Porque no somos psicólogos ni sociólogos ni politólogos. Porque solo somos ciudadanos comprometidos.

Y estoy convencida que eso, en estos tiempos en que debimos ceder las calles y esconder las sonrisas, se combate con las armas a nuestro alcance, la palabra, la voz, el ejemplo y haciendo de la militancia un estilo de vida. No hay tapabocas que impida que se escuche nuestro grito, no hay alcohol que nos desinfecte las convicciones, no hay distancias, sólo distanciamiento físico porque estamos más cerca que nunca luchando, como desde la más tierna adolescencia, por memoria, por verdad y por justicia.

Y sólo soñando con la duración y la intensidad de los abrazos para cuando volvamos a encontrarnos, el día después.