por Guillermo Saavedra

Tal vez la más triste manifestación de nuestra derrota actual sea precisamente el sentirnos compelidos a renunciar a la intimidad, a darnos vuelta como un guante hacia una exterioridad urgente y muchas veces trastabillada en la confusión, el desasosiego y el resentimiento, y por eso mismo imprecisa y un poco desesperada. Queremos salirnos de nosotros mismos y enhebrarnos en una respuesta colectiva, una sintaxis común que logre formular esa oración compleja y necesaria para detener la agonía de estos tiempos atroces.

Pero los liderazgos y la unidad imprescindibles se hacen desear, tal vez porque la hora reclama una estatura y una lucidez que nadie hasta ahora ha sabido tener. Y esa frustración nos lleva con excesiva frecuencia a erigirnos en jueces de los demás porque gritan un gol de Messi, celebran un triunfo personal, o sencillamente necesitan poner momentáneamente entre paréntesis el horror del presente común para preparar una sopa, escribir un poema, levantar una pared, lavar una camisa, cantar una canción, amarse con alguien, o dormir una siesta. Y de ese modo olvidamos que lo primero que deberíamos conseguir es ser mejores para nosotros mismos. No como una reivindicación del individualismo sino como una reconciliación con lo mejor de cada uno. Quizás así logremos que ese gol, ese triunfo, esa sopa, ese poema, esa pared, esa camisa, esa canción, ese amor, o esa siesta nos den la convicción que nos ayude a no resignarnos, a continuar amasando una resistencia incondicional, paciente pero firme, y solidaria con tanta humanidad cesanteada, abusada, excluida, engañada, enferma y silenciada por este gobierno de gente malparida.