Por Mempo Giardinelli

Ya en enero de 2002, a pocos días de que el presidente Fernando de la Rúa huyera de la Casa Rosada en helicóptero, y con la Plaza de Mayo y el centro de Buenos Aires todavía ensangrentados por la muerte de 40 víctimas de la violencia desatada por el gobierno de lo que se llamaba «La Alianza», la veintena de ciudadanos y ciudadanas que en esos dias formamos El Manifiesto Argentino, planteamos como reclamo específico de lo que bautizamos Nuestro Ideario, lo siguiente:

 «Suspensión real del pago de la deuda externa pública, mientras se la analiza y se discrimina la deuda legítima de la ilegítima. La primera será honrada y se negociará una quita de capital así como la modificación de las tasas de interés usurarias. Hay que suspender todo pago por seis meses y preparar un programa de pagos serio y posible, de cumplimiento efectivo. Si por una vez la Argentina se muestra seria y decidida, nuestros acreedores van a aceptar la propuesta. Y respecto del así llamado «Corralito» bancario, exigimos que los Bancos cumplan con su obligación, partiendo del principio elemental universalmente aceptado de que los Bancos tienen el dinero del público y deben devolverlo cuando el público lo quiera. Si los Bancos, nacionales o extranjeros, dicen que no tienen dinero para responder, pues que lo traigan de donde lo tienen, en sus casas centrales. Ellos ganaron fortunas en los últimos años a costa del pueblo argentino, y ahora es inaceptable el chantaje que nos hacen al decir que si devuelven el dinero ‘puede quebrar el sistema’. Hay que exigirle al gobierno que no proteja a las entidades bancarias ni ceda a la acción de los lobbies».

Han pasado más de 18 años, y quienes hoy integramos El Manifiesto Argentino reafirmamos aquellas palabras. Y ahora acompañando el repudio al endeudamiento que asfixia al pueblo argentino, reclamamos la auditoría de la deuda externa a fin de saber quiénes, por qué y para qué nos endeudaron a 45 o 50 millones de argentinos como somos hoy. Consideramos imperativo saber quiénes dispusieron la deuda de todos y todas, qué beneficios obtuvieron y dónde están esos miles de millones de dólares producto del saqueo generalizado de los últimos cuatro años. 

Auditar es esclarecer, es conocer y tomar conciencia, y hoy es el camino idóneo para la recomposición de las finanzas públicas de este país nuestro cuyo pueblo debería ser uno de los más ricos y felices de la Tierra.

Una encuesta acerca de la legitimidad de los compromisos contraídos a espaldas del pueblo, hecha por la consultora Proyección, en el Área Metropolitana de Buenos Aires y a fines de febrero, preguntó a centenares de personas de todas las clases sociales si se deberían investigar los compromisos contraídos desde 2017, incluídos los préstamos del FMI. El 70% de los encuestados dijo que la deuda «debe investigarse». Y lo más asombroso, y contundente, fue que este reclamo es común a ciudadanos/as de todo el espectro político, incluídos votantes a Macri. La inmensa mayoría coincidió en que la deuda con el FMI debió pasar por el Congreso y que su elusión torna sospechosa y presuntamente inválida toda la deuda.

Auditar las deudas derivadas de indisimulables artimañas financieras, bancarias y leguleyas, es un imperativo económico y también moral. Es un principio democrático elemental: toda deuda, y más si es sospechosa como la de2002 y la de ahora, obliga a las autoridades democráticas a auditar la deuda externa contraída. Más aún, en 2020 es imprescindible y urgente, porque la deuda que dejó el macrismosobre las espaldas de millones de compatriotas es obviamente impagable.

La salida es difícil, pero otro economista del Manifiesto Argentino–Horacio Rovelli, compañero y columnista habitual de La Barraca– sostiene que «solo colocando un bono de ahorro forzoso a cinco años y renovable por otros cinco a los grandes terratenientes, a los grandes bancos y a los que fugaron millones de dólares en los 4 años de Macri, se puede tener un plan de pago de la deuda». Nada menos, pero, como recuerda Rovelli, eso fue lo que hizo en 1890 Carlos Pellegrini para sacar al país de la crisis brutal en que lo dejaron los cuatro años de Miguel Juárez Celman.

La historia no siempre se calca, pero cada tanto se repite de modos parecidos.