Por Alejandro Mosquera

La ilusión de algunos sobre que el poder concentrado y la oposición del PRO iban a aceptar la razonabilidad de las medidas que los gobiernos del Frente de Todos, y que la gravedad de la pandemia ponía una pausa al conflicto sobre el rumbo del país se demostró falsa e ingenua.

Dos conflictos esenciales atraviesan a la sociedad argentina. Por un lado, es la disputa por quien se hace cargo de los escombros que deja la crisis neoliberal y la parálisis de parte crucial de la economía provocada por la cuarentena obligada. Los fondos de inversión principales acreedores de la mega deuda, los grandes grupos empresarios trasnacionales con intereses en el país, los bancos y grandes financieras pretenden que el peso esencial de la actualidad y de la recuperación sea sobre los empresarios nacionales, las pymes, los trabajadores, sobre la democracia.  Por lo tanto, no quieren que se abra paso medidas de justicia mínima como el impuesto a las grandes fortunas porque eso pone en el centro la discusión sobre todo el sistema impositivo, en como combatir con eficiencia la evasión, la utilización de las guaridas fiscales, y por supuesto una nueva ley de entidades financieras que derogue la vigente que es de la dictadura.

El poder no nos presenta una batalla discursiva sobre el tema, de racionalidades diferentes, porque ello instala un debate en la sociedad que ellos le quieren negar. Por eso para detener, trabar o minimizar la potencia de las medidas que se necesitan tomar para que la mayoría sobreviva en este mundo que mutó velozmente, recurren a una diversidad de temas, de focos de tensión, de desgaste del gobierno, de minar a los dirigentes y representantes, de manipular a la opinión pública.

Aquí hay que anotar los intentos de boicotear que el Congreso funcione virtualmente para impedir la sanción del impuesto a las grandes fortunas, las declaraciones del expresidente sosteniendo que el populismo es peor que la pandemia, las conspiraciones del “mecanismo” para crear bandas de delincuentes liberados para ser sostén de las expropiaciones que se planifican (¿?!!),  el pronunciamiento de varios expresidentes de derecha y ultraderecha contra España, México y Argentina, la vuelta de los equipos trolls, las continuas campañas contra la vice presidenta y los intentos de limar al presidente Alberto que tiene un respaldo masivo por su actitud ante la pandemia.

Las declaraciones de la Senadora Felicitas Beccar Varela no son importantes en si, parecen de alguien de una era prehistórica y consumidora de esas teorías conspirativas de bajo nivel. Lo importante es la trascendencia que le dio el verdadero “mecanismo” del poder propagandístico. Su significado es que activaron todas las formas de desgaste hasta estos razonamientos estúpidos y torpes.

Desde una racionalidad progresista muchas veces se minimiza las opiniones de Patricia Bullrich, pero su peligro no radica en que las haga “entonada” o confusas, sino que por voluntad y mandato de Macri es la presidenta del Pro y representante de su ala de ultraderecha y con la eficiencia para ese sector de los que no tienen escrúpulos.

El mecanismo está puesto en marcha. Minimizarlo es un error.

El otro conflicto

La lucha por el rumbo, por la apropiación de los recursos de todos, por el poder, se da en medio y por medio del conflicto en el terreno de la cultura, de los valores, de la cosmovisión desde la cual miramos y entendemos el sistema-mundo.

Se equivocan quienes ven en el neoliberalismo solo un proyecto económico o que su gran triunfo fueron las medidas y concepciones nacidas del Consenso de Washington. El gran triunfo de la revolución conservadora maximizada por la caída del muro los errores y horrores del socialismo “real”, se dio en el terreno de la batalla político-cultural.  Batalla que se dio en las elites económicas, políticas, universitarias, intelectuales, pero también en el llano sobre la población mundial. La idea de que no hay alternativa social al capitalismo realmente existente fue el telón de fondo donde opero la mutación de valores, y la forma de interpretar el mundo y lo que nos rodea.

El “mecanismo” actúa nuevamente sobre la base del miedo. Son las políticas del miedo para despertar lo peor del ser humano, para nublar la capacidad de una racionalidad democrática y pluralista. A lo largo de la historia las derechas han utilizado este argumento moralmente invalidante pero efectivo. Mas aún cuando las fronteras se cierran, el “otro peligroso” es cualquiera incluido mi vecino enfermera/o medica/o.

En estos días la discusión sobre cárceles invadió el prime time. Las derechas y el “mecanismo” crearon falseando, exagerando, inventando conspiraciones, expuso casos para demostrar el peligro de las supuestas políticas del gobierno, todo eso era necesario para crear el miedo social, y a la vez tenia que haber un terreno cultural propicio en nuestra sociedad para escuchar y asumir como propia la evidente manipulación. El cacerolazo de ayer es una muestra, por supuesto que estuvo empujado y organizado por el PRO, pero dejarlo solo allí es no mirar la realidad tal cual es.

El problema de la sobrepoblación de cárceles viene de décadas y de varios gobiernos de signos distintos. Las políticas de mano dura, de elevar las tasas de prisionización tienen un punto claro de inflexión en el gobierno de Ruckauf, y con intervalos plausibles, se continuo posteriormente. Las cárceles fueron un lugar hacinamiento, de falta de condiciones mínimas para la sobrevivencia, de falta de la salud, de violencia institucional, de negocios ilegales, donde todo se compra y se vende. Y que en el cuatrienio macrista, Bullrich, Vidal y Ritondo permitieron e impulsaron las subidas de las tasas de prisionización no solo atestando las cárceles sino también de nuevo las comisarias.

En una sociedad que sufre las políticas neoliberales, con aumento de la desocupación, de la pobreza, de la indigencia, de un estado en retirada, dos miradas se hicieron dominantes en la sociedad sobre las cárceles la primera no verbalizada pero profundamente internalizada que el que está en la cárcel tiene que estar mucho peor del que esta peor en “libertad”.  De allí se deducen frases comunes que atraviesan transversalmente a todas las clases. La otra idea dominante es no querer mirar lo que ocurre en las catacumbas de la democracia, porque eso significaría aceptar que permitimos la tortura.  Incluso la cultura tumbera televisiva es una forma de aliviar conciencias y sembrar una cultura conformista: así es el mundo real, cuanto mas lejos mío este mejor.

Pero junto a las estrategias de la derecha hay que examinar las acciones del campo propio. Llegado el covid 19 era claro que las cárceles era un lugar de peligro por la masificación del contagio. Y no solo para sus internos y trabajadores del servicio penitenciario, sino para la sociedad. Porque nada de lo que sucede en la cárcel se queda en sus fronteras. Si las cárceles provinciales están repletas de pobres, y los penitenciarios a la vez provienen del mismo sector social, estaba claro que el contagio que allí se produzca llega a los barrios carenciados. 

A la vez había que tomar en cuenta que la situación estructural de las cárceles era una bomba, y que como tal necesitaba de una ingeniería precisa, consensuada, inteligente para desarmarla y hacerlo en tiempos de pandemia y urgencia.  Enfrentar el gravísimo problema de salud que implica para la sociedad necesitaba de un discurso abierto, legible para que se comprendan las medidas de emergencia que había que tomar. El rol de las victima en los procesos y ejecución de penas es un reclamo justo y propio de las concepciones democráticas y transparentes del proceso penal, no es un reclamo de la derecha, ellos la utilizan para sus intereses.

Es cierto que los jueces muchas veces miran para otro lado sobre la situación de sus presos, tienen mucha responsabilidad de no tomar las resoluciones pertinentes sobre las condiciones en que se cumplen las condenas o prisiones preventivas que ellos deciden. O sobre la violencia institucional tras los muros, o de los negocios que allí habitan. Pero no es cierto que la política criminal de un estado solo dependa de ellos. Cuantos, a quienes, en que condiciones se tienen a los presos es una decisión Estatal y societaria.

También hay que señalar que a veces las mejores intenciones si no van acompañadas de la mejor inteligencia para desarmar adecuadamente esa bomba de la que hablamos lleva a errores que las derechas y el “mecanismo” van a utilizar al extremo, y lo que tendría que significar un avance estatal y cultural se convierte en retrocesos.

Tiene razón Alberto, si es que lo dijo no me consta, que no hay lugar para errores.

Por ultimo esta columna de alguna manera es volver una y otra vez al Megafón de Leopoldo Marechal y sus dos batallas la terrenal y la celestial.