Colaboración: Miguel Núñez Cortés

«El albatros» es una obra de Charles Baudelaire» – 9 de abril de 1821, París, Francia – 31 de agosto de 1867 (46 años), París, Francia.

En ese libro Baudelaire menciona que: «un albatros en tierra, con su andar tambaleante y arrastrando las alas, da verdadera risa. Todos los marineros lo sabemos. Llama la atención la diferencia entre la torpeza de sus andares y su majestuosa elegancia en el aire. La envergadura de sus alas es enorme, de más de cuatro metros: sólo con extenderlas a favor de viento pueden levantar el vuelo. Sin embargo, tienen serias dificultades para aterrizar y suelen golpearse las alas. Se alimentan de calamares y de los desperdicios de los barcos. El albatros errante (Diomedea exulans) puede devorar peces de más de medio metro de longitud»

Y así funcionó “el mejor equipo de los últimos 50 años”. De extraordinaria eficiencia y eficacia en sus empresas multinacionales, fueron convocados por el adalid de los albatros en tierra. Y cuando se hicieron cargo de ministerios y secretarias de estado, anduvieron tambaleantes y arrastrando las alas, no solo dando risa, sino provocando dolor. Dolores que mucho costará superar. Heridas abiertas, irreversibles. Y los albatros en tierra se abocaron a alimentarse y a dar alimento a sus mandantes allende los mares. Jamás volaron majestuosos. Siempre se arrastraron tambaleantes. Su objetivo avaro y lujurioso jamás les hizo pensar un cielo celeste y blanco.

Tragaron, devoraron cuanto pudieron, ante el beneplácito de los que no dudaron en salir a repetir ¡SÍ, SE PUEDE! sin comer choripán, ni tomar coca, ni tirar papelitos en el piso.

Como decía Baudelaire “Todos los imbéciles de la burguesía que pronuncian las palabras inmoralidad, moralidad en el arte y demás tonterías me recuerdan a Louise Villedieu, una puta de a cinco francos, que una vez me acompañó al Louvre donde ella nunca había estado y empezó a sonrojarse y a taparse la cara. Tirándome a cada momento de la manga, me preguntaba ante las estatuas y cuadros inmortales cómo podían exhibirse públicamente semejantes indecencias.

Gente desdoblada en dos mundos diferentes: ambivalentes y sin cultura, público de las prebendas personales y de apetencias de querer ser lo que no son, más por referencia que por pertenencia.

Les brota de sus pechos, de flacos corazones, lo que nunca dejaron por convicción y mandato histórico. Renuevan sus pensamientos que se remontan a sonadas chirinadas más del siglo XIX que del XXI y a la Argentina de la Infanta Isabel de Borbón, que nos visitara en 1910 con motivo del muy celebrado primer centenario de la Argentina pastoril, a bordo del buque «Alfonso XII«. Pero así son, repetidores al infinito de iguales acciones y represiones.

Y precisamente en  El albatros de Baudelaire encontramos varios de estos símbolos referidos a esos hombres y mujeres, adjetivados como “desdichados y avergonzados”, “torpes” y “cobardes”, “risibles” y “feos” en sus vidas terrenas, ángeles caídos, “exiliados en el suelo”. No entienden ni se dan cuenta. Vienen de mundos de opulencias y son incapaces – en todos los órdenes – de vivir en este. Claro, también los hay humildes y confundidos, creyendo estar en terrenos propios, donde son ajenos. Capaces de ofrendar sus vicisitudes actuales, en el ara de un altar donde ofician hombres y mujeres rubios de verdad (o de mentira), de gafas negras y ropa cara.

Imaginar los sentimientos del Gran Perdedor es fácil; sabe que será despreciado por sus semejantes, nacionales e internacionales: rotulado por su complejo de inferioridad y por una culpa que, finalmente, lo condujo a su autodestrucción política. Será un trashumante despreciado, por inhábil y amoral. Fue incapaz de hacer durar a la gallina de los huevos de oro el tiempo suficiente y eso no se lo perdonarán nunca. Y a los albatros terrestres del mejor equipo tampoco y por los mismos motivos.

Como es habitual en estos artículos, se lo cerrará con una cita de una poesía célebre, ajustada conceptualmente al núcleo de lo que se quiso expresar:

 

Eres un universo de universos

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«Eres un universo de universos

y tu alma una fuente de canciones.

La celeste unidad que presupones

hará brotar en ti mundos diversos,

mata la indiferencia taciturna

y engarza perla y perla cristalina

en donde la verdad vuelca su urna»

 
                                                   Rubén Darío

 

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