por Ruben Lamas

El actual modelo agro exportador  tiene una historia ligada directamente a la globalización de la economía, y el rol que en ese contexto  se le asigna a la Argentina.

La aparición de nuevas tecnologías, como las semillas modificadas genéticamente, los agroquímicos, fertilizantes, plaguicidas, la informática, las comunicaciones móviles, la localización satelital, la siembra directa, la velocidad de las transacciones online, constituyen un conjunto de elementos que han modificado  mediante cambios profundos el enfoque del trabajo rural, por lo que algunos de los tradicionales hombres de campo, y gente que proviene de otros sectores de la economía se  han convertido en  empresarios de los agro negocios.

Este  nuevo empresariado no surgió espontáneamente sino que fue promovido por las empresas multinacionales, mediante la planificación estratégica de objetivos propios a la medida de sus negocios. De tal modo que aprovechando su participación publicitaria en los medios de comunicación sectorial, fueron  haciendo docencia,  y orientando a los productores a cambiar su mentalidad en pro de la modernidad, y los convencieron acerca de  la posibilidad de insertarse en el mundo, o dicho de otra manera  pertenecer al grupo de los ganadores.

Este viraje de algunos productores agropecuarios tuvo varios hitos, uno de ellos fue la articulación rural-financiera que se consolidó en la década del setenta, junto a la formación de grupos agropecuarios y económicos, con posterioridad se produce el boom de la soja, que marca un antes y un después en la producción rural Argentina,  junto a la expansión de la frontera agrícola, el desmonte generalizado, y el traslado de la producción ganadera a zonas periféricas.

Hoy nos encontramos con que este esquema agro exportador cuyo objetivo excluyente es la producción de grandes volúmenes, solo beneficia a un pequeño grupo de empresas y particulares, ya que las condiciones propuestas por las multinacionales son principalmente en beneficio de sí mismas, mediante la necesaria  participación de algunos socios locales pero selectos, las multinacionales logran así imponer un modelo  sostenido por un paquete tecnológico, semilla, inoculo, agroquímicos, que ellas mismas proveen en cada ciclo productivo.

Este modelo elitista de pertenencia y beneficio  fue dejando afuera de la actividad a una gran cantidad de pequeños y medianos productores, que parecen no importarle a nadie no se sabe si por ignorancia, desidia, o porque simplemente el estado abandonó  la política agropecuaria, y aquí hay responsabilidades a nivel nacional, provincial y hasta municipal.

Esta ruralidad concentrada, requiere poca mano de obra, no retiene a la población en sus lugares de origen, no diversifica la producción, expulsa al pequeño y  mediano productor, y no trae beneficios para las economías regionales.

Estos son los efectos locales de la transnacionalización de los agros negocios, que está más ligada a la exportación que al mercado interno, y depende de la cotización internacional de los insumos y de los granos.

Es muy difícil confrontar con esta concentración de intereses articulados entre producción transnacional izada, finanzas, y paquetes tecnológicos, pero se impone la necesidad de buscar alternativas a este esquema porque el mismo es insustentable por sus consecuencias ambientales,  fumigaciones, y  desmonte entre las más nocivas, y porque carece de planificación y racionalidad, tanto en el uso del recurso tierra, como también porque deja de lado a todo el sector de pequeños y medianos productores y de las llamadas economías regionales, cuya vulnerabilidad es  bien conocida.

Otro modelo productivo no solo es posible, sino absolutamente necesario si pensamos en términos de inclusión socio laboral y queremos generar trabajo y garantizar la alimentación de nuestro propio pueblo, se debe para eso buscar la forma de favorecer la producción diversificada de pequeña y mediana escala, la industrialización y procesamiento en origen, para evitar caer en una producción  primarizada.

Este cambio de paradigma permitiría  el arraigo territorial, y la ocupación de nuestras tierras por compatriotas con trabajos dignos, junto al ejercicio de la soberanía  territorial, aspecto de importancia no menor ya que hace a la defensa nacional.

La convivencia de agricultura y ganadería, cambia el esquema laboral ya que  a los animales hay que cuidarlos de cerca, mediante una serie de labores, control de pasturas, rotación de potreros, control de peso, de partos, vacunación, etc. Cosa que ayudaría a desarrollar una ruralidad con rostro humano, la misma que se lleva adelante como practica racional en todo el mundo.

Es necesario sin duda plantearse una alternativa, sin necesidad de  inventar nada nuevo, ya que hay muchas experiencias internacionales que se pueden tomar seriamente en cuenta por haber demostrado ser rentables, y sustentables para generar más trabajo rural, afincamiento territorial, desarrollo regional, industrialización en origen, provisión de los mercados de cercanía, y garantizar una ecuación imprescindible,  entre rentabilidad para la producción y precio accesible para el consumidor.

Tenemos un contexto económico de profunda crisis, y no saldremos adelante con mas bicicleta financiera, sino  poniéndonos a trabajar aprovechando nuestros  recursos, pero  planteando objetivos claros, para ello hay que tener en cuenta la tenencia y uso de la tierra, que debe racionalizarse,  y se debe brindar apoyo  al desarrollo de la pequeña y mediana producción rural como objetivo estratégico de la economía nacional.

Esta condición  servirá para crear  más puestos de trabajo, y puede ayudar a desarrollar miles de nuevas colonias rurales en todo el país, con ese cambio se podría lograr la provisión de alimentos para consumo local como estrategia básica de supervivencia, cosa que no descuidan ni siquiera los países más ricos e industrializados.