por Miguel Núñez Cortés

 El sábado pasado, 25 de mayo de 2019, observaba a la multitud que esperaba con ansiedad la presentación de Cristina Kirchner junto a su compañero de fórmula electoral Alberto Fernández. Yo tenía mis pelos como escarpias.

 Pleno de emoción, pero no obnubilado, me preguntaba por el misterio que era capaz de movilizar a tantos miles, cuando ninguno de ellos conoció a Perón ni a Evita. Qué secreto es ese, arraigado en tantos corazones, en tantos pensamientos, colmados de una fe y una voluntad inigualadas.

 Porque los puntos de referencia iniciales devienen de Perón y de Evita. Así lo cantan y lo bailan las chicas y muchachos en marchas “remixadas”, plenas de esa alegría y el desparpajo propio de sus edades  adolescentes y juveniles.

 Y aquello que se inició un 17 de octubre de 1945 llega hasta hoy luego de haber superado lo inimaginable, con dolorosas e irreparables pérdidas, pero también con inolvidables alegrías.

 Mucho se ha hablado de la militancia. Alguna vez dijo Perón: Todos los movimientos de acción colectiva, necesitan de realizadores, pero también necesitan de predicadores. El realizador es un hombre que hace sin mirar al lado y sin mirar atrás. El predicador es el hombre que persuade para que todos hagamos, simultáneamente, lo que tenemos que hacer”.

 ¿Hay algo que se parezca más al perfil del militante que la figura del predicador? Predicar, dice el diccionario de la RAE, en algunas acepciones, es  “publicar, hacer patente y claro algo”.

 Cual trabajo sobre un palimsesto el militante vuelve a escribir todos los días la tradición que ha recibido y que siente la necesidad de volver a escribir. Sabe que cuando deja de transmitir la tradición, la doctrina que le es propia, traiciona su propia naturaleza militante. Estábamos necesitando con apremio, con ansias militantes, las voces conductores que volvieran a fortalecer ese hilo de plata que deviene de aquella etapa fundacional insuperada.

 Y un día volvió Cristina. Y no lo hizo sola. Trajo con ella a Alberto Fernández, para transitar juntos el camino electoral que se nos hace imprescindible y perentorio, ante el peligro de disolución al que nos han llevado.

 Y desde Merlo, lugar del encuentro a cielo abierto, Cristina y Alberto volvieron a escribir encima de lo escrito, tan propio de la historia militante, que le da identidad y que la diferencia de las experiencias históricas de otros hombres y mujeres, de otros pueblos, de otras naciones.

 Los militantes del Movimiento Nacional y Popular re-nuevan la tradición cada día y lo hacen testimoniándola en sus actos, creando, inventando, haciendo arte, deporte, estudiando, trabajando en fábricas, talleres y oficinas. No importa la edad. Valores como la justicia, la solidaridad, el bien común, la paz, la identidad, son propios de todos de los que creen que siempre se puede volver a las fuentes (sin excluir aquellas donde metieron “sus patas” aquél 17 de octubre)

 Pero si bien esto puede sonar muy intelectual o alambicado, hoy es una obligación introducir un término nuevo en el mundo militante. Levantar la vista (y no la “mira”) para entender los enfoques interculturales de los problemas de la Argentina y del mundo. Hoy se hace imperativo.

 Todavía estamos sufriendo las consecuencias del colonialismo, renovado y puesto en acto con toda crueldad por el régimen corporativo que nos gobierna y cuya esencia es la pertinacia  en el mono culturalismo corporativo, del que deviene el pensamiento único… la grieta.

Y aquí hay que incorporar lo nuevo, lo que en esencia nos pide Cristina en su retorno junto a Alberto: Todos necesitamos de los otros y en todos los niveles dependemos los unos de los otros en una relación de inter-in-dependencia.

 La militancia está convocada a abrirse a la multiculturalidad nacional e internacional.

 No es lo mismo pluralismo que pluralidad anárquica. Sin el reconocimiento de la interculturalidad no hay posibilidad de entendimiento en paz. Y ese entendimiento en paz no es solo un concepto, sino que es el mito emergente de nuestro tiempo.

 El camino a un nuevo entendimiento -en el campo político militante- no es fácil. Es un criterio revolucionario, perturbador, provocador, exige la supresión del egoísmo, de la codicia. Por este “aggiornamento” habrá decantaciones, incomprensiones y abandonos, pero también tendremos a disposición horizontes nunca vistos y objetivos nunca alcanzados.

 Si el movimiento nacional quiere entender los fenómenos interculturales en los que está inserto hay que escuchar a Cristina. Salir del solipcismo, ese catastrófico “soy solo yo o nosotros” los que existimos y todo nos es propio, en carácter de exclusividad. Terrible punto final para una de las más grandes epopeyas políticas argentinas.

 Justamente es “eso” lo que le reclamamos que abandonen los de la otra orilla de la grieta. Empecemos nosotros. Habrá que superar el concepto que la única seguridad del militante es el de la existencia de sí mismo. No es así.

 Ya nos dijo Cristina: “Creo que no es hora de reprocharle nada a nadie, sino que es hora de juntar la mayor cantidad de voluntades posible, que tengan los mismos intereses, que tengan los mismos problemas para tener una acción común. Ustedes saben que es la mejor manera de lograr la unidad, para adentro y para afuera.

De eso se trata, de predicar, de representar, de construir.

“Creo que los demás no se deben adaptar a nosotros, somos nosotros, como militantes y constructores, los que nos tenemos que adaptar a la sociedad.

“Pero fíjense que estoy hablando de adaptación, no de cooptación del pensamiento y la idea.

“Hablo de adaptarme a las necesidades de comunicar y qué comunicar, para poder ser eficaz, para tener resultado, y sobre todo, para poder ayudar a la gente a comprender mejor las cosas.

 “Lo peor que podría pasarnos es subordinar a una persona la realización de un proyecto, si ese proyecto solamente lo puede llevar a cabo una persona no es proyecto, y no está enraizado en la sociedad”….y esto lo expresó Cristina en ATE Capital el 14 de setiembre de 2016.

Le propuso al militante que hiciera el esfuerzo de hacerse permeable a una transferencia de responsabilidad política, que el militante no puede soslayar y hacerse el tonto. Hay que crecer y madurar.

Este llamado militante puede ser entendido si se entiende que la interculturalidad revela nuestros propios límites, enseña la tolerancia y muestra la contingencia de la condición humana.

Hagamos como los griegos y sus palimsestos, dejando debajo el texto primitivo para escribir sobre él …  el texto de estos tiempos. Coexistir no es olvidar. Lo escrito, escrito está. Sin embargo podemos escribir arriba e iniciar un mundo nuevo.