>> El valor de la experiencia del proceso bolivariano no radica, por el momento, en su presunta transición hacia el socialismo sino en la capacidad demostrada para promover una enorme acumulación de fuerzas para las clases subalternas.

Por Martín Mosquera*

I

Las mayores personalidades históricas de la cultura socialista siempre han sido sensibles al carácter necesariamente original e irreductible de los grandes procesos políticos de masas. Antonio Gramsci sostenía, por caso, que la insurrección bolchevique había sido la revolución contra El Capital (de Marx), en la medida en que no respetaba sus previsiones históricas. Por su lado, el mismo Lenin, fiel a su estilo tajante, afirmaba: «Aquellos que esperan ver una revolución social ‘pura’ nunca vivirán para verla. Esas personas prestan un flaco servicio a la revolución al no comprender qué es una revolución».

La sensibilidad frente a lo novedoso y lo imprevisto no es más que una sensatez epistemológica elemental: la vida histórico-social siempre excede el conocimiento que puede postularse sobre ella (lo contrario, la pretensión de acceso a lo absoluto propia del idealismo hegeliano, no es más que el imposible punto de vista de Dios). La ciencia empírica tiene esto bien claro desde hace mucho tiempo: las hipótesis teóricas no son verificables empíricamente sino apenas falsables, en la medida en que se formulen de forma adecuadamente contrastable. Esta crítica al dogmatismo o al apriorismo teórico no justifica, sin embargo, ceder al vicio simétrico del pragmatismo de quienes alegan que “el árbol de la vida es más rico que la gris teoría”, para emancipar a  la práctica de todo escrutinio crítico.

…creemos que el proceso bolivariano encierra muchos de los dilemas novedosos de la política revolucionaria del siglo XXI. 

Esta digresión crítica sobre la cultura teórica dominante en la izquierda local (dogmática y apriorista) puede ser pertinente como introducción al análisis de las distintas posiciones teórico-políticas con las que se interpreta actualmente el proceso político venezolano. Nosotros, por nuestra parte, creemos que el proceso bolivariano encierra muchos de los dilemas novedosos de la política revolucionaria del siglo XXI.

II

Es sabido que el proceso venezolano (así como el boliviano, en menor medida) ha estado en el centro de numerosos debates al interior de la izquierda radical. En primer lugar,  puede encontrarse con facilidad entre sectores de la militancia popular una reivindicación acrítica, que idealiza románticamente al proceso y a su dirección. Este es el posicionamiento de un conjunto de corrientes que gustan autodefinirse como chavistas, y que se encuentran en el costado izquierdo del kirchnerismo y en cierta parte de la izquierda social e independiente surgida en la última década. En general, esta posición ubica al proceso venezolano como la actualización contemporánea de los populismos de los años 40/60 y de las luchas de liberación nacional, y lo colocan en la estela de los gobiernos “pos-neoliberales” de Lula y Kirchner.

Es importante advertir que el proceso bolivariano, pese a sus limitaciones, terminó ocupando el rol de referencia revolucionaria central para un ciclo de la lucha de clases, del mismo modo en que la fuerza propulsora de la revolución de octubre forjó al viejo movimiento obrero europeo o  que las revoluciones china, cubana y sandinista moldearon a sus respectivas generaciones revolucionarias. Esto es perfectamente entendible: un hecho vale mucho más que una idea y la existencia de procesos políticos contemporáneos que demuestran que “sí, se puede” es un ánimo elemental para cualquier generación militante. Pero, es necesario advertirlo, estas referencias tienden a convertirse para sus defensores en el criterio evaluativo de toda experiencia política, con la correspondiente idealización del “proceso-modelo” postulado.

EL PROCESO BOLIVARIANO Y EL DEBATE ESTRATÉGICO EN LA IZQUIERDA RADICAL Evo, Fidel y Chávez

Una posición inversamente simétrica la representa los sectores hegemónicos de la izquierda tradicional, representados en el FIT (PO, PTS, IS). Su caracterización actualiza sin mayores sutilezas la identificación de estos procesos como “nacionalismos de contenido burgués”. Recuperando la categoría marxista de “bonapartismo”, estas corrientes consideran que gobiernos como el venezolano o el boliviano tienen un sentido regresivo en el largo plazo, en la medida en que – a golpes de ciertas concesiones sociales – integran a las clases subalternas al Estado y al régimen social. El supuesto implícito es que las masas están dispuestas a ir más lejos en sus reivindicaciones, pero se encuentran transitoriamente bloqueadas por sus direcciones. El correlato práctico de esta posición consiste en embestir frontalmente contra el gobierno, tratando de emular, en condiciones muy  diferentes, la posición de los bolcheviques frente al Gobierno de Kerensky (“ninguna concesión al Gobierno Provisional”). El ejemplo representativo de esta posición en la misma Venezuela es el PSL (Partido Socialismo y Libertad) encabezado por el dirigente sindical Orlando Chirino, corriente hermana de Izquierda Socialista en nuestro país. Esta organización expresa la única aplicación de las posiciones del estilo del FIT en el mismo proceso venezolano. Esta política condujo a que un representativo dirigente sindical (que en sus inicios encabezó un partido marxista con peso social, el Partido Revolución y Socialismo, con posiciones de independencia política y apoyo crítico al proceso) se vuelque hacia un profundo aislamiento sectario, expresado en el hecho representativo de conseguir, durante las últimas elecciones presidenciales, menos votos en toda Venezuela que la lista de izquierda en la Facultad de Economía de la UBA (comparado en números absolutos). Los votos no son garantía de verdad ni de corrección política pero sí, un fuerte síntoma de aislamiento en el contexto de un proceso de masas.

Lo que está en el centro del debate contra la aplicación indiscriminada de esta categoría es la posibilidad de definir el carácter de clase de un gobierno haciendo abstracción de la experiencia que el movimiento de masas hace con él, de la dinámica política que suscita y de cómo impacta en las clases subalternas y en sus procesos organizativos.

Esta posición frente al proceso venezolano no sólo es propia de la parte de la izquierda política, sino también de referentes intelectuales del marxismo local, como Rolando Astarita. El autor no ve en esta experiencia más que la repetición de procesos estatistas burocráticos (como el que encabezó, por ejemplo, el Kuomitang chino, el gobierno de Nasser o el peronismo) caracterizados por “la conducción de bonapartes « socialistas », cultos a la personalidad, enriquecimiento del lumpen burgués, milicos en las cumbres del Estado y absurdas mezcolanzas de nacionalismos y socialismos burgueses” (Astarita, 2014). La presunción a la base es que una concepción democrática de la emancipación, inspirada en el lema que Marx grabó en el texto inaugural de la primera internacional (“la emancipación de los trabajadores será obra de ellos mismos o no será”), es incompatible con cualquier apoyo parcial a un gobierno que no haya roto definitivamente con el Estado burgués. Entre la auto-actividad de las masas y la política gubernamental se establece, necesariamente, una relación de “suma cero”. Fiel a sus ideas, Astarita firmó una declaración internacional de apoyo a Chirino para las elecciones presidenciales donde la derecha fascista casi recupera el gobierno.

III

Más allá del proceso venezolano en tanto tal, con estas posiciones es necesario establecer un debate teórico de largo aliento. Las referencias indiscriminadas a “nacionalismos burgueses” y bonapartismos comete el error decisivo de descansar sobre una definición solamente «sociológica» de un proceso o gobierno, definiendo «a priori» su carácter de clase [1]. Se tiende, entonces,  a denominar como bonapartista, sin mayores adjetivaciones o precisiones, a todo lo que no sea o bien un gobierno revolucionario de características socialistas revolucionarias (lo que se evalúa según la medida de lo sucedido en la Rusia soviética entre 1917 y 1923) o bien un gobierno derechista burgués clásico. De esta forma, la categoría “atrapa-todo” de bonapartismo fue utilizada para caracterizar procesos de muy diferentes características: desde el nazismo/fascismo al castrismo cubano, del peronismo y los populismos latinoamericanos a los movimientos de liberación nacional en Asia y África.

El análisis de Marx sobre Bonaparte tiene una potencialidad teórica real, pero restringida. Se refiere a procesos donde cierto “empate social” da lugar a la emergencia de un liderazgo fuerte que se basa en un ejercicio personal del poder y que pareciera ubicarse “por encima de las clases” pero a los fines de conservar el régimen social a mediano plazo. Lo que está en el centro del debate contra la aplicación indiscriminada de esta categoría es la posibilidad de definir el carácter de clase de un gobierno haciendo abstracción de la experiencia que el movimiento de masas hace con él, de la dinámica política que suscita y de cómo impacta en las clases subalternas y en sus procesos organizativos.

Las primeras rupturas con esta concepción “sociológica”, al menos en estado práctico, se dan tempranamente en la tradición socialista. Pueden encontrarse, por ejemplo, en las reflexiones de los últimos congresos de la Tercera Internacional (antes de su estalinización) frente a las experiencias municipales de Turingia y Sajonia, y en la táctica correspondiente que se cristalizó en la consigna del «gobierno obrero». Dicha política consistía en habilitar la participación de los revolucionarios en gobiernos parlamentarios encabezados por corrientes obreras reformistas, en condiciones de fuerte crisis social y política pero donde las instituciones burguesas no habían sido destruidas. La Internacional Comunista entendía esta política como la posibilidad de establecer un gobierno “intermedio”, que facilitara el desarrollo político de los trabajadores, quebrara la resistencia de la burguesía y sedimentara las condiciones para una ruptura definitiva con el estado burgués.

En cualquier caso, el valor de esta experiencia no radica, por el momento, en su presunta transición hacia el socialismo sino en la capacidad demostrada para promover una enorme acumulación de fuerzas para las clases subalternas.

Trotsky también realiza una ruptura con esta concepción en sus textos tardíos, escritos en su exilio mexicano, cuando intenta caracterizar el particular nacionalismo del gobierno de Cárdenas. Allí percibe una dinámica progresiva en un gobierno que, aunque no tenía características socialistas, se apoyaba en el movimiento de masas para sostener algunos enfrentamientos parciales con el imperialismo. Trotsky denominó “bonapartismo sui generis” a este tipo de procesos.

IV

No ceder a las caracterizaciones sectarias frente al proceso bolivariano, no requiere postular una supuesta transición al socialismo actualmente en curso en el país caribeño. A nivel de sus políticas públicas y del modelo productivo promovido, resulta evidente que no se han superado los límites de un «Capitalismo de Estado», con fuerte dependencia de la renta petrolera aunque con inusuales niveles redistributivos. En paralelo, sí se han desarrollado algunas experiencias (como los consejos comunales y el control obrero de algunas empresas y ramas de la industria), que contienen elementos abiertamente disruptivos respecto a toda normalidad capitalista y que podrían recuperarse y profundizarse en una tentativa radicalización socialista del proceso. En cualquier caso, el valor de esta experiencia no radica, por el momento, en su presunta transición hacia el socialismo sino en la capacidad demostrada para promover una enorme acumulación de fuerzas para las clases subalternas. Esta es la tercera interpretación posible del proceso en curso, y que tiene expresión militante en la propia Venezuela, tal como representa, entre otros, el grupo Marea Socialista, corriente interna marxista del PSUV (Partido Socialista Unido de Venezuela).

IV

Más allá del análisis estricto de la coyuntura venezolana, este proceso podría estar planteando una “hipótesis estratégica” revolucionaria, alternativa a los modelos clásicos insurreccionales o guerrilleros, implausibles en la actual etapa (de democracias parlamentarias consolidadas y Estados “hegemónicos”). Tradicionalmente, la izquierda anticapitalista y clasista priorizó una delimitación estricta frente a las corrientes antiimperialistas, privilegiando la consolidación de nucleamientos políticos más estrechos pero férreamente anclados en la perspectiva revolucionaria. Los complejos escenarios del cambio social en la etapa actual parecieran exigir una articulación entre independencia programática y organizativa y la posibilidad de apoyos parciales a gobiernos de orientación antiimperialista que, sin lograr una ruptura total con la burguesía, favorezcan procesos de radicalización social y política [2].

Esta situación puede dar lugar a un escenario donde la institucionalidad democrático-burguesa se vuelva el marco inestable donde se manifieste la radicalización política de las masas y los ascendentes enfrentamientos de clase.

Posiblemente el precedente histórico para pensar procesos de estas características no sean los populismos latinoamericanos, sino la experiencia de la Unidad Popular chilena. Estos procesos abonan la tesis de que posiblemente una plausible transición hacia el socialismo en las condiciones actuales pase por una etapa intermedia en la que un auge de masas sea capitalizado por una dirección reformista que se imponga en un contexto de crisis de hegemonía.  Esta situación puede dar lugar a un escenario donde la institucionalidad democrático-burguesa se vuelva el marco inestable donde se manifieste la radicalización política de las masas y los ascendentes enfrentamientos de clase. Estas experiencias relativizan la tesis clásica de que los gobiernos “bonapartistas” tienen indefectiblemente un rol histórico regresivo al verticalizar y neutralizar el movimiento de masas. En procesos de esta naturaleza, se hace evidente la improcedencia del vanguardismo sectario que acomete directamente contra los gobiernos reformistas, desprendiéndose del desarrollo subjetivo de los sectores populares. Se torna prioritario allí acompañar la experiencia política de las masas, participar de instancias de frentes único anti-imperialista, oponerse a los embates golpistas de las derechas y apuntalar cualquier tendencia que permita radicalizar el proceso político.

La combinación de fenómenos de auto-organización popular junto a la ocupación de posiciones en el marco de la democracia burguesa (y la inevitable confrontación consiguiente con la contra-revolución), parecen ser coordenadas posibles para un proceso revolucionario en las actuales condiciones sociales y políticas. En procesos de estas características es inevitable la relación tirante y compleja entre las direcciones políticas y gubernamentales, nacionalistas o reformistas, y los sectores revolucionarios que se proponen una ruptura decisiva con el Estado burgués. Una estrategia socialista, para ser tal, debe desarrollarse evitando un doble peligro: por un lado, el vanguardismo sectario que se desprende del desarrollo subjetivo y organizativo de los sectores populares; por el otro, la adaptación populista a la dirección de estos procesos.

 

* Integrante del colectivo editor de la revista contra-tiempos y militante de Democracia Socialista.


[1] Un debate más exhaustivo contra la concepción “sociológica” puede encontrarse en Sanmartino, J. (2014) Estado, poder y socialismo en Venezuela: algunos debates en la izquierda radical, en http://www.democraciasocialista.org/?p=2832