por Juan Manuel Avellaneda

Había una vez una república de campos feraces, cuyos nativos se volvieron agrodependientes.

Su dirigencia, pese a no ser parte integrante del Reino Unido, jactábase de ser “la más brillante perla de la corona británica”. O sea que era una república pero dependía de una corona a la que compraba insumos y manufacturas ya que no estaba mayormente interesada en tener industria propia.

Había pocos científicos e investigadores y algunos de ellos debían emigrar al norte buscando condiciones más propicias para desarrollarse.

Tal vez por esa desdichada situación algunos intelectuales de ese país soñaban con Europa y, lo que es peor, sentían y pensaban como europeos… acomplejados de haber nacido bajo el Ecuador: Un sire británico, director del Banco de Inglaterra fue encargado del diseño de la carta orgánica del Banco Central de aquella Nación, clara situación de dependencia financiera.

Sus comunicaciones por ahí andaban: Una editorial inglesa construyó en el centro de la Capital Federal un edificio íntegramente destinado a la radiofonía, emulando a la BBC de Londres.

Los habitantes más pobres de aquella sureña república vivían atemorizados por las leyes que castigaron ideas y actividades políticas tipificándolas como asociaciones ilícitas y traiciones a la patria.

Por entonces, para resguardarse de sospechas de anarquismos o socialismos -ideas importadas por los inmigrantes- bastaba decir “Yo argentino”.

No sé… sospecho que también por entonces nacieron en defensa propia los enunciados “no entiendo nada de política”… o “la economía no es para mí”, ya que intelectuales de aquella época, como el Dr. Arturo Jauretche o Raúl Scalabrini Ortiz de Rozas se dedicaron a enseñar ese país –nuestro país- desde adentro y como propio.

Y cuando uno se apropia del concepto de patria ya no hay lugar para presunciones de ignorancia. Si la patria es mi casa, no la endeudo por encima de las capacidades lógicas, no concibo gastar más de lo que gano. Y en mi casa siento que la política se mete con cada miembro de mi familia, la entienda o no… También quiero que los hijos en mi casa estudien y mejoren las condiciones que nos tocaron en suerte.

El tiempo pasó por estas tierras, con sus altos y bajos. Hubo algunos –dos o tres, me parece- períodos de progreso en los que los hijos se convertían en primera generación de universitarios mejorando entonces sus posibilidades.

Algunos de ellos estudiamos con los libros de Jauretche y Scalabrini. Aprendimos que el reloj de una nación no se detiene y que pretender atrasar su historia es contra natura… Zonceras que uno especula cuando se siente reflejado en una canción, como este tango escrito en 1933 por Enrique Cadícamo y musicalizado por Guillermo Barbieri: “El que atrasó el reloj”.

Especulaciones, decía… no puedo creer que Don Enrique Cadícamo pretendiese, con ánimo aleccionador, enseñar a futuras generaciones de argentinitas y argentinitos que se cuiden mucho de ser gobernados por un vago.

Aquí está el tango: ustedes dirán…

 

¡Che, Pepino,
levantate ‘e la catrera,
que se ha roto la tijera
de cortar el bacalao.
¿Qué te has creído?
¿Qué dormís pa’ que yo cinche?                                                                        

¡Andá a buscar otro guinche
si tenés sueño pesao!
¡Guarda, que te cacha el porvenir!
¡Ojo, que hoy anda el vento a la rastra
y el que tiene guita, lastra,
y el que no, se hace faquir!

¿Querés que me deschave
y diga quién sos vos?
¡Vos sos, che, vagoneta,
el que atrasó el reloj!

¿Con qué herramienta te ganás la vida?
¿Con qué ventaja te ponés mi ropa?
¡Se me acabó el reparto e’ salvavidas!
Cachá esta onda: ¡se acabó la sopa!
¡A ver si cobrás un poco impulso,
pa’ que esta vida de ojo no se alargue!
¡Ya estoy en llanta de llevarte a pulso,
buscate un changador pa’ que te cargue!

Si hasta creo
que naciste de un carozo…
¡Sos más frío que un bufoso!
¡Ya no te puedo aguantar!
En la sangre me pusiste una bombilla,
y hoy me serruchás la silla
cuando me quiero sentar.
¡De esta ya no te salva ni el gong!
¡Guarda, que se me pianta la fiera!
Levantate ‘e la catrera,
que voy a quemar el colchón