Por Carlos Dámaso Martínez. (*)

Con la nouvelle Tercera fuente, publicada en este año, Noé Jitrik aporta un eslabón ficcional importante a la poética narrativa de una serie de libros que últimamente ha venido publicando. Como en Long beach (2006), Terminal (2016) y en otros textos, incursiona nuevamente en el formato de la novela corta, un género que fue valorado por Juan José Saer, quien ha destacado como un paradigma estético de esta modalidad a varias novelas breves de Onetti (El pozo, Los adioses, La muerte y la niña).Para el escritor santafesino estos relatos encabezaron el desmantelamiento del realismo triunfante en la ficción rioplatense de la segunda mitad del siglo XX. Lo cierto es que la nouvelle, como el cuento, es un género poco frecuentado por las grandes editoriales.

La enunciación de una voz narrativa flotante y a la vez cercana al fluir del ritmo de un habla interna, próxima a algunos personajes,organiza la mirada, el foco de la percepción de lo que se narra en la nouvelle. Esta visión no se parece a la de un drone, aunque se desplaza en algunos momentos sobre el escenario de una playa de arena, junto a un mar supuestamente caribeño y la cercanía de un hotel solitario. En ese territorio casi idílico llegan en un automóvil una parte importante de los personajes principales: Segismundo, su compañera Ofelia y una niña y un niño, los hijos pequeños de ambos. Segismundo se adelanta y arriba primero al hotel próximo a la playa donde es recibido por Greta,una mujer que lo deslumbra e inquieta con su belleza. Luego, con toda su familia, conocerá a Heinrich, ellos son una pareja de alemanes y los dueños de ese establecimiento pequeño, que lo atenderán con hospitalaria amabilidad.

Un cambio en la actitud y el comportamiento de Segismundo comienza a predominar desde que se baja del auto, y se inicia claramente una perceptible modificación que provoca una fuerte tensión narrativa.En realidad, una alteración de un modo menos visible, secreta, llega a producirse también en Ofelia. Hay en ella una inmutabilidad casi perfecta, pero las pulsiones de un malestar irán notándose en otros momentos. Segismundo se ha vuelto de pronto “lento, pesado,” como ausente y, en la mirada de su compañera, ha dejado de tener el buen humor y el entusiasmo que traían durante el viaje en el coche. Sin embargo, se comienza a narrar una historia que se percibe como si fuera simplemente un modo de transcurrir de los acontecimientos, lo que provoca un efecto de lectura inmediato del disfrute de los sucesos narrados, de la fascinación del personaje de Segismundo en cada una de sus miradas sobre la bella dueña del hotel, casi en espejo con la belleza de ese lugar solitario. Es él quien parece sentir la fascinación de estar al borde del mar y tal vez el deseo inevitable de comprender esa presencia inapresable de lo oceánico.

El narrador de Tercera fuente si bien lo hace con la distancia del uso de la tercera persona verbal, no es un narrador omnisciente. Todo lo contrario, se mueve en el espacio de las suposiciones, su acercamiento a los personajes es conjetural, no determinativo. Relata sus interpretaciones de lo que pueden pensar y les sucede a ellos, lo que acentúa la indeterminación de lo narrado. Por otra parte,la escritura de Jitrik, como en sus nouvelles anteriores (que son varias), construye un ritmo narrativo muy fluido que adquiere el tono, a veces de lo que parece un habla interna de sus personajes, especialmente de Segismundo. Además de esta impresión narrativa, el lector tiene una percepción abarcadora del espacio del relato,de los desplazamientos de los personajes, desde los pequeños acontecimientos, como compartir la cena de su primer día con los dueños del hotel, hasta las derivas asociativas de Segismundo. También escuchar las preguntas de Ofelia, las historias de Heinrich, la de cuando salva a un muchacho que intentaba suicidarse colgándose con una soga de un árbol próximo al hotel.

El protagonismo principal sin duda es el de Segismundo, su forma de ver y sus registros de casi todo lo que lo rodea de ese paisaje, hasta de los gestos más imperceptibles de los otros, de su compañera de vida y del viaje turístico, un personaje al principio casi fuera de foco y que de pronto alcanza un protagonismo importante, mientras los niños viven en su mundo intenso y feliz. Evidentemente, la atracción de la alemana Greta, fatalmente irresistible, intensifica el furor del deseo de Segismundo. Pero el escollo está presente a pocos pasos, es su marido Heinrich, un alemán, típico, estructurado, con su perfil de “un debe ser perfecto.” En un diálogo con Segismundo y Ofelia,su desubicada opinión sobre el desorden en que viven los nativos del lugar y la idea de que para solucionarlo debería haber alguien parecido al principal líder del nazismo, provoca de inmediato en ellos un malestar que se asocia con el horror del pasado alemán.  El silencio de Greta que parece no avalar los dichos de su marido y el intento de él de aclarar que no se refería al orden del terror y el genocidio del nazismo no alcanzan a aliviar el efecto perturbador producido.

No obstante, la historia sigue su curso con un manto de incomodidad  y el esfuerzo de pasar por alto la ideología subyacente en la opinión de Heinrich.  Viene después una vía de sucesivos acontecimientos, el descubrimiento de Segismundo de una gruta o cueva, la aparición de un pequeño cocodrilo extraviado al borde del mar, el perro del hotel (llamado Delfín y luego Dragón) que entabla una amistad fiel y afectiva con Segismundo y otros pequeños sucesos que van dotando al relato en su desarrollo temporal de un modo de persistencia casi indeleble. Estas apariciones de otras especies de los habitantes del mundo que lo rodean, parecieran, a su vez, invitar a los lectorxs a la reflexión sobre el posible vínculo, tal vez dialógico, de los humanos con los otros seres del mundo natural en ese escenario de sol intenso, de playa y mar.

Pero luego ese rumbo sosegado de pronto estalla y la narración avanza destellando incertidumbres y sorpresas. Surgen otros misterios o enigmas: la reacción repentina de Ofelia de dejar el hotel, de irse con sus hijos y abandonar a Segismundo y, por supuesto, la de su marido de quedarse allí, sin reaccionar, sin decir ni hacer nada ante esos hechos. Y más tarde, la de elegir la cueva de la playa para habitarla por la noche, como dejándose llevar por un destino sin resistirse, sin una mínima reacción para evitarlo, como sumido en una profunda depresión como le ha insinuado en un momento Ofelia. Todo eso contado,en un clima que transcurre de un modo asordinado, como si no pasara nada grave, simplemente un suceso tras otro.

Es posible pensar, desde una perspectiva de lector, que además puede existir otro efecto de lectura. Al menos, el que experimentó el autor de este comentario. Una experiencia sensible distinta que puede recuperarse después unos minutos de concluir la lectura de la nouvelle, la sensación de haber salido del mundo narrado con una resaca de esa historia vivida, que conlleva un aire de tristeza, como si se hubiera leído una historia de alguien que ha decido irse o dejarse ir. Sin duda, Segismundo. Una tristeza que por momentos puede volverse profundamente melancólica. La incertidumbre sobre lo que ha sucedido allí, el misterio del comportamiento no solo de Segismundo, sino también el de Ofelia. Un efecto de impotencia, porque surge la sensación de que la nouvelle ha contado esa historia sin percibírsela en un plano principal, sino como oculta en el desarrollo de su trama, como si no fuera dramática, un modo de suceder de los acontecimientos sin estridencias y situaciones apocalípticas. Tal vez una perturbación que se conecta literariamente con el contexto social y político de incertidumbre y final de la época social y política que se vive en estos días.

Obviamente, más allá de las posibles y quizá distintas interpretaciones que esta seductora nouvelle llegue a suscitar en quienes la lean, la narrativa de Noé Jitrik apuesta al sentido o los sentidos del lenguaje literario, más que al significado de las palabras. Digamos que el sentido de las palabras y sobretodo en la literatura es más amplio que su mero significado, no se ciñe particularmente a la relación con el referente, como en la narrativa realista clásica, se abre, en realidad, en significaciones más dilatadas, más abiertas, intertextuales, polisémicas y sugerentes.   

 

(*) Carlos Dámaso Martínez

Es escritor y doctor en Letras (UNC). Profesor en la Maestría de Crítica y Difusión de las Artes e investigador en el IIEAC de la UNA y codirector de un proyecto en investigación sobre la crítica de arte online. Es investigador del Instituto de Literatura Hispanoamericana (ILH) de la UBA.  Autor de varias novelas, libros de ensayos y cuentos. Sus libros más recientes: Emoción violenta (cuentos, 2015), Lecturas escritas. Ensayos de literatura latinoamericana y arte (2017) y Una biografía secreta (cuentos, 2019).