Por Rosana Herrera de Forgas (*)

 

Ya no es necesario que los fines justifiquen los medios, ahora los medios masivos de comunicación justifican los fines de un sistema de poder que impone sus valores en escala planetaria…

Eduardo Galeano

 

Cuando empecé en La Barraca, allá por 2017, me había propuesto escribir con libertad sobre esos aspectos de la cotidianeidad comarcana que me conmueven, intentando una suerte de Aguafuertes tucumanas -si Arlt me permitiera esta tan presuntuosa como osada comparación- porque, como mera observadora, construir un relato basado en la escucha de historias ajenas requiere de mucho menos compromiso que analizar un escenario que resultara por demás afín a mi formación académica y a mi experiencia laboral.

Es que resulta obvio que mi posicionamiento frente al problema me obliga a encarar los textos con una rigurosidad técnica que no es necesario asumir cuando, cómodamente, me expreso como simple relatora de la realidad Y porque con mis Crónicas tucumanas nacidas al calor del infierno neoliberal de Macri y sus secuaces- pude convertirme en una suerte de vocera de muchos invisibles, jugar con las emociones, ensayar el humor y acercar una bocanada de aire fresco en cada texto frente a esa epidemia de exterminios que vivimos hasta diciembre de 2019 -y que aún sigue siendo una amenaza.

Esta instancia que empezamos a transitar hoy desde esta nueva La Barraca, requiere de un esfuerzo diferente, ese que, en vano, me había prometido no volver a encarar nunca más pero claro, sólo fue otra de esas tantas promesas en que una grita los jamases con énfasis pero que no llega a cumplir.

Contar con una columna en un medio de comunicación tan íntimo y comprometido como el nuestro -y como tantos otros- sin dudas representa, para quienes expresamos nuestros pensamientos a los gritos, una enorme responsabilidad desde lo político, desde lo profesional y desde lo personal. Porque los respaldamos con nuestras rúbricas, con nuestras matrículas habilitantes y/o con nuestras trayectorias. Y no sucumbimos frente a la tentación del anonimato que ofrecen las redes sociales donde con un simple seudónimo podemos informar, sobreinformar o desinformar pero en todos esos casos generar desconfianza, angustia e incertidumbre.

Es claro que este terreno de la infodemia no es abonado exclusivamente por Facebook, Instragram o Twiter, pero a estas alturas ya conocemos a aquellos que muestran sus rostros, prestan sus voces o desnudan sus miserias en una nota gráfica. Porque son los mismos de siempre: los que escondieron sus vergüenzas, disimularon a diario sus intenciones y sometieron tiempo atrás sus convicciones (si alguna vez las tuvieron) a sus convenientes vínculos con el poder real.

Es entonces cuando, insertos en uno de los peores escenarios sanitarios mundiales, todos aquellos que sentimos que la palabra es una herramienta terapéutica capital para la construcción colectiva de la calidad de vida, debemos afinar la puntería y contribuir con una tarea de pesquisa, de detección y de combate de aquellas noticias que palmariamente atentan contra el estado de bienestar.

La calidad de vida admite varias definiciones, la que yo adopto -no porque sea la más conocida sino porque creo que es la más completa- es la de la OMS. La OMS la define como la percepción del individuo sobre su posición en la vida, dentro del contexto cultural y el sistema de valores en el que vive con respecto a sus metas, expectativas, normas y preocupaciones.

Y referida a la salud, es una percepción que se construye con la idea del horizonte clínico que alimente las esperanzas del final para tanto dolor y sus ilusiones por el futuro. Tengamos en cuenta que hoy la población mundial está vulnerada como nunca antes en la historia de la humanidad y debemos velar por su salud emocional para resucitar fortalecidos.

Haciendo foco en la necesidad de reafirmar la importancia de las relaciones sociales en momentos en los que sólo se puede emerger teniendo internalizado el sentido de la otredad, subrayando que la articulación intersectorial entre las distintas organizaciones sociales -y/o políticas- tiene una importancia capital para encarar acciones que logren contener a una población expectante y doliente, mientras esperamos el día después.

Más allá de lo que podríamos diagnosticar -si esta nota fuera un análisis político o sociológico- como una realidad social extremadamente convulsionada a raíz de la covid-19, como decíamos al comienzo, no podemos dejar de advertir gestos preocupantes en lo concerniente a la difusión y a la transmisión de la información por parte de los distintos actores públicos, que trascienden lo meramente referido a los desajustes emergentes de un atroz panorama epidemiológico mundial y nos obligan a focalizarnos en las estrategias comunicacionales -y/o en el déficit de ellas-. Con cada noticia, con cada número, con cada dato, se busca agrandar la división que existe entre los argentinos desde hace muchísimo tiempo y que desde luego tiene -porque así debe ser- profundas raíces ideológicas.

Los especialistas en la conducta humana -individual y colectiva- aseveran que una tragedia de estas dimensiones sólo acentúa características que nos son propias y que no genera cambios conductales ni actitudinales que sorprendan en la mayoría de los casos. Y es lo que estamos notando con los aspectos que deberían resultar indiscutidos como las muy acertadas medidas sanitarias adoptadas por el Gobierno Nacional que ahora está ejecutando el programa sanitario más importante del que se tenga memoria: la vacunación masiva, etapalizada, simultánea, gratuita y voluntaria de millones de argentinos y argentinas. Contemplando la infinidad de detalles que representa la compleja logística de insumos terapéuticos que llevan cadena de frío y garantizando equidad en la distribución en todo el país según criterios exclusivamente epidemiológicos.

Somos una sociedad fragmentada que, en el caso de las grandes masas populares que militan por la reducción de las obscenas desigualdades, está atravesada por la política. En sus antípodas se sitúa ese histórico 25-30 % de argentinos y argentinas al que las estrategias discursivas deliberadamente “despolitizadoras”, amnésicas y cuasi fundamentalistas que ofrece el neoliberalismo seducen, enajenan, e incitan, incluso, a atentar contra su propia vida. Basta simplemente con recordar la galería de patéticas y variopintas imágenes de los movimientos anticuarentenas que diariamente marcaron la agenda durante 2020.

Si bien la clase política con sus gestos -o la ausencia de ellos- es a veces responsable de su propia descalificación, la prensa hegemónica en manos del oligopolio que maneja toda la comunicación en la Argentina, constituye un grave factor de riesgo que aumenta en proporción geométrica la probabilidad de hacer casi imperceptible el horizonte.

Esta pandemia -y la posibilidad de contar con la virtualidad como cómplice- puso de manifiesto las enormes desigualdades a las que hacíamos referencia párrafos antes y parte del malestar reinante tiene que ver con esa percepción de las diferencias que estigmatizan y tornan inalcanzables para muchos lo que para unos pocos es de uso corriente. Está claro que los sentimientos encontrados que nos acosan por estos tiempos son tan universales como la pandemia misma, pero en lo que seguramente diferimos es en el modo de reaccionar frente a esos sentimientos.

Los que nos desempeñamos en organizaciones políticas, asociaciones civiles, unidades académicas, medios de comunicación, debemos ser capaces de encontrar esa vuelta de tuerca que nos permita ayudar a construir una comunidad más sana. Una comunidad que sea capaz de contener la demanda de sus integrantes y de contenerse. Una comunidad que perciba al otro como su semejante, que se empodere de su protagonismo individual pero dentro de un escenario colectivo y que asuma que el concepto de Estado benefactor no es el que le hicieron creer y repetir los personeros del poder real, sino que es el que, a través del diseño y de la ejecución de políticas públicas, garantiza derechos.

 

*Farmacéutica. Graduada en la UNT.  

Especializada en Calidad de Vida, en Comunicación en Salud y en Políticas Públicas.

Diplomada en Políticas de Uso Racional de Medicamentos y en Gestión de Políticas Sanitarias