Por Mempo Giardinelli

Ahora que el fascismo es otra vez un monstruo grande y pisa fuerte –y me refiero al propio y al de al lado– es imprescindible y urgente reflexionar acerca del voto electrónico. Que debería ser ya considerado el mayor enemigo contemporáneo de la democracia.

Desde luego, es imposible y temerario asegurar que Jair Bolsonaro ganó mediante fraude electrónico. Pero también lo es asegurar la imposibilidad de que eso haya sucedido.

No somos pocos los que sospechamos que el triunfo de Cambiemos en 2015 no fue del todo transparente. Y hoy somos muchos más los convencidos de que la única posibilidad de seguir en el poder que tienen los que gobiernan la Argentina será haciendo fraude. Y el voto electrónico es el camino perfecto para ello.

El fantasma está vivo y colea, y acabamos de verlo en Brasil. El mundo entero asistió a una nueva demostración de que el fascismo es capaz de cualquier cosa. ¿Por qué creerle entonces a miles de máquinas colocadas por el gobierno de Temer, aplaudidas por la Rede Globo y bendecidas por sectas e iglesias de fanáticos y corruptos que la van de religiosos?

El escrutinio brasileño es una muestra de lo que nos espera a los argentinos en 2019 si no reaccionamos. Y el peligro mayor –que parecen negar las dirigencias opositoras– es ese voto electrónico que astuta y silenciosamente prepara el gobierno.

Hace menos de un año Marcos Peña Braun, que es algo así como la versión inteligente del presidente, dijo que esperaba que la de 2017 fuese “la última elección sin voto electrónico”. Y para reforzar su discurso mintió que el voto en papel “ya no se usa en ninguna parte”, cuando la verdad es que los únicos países grandes (por cantidad de habitantes) que usan el voto electrónico son India, Brasil y Venezuela.

“Es una flagrante mentira”, le respondió Beatriz Busaniche, especialista de la cordobesa Fundación Vía Libre. “De los 20 países más desarrollados, sólo Estados Unidos utiliza voto electrónico, y sólo en el 35 % de su padrón”. E incluso algunos estados de ese país “ya están volviendo al voto en papel por las sospechas de manipulación tras el triunfo de Donald Trump”.

Ahora en Tucumán y otras provincias se anuncia el voto electrónico y la Legislatura de la CABA aprobó un Código Electoral para la ciudad que incluye la implementación del voto electrónico, lo que la semana pasada motivó un fuerte hackeo en demostración de vulnerabilidad, con este aviso: “Todo sistema informático es vulnerable, y será vulnerado”. Pero desoyendo las múltiples críticas de especialistas, universidades y técnicos la Legislatura porteña también aprobó que el voto electrónico sea mediante la llamada Boleta Única Electrónica (BUE), engendro ya probado en Salta, Santa Fe y otras provincias.

Lo que está claro es que cualquier tecnología electrónica que suplante al voto manual, recontable y controlable por cada partido, inexorablemente conlleva inseguridad, vulnerabilidad y la posible distorsión de la voluntad popular.

El voto electrónico siempre es cuestionable, por inseguro. Porque el control tecnológico queda en manos del poder de turno. Porque no hay manera de evitar que los sistemas sean hackeados. Porque fiscales de distrito y de mesas resultan monigotes con poder limitado y decisiones intrascendentes. Por todo eso Alemania y otros países renunciaron al voto electrónico y volvieron al clásico voto en papeleta.

Por eso, si no detiene a los que hoy gobiernan y sus mentimedios, la dirigencia política argentina estará practicando un suicidio anunciado. Como muy probablemente sucedió ayer en Brasil. @