El triunfo no está en vencer siempre, sino en no desanimarse nunca

Napoleón Bonaparte

por Rosana Herrera 

Hubo un momento en que parecía que no podía hacer otra cosa con mi vida que sumergirme en dos de los pasatiempos que más amo, leer y ver buenas películas de abogados y policías, (onda La Ley y el Orden). Porque el otro, garabatear algo con la palabra escrita, se vio amenazado por un accidente doméstico en mi brazo derecho.

Me voy del tema unos instantes para chismearles que (como muchxs de ustedes) nosotrxs también tenemos una parienta muy elegante y muy fina que “agarra la cuchara y no la suelta”, que chorrea apellidos rimbombantes (y ajenos) en cuanta reunión familiar coincidamos y que hace las “delicias” de su entorno comentando (en demasía) su paquetísima (y turístiquísima) vida social

Es así como estábamos una noche, en casa de una prima, celebrando la visita de la querida tía Su cuando alguien me pregunta dónde y cómo me caí. Y cuando yo me dispongo a relatar con detalles mi problemita, ella me interrumpe (como siempre) para contar que bajando las escaleras del palacio de Topkapi o como se diga, pisó mal con su piececillo derecho y se desplomó escaleras abajo, lamentando porque ese día no pudo visitar la Mezquita Azul o Santa Sofía o… algo por el estilo (su estilo)

El caso es que la vaguita muy sonriente nos transportaba con sus gestos y referencias exagerados (como ella) a algún paisaje de ensueño donde se había fracturado ese maldito codo que debió ser inmediatamente enferulado (¿se dirá así en turco?) en el mejor centro médico de Estambul. Cosa muuuuy distinta a mi vulgar cuento de jardín de mi casa, de domingo de ballotage, de chancletas, y cargada de la ropa que sacaba de la soga porque se venía la tormenta. Y peor! porque en mi historia, (por cierto muchísimo menos glamorosa que la de la prima po-lí-ti-ca, ¿eh? así que si hay división de bienes, se la lleva el Caballo) también iba cargada del desconcierto por el resultado electoral.

Esos nefastos guarismos que me hicieran llevar por delante el canasto de los juguetes de mis nietos que estaba en el mismo lugar de siempre, (en la galería frente a la hamaca paraguaya), donde minutos antes había estado disfrutando de un domingo de familia, de sol y de expectativas, hasta que todo empezara a oscurecer apenitas  se anunciara la boca de urna.

Vuelvo a la autopista y prometo no bajarme más a la colectora (y menos para tomar la ruta del parentesco aristocrático) y vuelvo para seguir contándoles que fue en esos días de reposo cuando yo pensaba que no podría estar casi tres meses “en silencio” y cuando decidí armarme de paciencia para aprender a usar la mano izquierda. Cosa que en el excesivo tiempo libre que tendría (por el odioso yeso) pudiera conectarme con los afectos de este lado de los sueños, para vivir el duelo colectivo.

Y fue cuando descubrí las bondades de dos universos hasta entonces poco transitados por mí, como eran el facebook y  el whatssap (o tucumanizados, el fei y el guasá) y por donde percibía que podía canalizar esa angustia creciente que empezaba a dominarnos a muchxs paisanxs (sobre todo a lxs más viejxs y memoriosxs).

Porque por esos días ya sabíamos lo que se vendría en la Argentina con la derecha nuevamente en el poder, con el agravante de que sabíamos además que con esta gente estaba en juego el futuro de varias generaciones y eso es lo que nos generaba (y nos genera) un desconsuelo enorme que era necesario compartir.

Y fue cuando empezamos a armar los miles de miles de grupos de guasá y  de feis, y a empezar a pensar en el éxodo de todos aquellos adonde nos nos sentíamos contenidxs (en mi caso huí tiempo después de un grupo de viejas relaciones femeninas, para no leyendo su odio, poder preservar los recuerdos de los momentos compartidos en la adolescencia cuando no eran señoras apolíticas que hacen beneficencia con “los humildes” sino jóvenes comprometidas y solidarias con lxs necesidades de lxs trabajadorxs). Lo cierto en que en estos nuevos espacios virtuales nos habituamos (sin resignarnos jamás) a vivir la resistencia como una suerte de militancia cuasi clandestina porque por aquel entonces, y hasta diciembre del 2017, ser opositor era una suerte de pecado mortal.

A pesar de los cómputos definitivos, la ficha tardó un tiempo en caernos pero la realidad marcaba las urgencias y la necesidad de analizar y de discutir (y de llorar) el motivo por el que había ganado nuevamente el modelo de país de los 90, era ya una obsesión (o algo parecido). Los medios hegemónicos mostraban a la familia presidencial en todo su esplendor en todas las páginas de todos los diarios, en todos los programas de todos los canales para llenar de regocijo a lxs amantes del cambio. Pero para informarnos de la realidad debíamos recurrir compulsivamente a las redes sociales porque sobre todo en ellas encontrábamos la guarida que nos amontonaba a lxs que sentíamos el mismo estupor. Redes que aún hoy siguen siendo los refugios perfectos para nuestra ya pública “clandestinidad”

La tecnología permite que en un semáforo, en un consultorio, en un colectivo, en la reposera, nos enteremos al instante de cada tropelía que desde que asumió, viene cometiendo este mejor equipo de los últimos cincuenta años contra los laburantes. Equipo integrado por lxs mismos personajes que nos gobernaban hace más de veinte años y que por las mismas políticas de ajuste y de entrega nos costara a nuestra tropilla, un corazón, una depresión y tres propiedades. Porque la quiebra de la empresa familiar, que como el poder adquisitivo de la clase media cayera “rendida a los pies” de los importados de Brasil, de la hiperinflación, del tarifazo y tantos etcéteras, dejó sin trabajo a más de setenta familias (incluida la mía). Y debimos reinventamos y empezar de nuevo.

Perdón, volví a desviarme pero sólo para recordar que cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia.

Así que tal vez desde la autorreferencia se explica el por qué esa tardecita del 22 de noviembre de 2015, el dolor, la impotencia y el miedo acumulados en mi memoria, impactaron tanto en el piso de la galería que logrando no sólo la fractura de mi codo derecho sino que se renovaran mis ganas de luchar.

Y  fue entonces cuando empezaron a aparecer ellxs, lxs amigxs del fei y del guasá. Presentes en cada palabra que se lanzaba frenéticamente desde muchas voces y rostros que incluso aún hoy no conozco pero que se estremecen como yo con los Facundos y con los Ismael. Que lloran por lxs compañerxs despedidxs, por lxs discapacitadxs sin oportunidades, por lxs portadores de VIH sin medicamentos, por lxs maestrxs y alumnxs sin clases, por lxs jubiladxs saquedxs, por el desfinanciamiento de la salud pública, por la pérdida del estado de derecho… en definitiva, por la insensibilidad de un modelo político que está destruyendo la Patria, desguazando la democracia y dando por terminado el contrato social.

Y a estas alturas me doy la cana preguntándome… ¿habría resultado posible transcurrir estos infinitos días sin contar con estos refugios, sin sentirse acompañada por tantxs compañerxs tan maravillosxs como desconocidxs diseminadxs por toda la geografía nacional con quienes compartir tanta angustia?

Seguramente yo no habría podido sin ellxs y les estaré por siempre inmensamente agradecida de que sean ya parte de mi vida.