Indio (José Pedroni)
Quien ordenó la carga del arado
ordenaba tu muerte el mismo día.
Ella tuvo lugar junto al Salado
con paloma y calandria, a mano fría.

No te valió tu entrega de venado
frente al duro invasor que te temía.
No te valió tu miel de despojado.
Sólo la dulce espiga te quería.

Descendiente de gringo y su pecado,
por cementerio de tu alfarería,
a lo largo del río voy callado.

La culpa de tu muerte es culpa mía.
Indio, dime que soy tu perdonado
por el trigo inocente que nacía.

 

por Carlos Resio

El triunfo de Jair Mesías Bolsonaro en Brasil parece ser el tiro de gracia a las comunidades originarias que luchan por mantener sus territorios lejos de las garras de los personeros del extractivismo maderero, minero y ganadero del Brasil. Durante los conflictos suscitados durante los gobiernos de Lula primero y luego de Dilma existían, al menos, contrapartidas institucionales que mediaban para encontrar soluciones tendientes a evitar la depredación y la violencia aunque no siempre lo lograran. En este nuevo contexto, con la virtual desaparición de la contención de estas estructuras, las comunidades amazónicas y de las áreas en disputa en todo Brasil quedan a merced de violentos e inescrupulosos empresarios que ya cuentan con el apoyo gubernamental y con, por ejemplo, la flexibilización del uso de armas y las declaraciones del presidente alentándolos a avanzar sobre territorio protegido. El vídeo con el desesperado pedido de ayuda de la militante indígena de la comunidad Tucano en la Amazonia desnuda la ferocidad de exterminio con que los intereses económicos se han lanzado sobre los recursos existentes allí donde hoy habitan los pueblos originarios.

Esta realidad, para nada nueva y aunque especialmente dramática en Brasil por el cambio de condiciones, no es exclusiva de ese país. Situaciones similares, igualmente graves, se están produciendo en casi toda Latinoamérica. Basta ver la represión sufrida por las comunidades mapuches en el sur de Chile y nuestra Patagonia, el despojo y matanzas de los pueblos Aché en Paraguay y la condena a una vida de miseria de los Wichi, Qom y Mbyá Guaraní, entre otros, en la zona litoral norte desde Salta a Misiones. Es fácil ver que, en todos los casos, detrás de la violencia y el abandono hay intereses extractivistas impulsados por el poder económico transnacional y actores locales inescrupulosos y violentos que no trepidan en saquear bienes naturales sin importar el daño que produzcan.

Las sociedades urbanas se mantienen ajenas a estos hechos, incluso aquellas de ciudades en cuya periferia hay asentamientos de comunidades aborígenes que llegan en busca de trabajo. Es como un eco que no se quiere escuchar, como una presencia incómoda que se tolera hasta que la integración las asimile hasta desdibujarlas. El “problema” de los pueblos originarios, es en nuestro país que se mira blanco, europeo, el problema de otros a pesar de que los últimos estudios arrojan que el 54% de la población posee ascendencia originaria. La complejidad de la temática aborigen implica difíciles discusiones entre académicos y no mucha atención por parte de la política. Mientras tanto cada región del país, en cuyo territorio habitan las distintas etnias originarias, tiene sus particularidades pero en todos los casos la injusticia y la desigualdad que empuja a las familias a la miseria es la regla. Los paliativos asistencialistas se mezclan con el desprecio de la sociedad, el ninguneo oficial y la mirada paternalista y conmiserativa que no incorpora a sus culturas propias. Los medios de supervivencia de los que se resisten a la integración son la actividad agropecuaria de subsistencia y las artesanías cuando no la mendicidad con lo que apenas cubren sus necesidades calóricas básicas. Esta actitud es la que recibe tanta violencia como respuesta.

La multiculturalidad y la plurinacionalidad que hoy se hacen visibles a fuerza de militancia y algunas experiencias virtuosas debería desafiarnos a levantar la mirada y ver a “nuestros hermanos, los indios” a la cara y reconocernos en ellos para sumarnos en la construcción de una nueva América, nuestra, de ellos, para que nuestros descendientes ya no miren modelos de ilusión y el ominoso pasado de exterminio ya no pese sino que orgullosos de una cultura e identidad propias miren al futuro con nueva ilusión. Es un compromiso ineludible, huir de él debería llenarnos de vergüenza.