por Sergio Corinaldesi

“La pertenencia de un intérprete a su texto es como la del ojo a la perspectiva de un cuadro. […] …el que comprende no elige arbitrariamente su punto de mira, su lugar le está dado con anterioridad” escribió Hans-Georg Gadamer (Verdad y método). Nadie dibuja como escribe. Todos escribimos como dibujamos. La escritura nace de, y consuma, la marca de un estilo. No importa que alguna vez hayamos plasmado realmente, o no, nuestros dibujos. De algún modo imaginamos su realización, concretemos ésta o no.

La escritura responde y responderá siempre, en cierta forma, a un disegno interno  (segno di Dio in noi, tradujo Federico Zuccari y transcribió Erwin Panofsky). Dibujamos imitando (en sentido más plotiniano que platónico) dicho “diseño interno”.  El “heme aquí” (hineni) de la propia escritura expone –como “decir” (E. Levinas)–  su íntima sujeción al resultado de semejante mímesis. La “perspectiva” de este resultado anticipa la posición de quien lleva o llevará adelante la lectura.

Cuando la referida mímesis constituye una prefiguración imaginal que cuida de un Otro que ‒en su absolutamente libre estar ahí, frente a nosotros‒ hace nacer nuestro lenguaje (nuestra expresiva comparecencia ante él) como condición inescindible de nuestro ser (E. Levinas, J.-P. Sartre), operamos contra el sádico propósito del “Diseñador de la Colonia Penitenciaria” (F. Kafka).

El Diseñador de la Colonia Penitenciaria es un dispositivo electromecánico programable que ‒como una “mente artificial”‒ gobierna otro dispositivo electromecánico ‒llamado Rastra‒ que tatúa, con ciega crueldad, sobre la piel y hasta la carne de un condenado por quebrantar cierta ley, una inscripción de la misma hasta matarlo.

En un ejemplar ejercicio de cibernética kafkiana, el Diseñador gobierna la escritura de la Rastra obedeciendo a un dibujo-programa que virtualmente imita el “diseño interno” generado, suponemos,  en el microcerebro de un programador mediocre (humano apéndice de aquella “mente artificial”). Degradado a mero índice de pura intrusión dominadora (“signo de un Dios Dominador en nosotros”), el “diseño interno”que imita el programa justifica, desde su maquinal génesis, una captura aprehensiva apropiadora del Otro que se desentiende totalmente de su cuidado, del cuidado de su libertad absoluta. (A los inquisidores vicarios de Dios en este aciago mundo les agrada esta malversación teológica tanto como a los agnósticos ideólogos que rinden fanático culto a la Razón instrumental.)

Si se presentara el caso, la Rastra podría llegar a tatuar, en la piel y hasta la carne de una persona condenada, esto: “permanece inmóvil” o “no te levantes”. Nosotros escribimos como dibujamos en contra del Diseñador de la Colonia Penitenciaria, escribimos como dibujamos en contra del  Zeichner des liegenden Weibes, en contra del diseñador (dibujante) de la mujer acostada.

 

Post-scriptum

Cuando los guardianes pro-Vida dirigen la Colonia Penitenciaria, el Diseñador ordena escribir a la Rastra “Da a luz” o “No abortes” en la carne de las mujeres gestantes condenadas por haber pensado desembarazarse, abortar.  A través de este tatuaje, los guardianes pro-Vida buscan hacerlas “nacer a la muerte”como esclavas de dicha Colonia (Margaret Atwoo describió hiperlúcidamente, mejor y antes que nosotros, acerca de lo mismo). Este descenso, esta caída de las mujeres hacia su concentracionario mundo es lo que buscan los guardianes pro-Vida porque –oportunamente lo apuntamos– ellos no son otra cosa que zombis que responden como autómatas a la ordinaria ley que otros caníbales (iguales a ellos) decidieron grabar en sus cuerpos para que dirijan el “campo”:  “Acepta naturalmente tu propia servidumbre y la servidumbre de los otros”.

Contra aquello que persiguen los guardianes pro-Vida y todos los demás guardianes (de la Ley, de la Fe, de la Moral, de la Cultura, etc.), nosotros declaramos firmemente que los registros de las marcas “diseñadas” por ellos para grabar (cortando, lacerando, escribiendo letras o números) sobre la piel y hasta la carne de sus víctimas (de cualquiera de los cuatro reinos)  no  permanecerán como “signos de sometimiento” vigentes por siempre.  Basta, para nosotros, que una Mirada inasible, liberadora, se abra paso a través de ellos, a través de sus cuerpos receptores (animales, vegetales, minerales, espirituales) para deshacer, para anonadar dicha permanencia.  Nosotros escribimos como dibujamos inspirados por quienes fueron capaces de revestir sus ojos de carne con esa Mirada de ojos de fuego.

 

N.B.: La serie vertical descendente de la gráfica periodística moderna ‒título, foto, artículo, comentario‒ reproduce y precipita la disposición inaugurada por la Emblemática manierista y barroca ‒lema o inscriptio,pictura, subscriptio, comentario.  No defendemos, para nada, una restauración antimoderna de la Emblemática para sustraerla de dicha caída –caída cuyo resultado, simbólicamente transfigurado, podría, quizás, cumplir un papel redentor. La Emblemática precipitó su propia degradación cuando se convirtió en puro alegorismo pedagógico propagandístico (infrajesuítico evangelizador o infraenciclopédico burgués ilustrados) cuando se alejó, por ejemplo, de la imagogramática, anfibológica, contradictoria, diabólico-simbólica (satánico-crística) transmisión poética del Arte de la Alquimia o de la Cábala Hermética. Por esta precoz caída, la “razón” (en el matemático sentido del término) de su disposición serial pudo ser fácilmente sustituída por la “razón” de la gráfica periodística.

Nos propusimos con éste, nuestro ensayo de Emblemática, rendir un homenaje a los que consideramos sus mejores ejemplos en el elemento mismo de un medio periodístico digital (nuestra querida revista La/Barraca) y, al mismo tiempo, dar testimonio al lector acerca de nuestra perspectiva.