Por Facundo Giuliano

Ahora que Mark Zuckerberg logró que las historias sean de un día, en las que principalmente se impulsa a la gente a reaccionar vía botones pre-codificados que simbolizarían emociones mediante números o gestualidades en su vertiente afirmativa o negativa según el emoji de turno, no sabemos hasta qué punto puede sorprender que un rebaño políticamente correcto de bienpensantes reaccione vorazmente frente al compañero que pide una re-versión de la guerrilla desenganchada de la academia consensual gringa, frente al exiliado que ironiza con la fisonomía del votante neoliberal o frente a la intelectual que osa opinar sobre un golpe y sus efectos de gravedad…

Particularmente no vivimos en un tiempo newtoniano donde las palabras y las cosas (y los gobiernos populares) caigan por su propio peso. La historia ha engordado demasiado en los últimos años (y las últimas décadas) como para que pueda obviarse simplemente su peso, tan difícil de mover y hacer caer sin ayuda extra de colaboradores. No son novedad los grandes poderes que están tras los golpes, aspirantes a knockout, a los gobiernos que cantan las 40 de mano “in your face” a esas potencias regidas por cabezas con quinchos de paja capitalista. El indio que se rebela y se revela resulta estar siendo la verdad que, reprimida como fue, retorna en las hondas transformaciones del imperio blanco-heterosexual-cis-patriarcal-colonial-etc. que sigue sin dar el brazo a torcer… El indio ahora está entre nosotros, aunque quizá nunca se fue.

Ahora que salió el sol nuevamente, que puede verse la Plaza de Mayo colmada de emociones, cantos a la libertad y la esperanza, podemos dejar la nostalgia y la melancolía del lado que se afana con el partido que fue, la escuela que fue, el orden que no fue. Algo nos dice que el tiempo inaugurado, en el que hasta los actos fallidos enseñan consignas liberadoras, convida los trazos necesarios para cambiar las coordenadas nefastas de lo que se instaló como “posible” en un marco cuya filosofía, como bien dijo un amigo, procuró mediáticamente hacer del pueblo basura. Por eso probablemente, cuando se dieron cuenta que no pudieron, que ni las empresas de trolls ni las corporaciones mediáticas y tecnológicas alcanzaron, propusieron importarla.

Ahora se permite el silencio del pensamiento en un ministro de economía cuya voz suena sonriente y seria para hablar de políticas (y estrategias integrales) de cuidado en lugar de enfriamientos que tanto se parecen a la llegada inminente de la muerte al cuerpo social. Alguien estornuda en la calle y se escucha a otro decir “Ginés” en lugar de salud, inscribiéndose en su misma cadena significante: la que ya se puso en marcha junto a compañeras alrededor del fuego vital de un protocolo impostergable. Educación, que no puede pensarse sin historia latinoamericana acompañando, hace volver incluso a exiliados que tanto hicieron por las pedagogías de la igualdad (no sin diferencia, claro está).

Una querida amiga conocedora de Freud da el visto bueno para usar la expresión deportiva inglesa “dream team”, y es que algo del sueño se juega en este equipo que tiene por protagonista la unidad básica del pueblo: unidad frente a cualquier tipo de opresión, unidad frente al empobrecimiento generalizado, unidad frente a los planes deliberados de las manos pretendidamente “invisibles” del mercado y que siempre llenan los bolsillos de unos pocos. Desde hace meses vengo pensando cómo será contarles a las nuevas generaciones que este presente político está signado por un gesto de donación, de dar lugar y, más aún, de dar lo que una coyuntura puede hacer pensar que es el “propio” lugar. Tal vez lo más hermoso de ese gesto, no es solo su enseñanza histórica de ceder lo que podría ser ‘lo individual’ por un proyecto colectivo, sino el fracaso de la tiránica lógica de la audiencia que suele legitimar a alguien (siempre individual) por el mayor número de seguidores o interacciones virtuales.

Así, entonces, podemos comenzar a aprender que los lugares y los nombres tienen relaciones especiales, que quien tenga la mayor cantidad de votos, o la mayor legitimidad político-social (o la que fuere), siempre está a tiempo de realizar un gesto que se resume en ese llamado a la conversación donde una apuesta por la construcción colectiva prima frente a la comodidad personal a la que la pulcritud del yo fácil se acostumbra. Quizá por ello,el “piel a piel” con el pueblo en la calurosa Plaza de Mayo del diez de diciembre de este duro 2019, será recordado, entre tantas otras percepciones, como la inauguración de un tiempo político que se inscribe bajo el significante de la solidaridad y de la inspiración que supone la música, es decir, la musa, que acompañará el complejo desafío que tenemos en este intenso ahora.

(Ahora que ni el profesor que es elegido presidente de la nación abandona a sus estudiantes ni a la educación pública, otra cultura política se pone en juego, en aire, en sueño).