Por Carlos Resio

“Esta es mi mano. Puedo moverla. Mi sangre corre por mis venas. El sol está aún alto. Y yo, Antonius Block, juego al ajedrez con la Muerte.”
El séptimo sello – Igmar Bergman (1957)

En una nota publicada en Página12 el 1 de abril último, referida a la situación del Covid-19 en la provincia de Misiones, el gobernador Oscar Herrera Ahuad sobreactúa sus reclamos sin dar más datos que algunas imprecisiones y afirmaciones conjeturales con una pose de preocupación. Protesta por el incumplimiento del cierre de fronteras por parte de los agentes nacionales “que no obedecen”, dice el gobernador, al gobierno nacional. No puede precisar quienes incumplen y vaticina que los cruces de frontera inoportunos pueden “contagiar a todo el mundo”. ¿Abre el paraguas el gobernador? ¿O mostrándose enérgico en cámara disimula un acelerado crecimiento de infectados por dengue en la provincia? El ministro de salud misionero declara en una nota de Clarín, también del 1 de abril, que los afectados en la provincia son 50.000.

Después de la reaparición de mosquito Aedes Aegypti en 1986, había sido erradicado en 1965, la diseminación del dengue, cuyo vector es este insecto, no ha dejado de crecer produciendo brotes epidémicos como el de 2009. El dengue, enfermedad producida por un virus cuyas distintas variedades o cepas presenta cuadros de mayor o menor gravedad dependiendo del estado general del enfermo, si ya había tenido contagios anteriores o sus reales posibilidades de asistencia en un centro de salud. Produce algunos casos de extrema gravedad y hasta mortales en su versión hemorrágica. No existen vacunas ni drogas efectivas para evitar el contagio, solamente tratamientos paliativos que hacen tolerables sus fuertes síntomas. El combate se centra en el control del mosquito eliminando sus criaderos consistentes en reservorios de agua limpia estancada generalmente en el perímetro de los domicilios urbanos que es donde se concentran la mayor cantidad de infectados. Las medidas mas efectivas para su combate son no exponerse a las picaduras del mosquito y eliminar los reservorios de agua donde están sus criaderos. Esta segunda medida, de muy difícil control debido a la infinidad de lugares donde se almacena agua, por ejemplo después de una lluvia, necesita de una enérgica acción de los organismos gubernamentales y la activa colaboración de una población informada y consciente del grave problema al que se enfrenta.

A partir de los brotes registrados en la primera década de este siglo, el gobierno nacional lanzó un plan nacional de lucha contra el dengue y la fiebre amarilla destinando recursos y personal además de establecer acuerdos con provincias y municipios para su ejecución. Equipos de agentes de salud, campañas de información y concientización además de fuerte presencia de agentes estatales que visitaban casa por casa para la constatación de presencia de reservorios y criaderos lograron disminuir fuertemente la incidencia de la enfermedad.

La llegada del gobierno PRO/Radical con su vocación de recortar presupuestos, no tuvo reparos en la eliminación de programas de salud de todo tipo, sobre todo los que beneficiaran a los sectores populares, entre ellos el programa de lucha contra el dengue. La fuerza política del actual gobernador, poco protestó en contra de estos recortes, eran tiempo de nuevos alineamientos presagiando un reinado neoliberal de muchos años y en el cual, pareció, se veían participando. La enfermedad volvió con el mosquito y extendió sus reales a provincias que parecían estar a salvo. El dengue se instaló en los conurbanos de Córdoba, Rosario, Santa Fé y Buenos Aires donde hasta entonces solo se veían casos importados. En 2016 se produjo la epidemia más grande hasta entonces llegando a superar los 70.000 casos oficialmente declarados y confirmados con 11 muertes en directa relación con el desmantelamiento, por parte del gobierno macrista, de los programas de lucha contra el dengue, el despido de cientos de médicos comunitarios y el corte de la asistencia a las provincias para el envío de insumos, medicamentos y productos de fumigación.

Hoy, la pandemia del Covid-19 acapara la preocupación de la población y la impostura del gobernador de Misiones pero detrás de este problema, que probablemente desaparezca antes de terminar el año, se esconde una amenaza que vino para quedarse si es que no nos ocupamos de ella. Quizá no tenga el impacto del virus estrella, tal vez porque los sectores geográficos donde golpea no estén en el campo visual del “país central”, pero si no se vuelven a activar las acciones del período anterior al desastre cambiemita la enfermedad volverá a establecer sus reales y los espejos que nos muestran Paraguay, Bolivia y Brasil con más de 2 millones de infectados en este último país, pueden convertirse en propia realidad si no se actúa rápida y contundentemente, sin sobreactuaciones ni gestos de enojo y sin esperar a que su majestad Coronavirus nos dé un respiro.