por Graciela Falbo

En su  libro “Mi sangre Yagán”, editado en 2017 Víctor Vargas Filguiera, cuenta la historia de Asenewensis, su bisabuelo, el último de los yaganes que alcanzó a vivir la mitad de su vida al amparo de su tradición. Yagán o Yamana es la forma de nombrar al pueblo que habita el archipiélago de islas del sur de Tierra del Fuego un territorio que  llega hasta el Cabo de Hornos, allí donde la tierra se acaba. Sobre el pueblo Yagán se tejieron diversas leyendas, pero la mayor parte de su cultura quedó envuelta en el silencio. El libro de Víctor Vargas recupera un relato que tiene  la eficacia de lo escuchado y vivido desde la infancia y por eso rescata los diversos matices y tonalidades de su grupo.

La edición no fue tarea sencilla tuvo que sortear algunas resistencias.       – No apuré nada. Sabía  que en algún momento se iba a editar – dice el autor y agrega-  cuando debo tomar una decisión importante lo consulto con mi abuelo, nuestros ancestros nos guían. Al nombrar a su abuelo su mirada tiene un gesto de reverencia, es también una visión del mundo. Sobre la mesa hay una canoa pequeña, réplica de las antiguas, que él mismo ha trabajado con cortezas. Las vende como artesanías a los turistas, completa con esto su tarea de divulgación como guía del Museo del Fin del Mundo, escritor y narrador.

En el área dedicada a la investigación, el Museo alberga cerca de doscientos documentos fotográficos de las antiguas comunidades fueguinas. Los cuerpos hablan. En la mirada grave de los niños pequeños se ve el peso de algo que no  comprenden. En algunas fotos todavía llevan sus atuendos, todavía son parte del ambiente que habitan.

Los turistas argentinos sabemos vagamente que antes de la conquista, nuestro territorio fue habitado por distintos pueblos ancestrales, la mayoría desconocemos que durante nueve mil años estos pueblos vivieron en paz. Componían una población de unas veinte mil personas.

Víctor Vargas cuenta que hay una profecía originada en los pueblos a lo largo del corredor andino, dice que cuando vuelen juntos el águila del norte con el cóndor del sur los pueblos ancestrales de toda América volverán a ser reconocidos. Una profecía, es un relato que  desafía nuestra percepción moderna del tiempo, de algún modo avisa que  lo sucedido a veces se repliega, otras se despliega,  nunca desaparece. La memoria es resistente, devuelve lo que no ha sido saldado.

Por la década de 1880 el poder político nos dice a los argentinos que habremos de elegir entre su  proyecto civilizador o la barbarie. El historiador español José Luis Alonso Marchante, señala que a partir de ahí y a pesar de su heterogeneidad “las poblaciones indígenas del vasto continente pasaron a convertirse simplemente en indios” Para este autor  sólo  se trató de “una perversa estrategia de simplificación que convertía al habitante ancestral en un ser inferior  necesitado de la tutela y la supervisión del colonizador”. La investigación de  Marchante en su libro Menendez, rey de la Patagonia, muestra como el territorio del sur del país fue  pasto de la codicia de mercaderes extranjeros y de mercenarios argentinos quienes llevaron adelante procedimientos de exterminio, es decir que usando formas atroces de violencia más que de tutelaje, se apropiaron del territorio.

——————————————————————————————————————————————————————————————-

En 1889 once fueguinos fueron  capturados y almacenados como mercancías en las bodegas de un buque que los  llevó a Europa para exhibirlos ante un auditorio interesado en conocer lo exótico del mundo. Era el mismo público que asistía asombrado a la magnificencia metálica de la torre Eiffel en un país que  se aprestaba a celebrar el  primer centenario de la carta de los derechos del hombre.
--------------------------------------------------------------------------------------------------------

 

Puerto Williams, Chile 2018

En un mostrador del hospital comunitario Cristina Calderón de Isla Navarino, hay un despliegue de fotos del Papa Francisco, en pocos días llegará a Chile, en pocos días Francisco mencionará en sus discursos al mundo indígena, su presencia actual en Sur América.  ¿Por qué ahora? Para el argentino medio ese grupo humano está  más cerca de lo  mítico que de lo real.  Algunos incluso lo piensan como una parte residual de población que perdura dispersa en algunas (pocas) regiones del país, un resto incómodo.

Llegue al hospital buscando una farmacia. Las vueltas del camino al centro de Puerto Williams impactaron en mi estómago, la van que nos llevaba se detuvo para que pudiera restablecerme. La parada fue por casualidad a orillas de un  cementerio indígena. Un terreno pequeño, rodeado por una cerca de maderas blancas que abrazaba a  unas treinta cruces. Treinta cuerpos.

¿Era ese uno de otros cementerios pobres desperdigados entre los bosques de lengas? ¿Dónde estaban enterrados los cuerpos de una población completa de hombres, mujeres, niños, jóvenes, viejos, que habitaron el sur hasta los primeros años del siglo pasado?  O ¿Cómo fue que la mayoría murieron sin dejar sus cuerpos ni sus nombres, como si nunca hubieran existido?.

——————————————————————————————————————————————————————————————-

En 1885 y 1886 el entonces director del Museo de Ciencias Naturales de La Plata, Francisco P. Moreno, consiguió que el gobierno argentino le entregara personas tomadas prisioneras en la Conquista del Desierto para su estudio. El grupo que integraban el lonco tehuelche Modesto Inakayal, su familia y varios acompañantes fue mantenido prisionero en el edificio de la institución en condiciones inhumanas, fue esclavizado y expuesto como pieza de estudio bajo el rótulo "Razas salvajes que se extinguen” Recién en 1994 la comunidad Mapuche-Tehuelche Pu Fotum Mapu logró que el Museo les restituyera los restos del Longko Inakayal. Veinte años después, en 2014, la comunidad lograría que el Museo restituyera todos los restos que aún conservaba en su poder.
--------------------------------------------------------------------------------------------------------

Algunos argentinos hoy siguen manteniendo que nuestra ascendencia es mayoritariamente europea. Sin embargo Daniel Corach, director del Servicio Huellas Digitales Genéticas de la UBA,  confirma lo que los estudios genéticos de la población determinaron: el 56% de los argentinos tiene antepasados indígenas.

La historia oficial sostiene que antes de la inmigración europea, la Argentina estaba poco poblada. La memoria, que nunca termina de callarse, nos pregunta por qué, si había necesidad de poblar el país, una parte importante de nuestra  población era exterminada por  los mismos años en que  otra llegaba.

 

El pasado sigue vivo y es presente

Los argentinos sabemos que ningún daño, solo por ser negado, se esfuma. El  pasado abolido se transforma en  rémoras en una zona de profunda del cuerpo social. Queda en una parte del  inconsciente colectivo y esos bordes, cuando asoman, muestran los dos caminos que alimentan: autoritarismo y  miedo

Algo de eso vimos hace pocos meses cuando el mundo tehuelche mapuche irrumpió en el noticioso señalado como enemigo interno. Más de cien años han pasado y otra vez el territorio nacional quiere ser narrado como campo de disputa por parte de supuestas fuerzas antagónicas. La historia cuando es ignorada  se vuelve a repetir, ahora alcanza un guión torpe para sostenerla en los medios masivos de comunicación. Si no fuera porque hay muertes podría parecer una caricatura.

La muerte de dos jóvenes en el marco de la represión de la Gendarmería Nacional a la comunidad mapuche de la Pu Lof en Resistencia de Cushamen exhibe sin pudor la absurda disparidad entre las supuestas fuerzas en conflicto y  muestra además la trama de problemas nunca resueltos por detrás de los discursos públicos de reconocimientos de los derechos a las comunidades indígenas. El cuerpo de Santiago Maldonado, un joven mochilero, aparece hundido en el río Chubut. Su muerte todavía pide esclarecerse cuando ya es anunciada la otra, la del joven mapuche, Rafael Nahuel, asesinado por la espalda cuando una tropa  de Prefectura disparara a varios metros de distancia a un  grupo que bajaba de una montaña de regreso a su comunidad Lof Lafken Winkul Mapu, en Villa Mascardi, Bariloche. Esto  no detiene la represión. Esto está sucediendo ahora, no está oculto, lo vemos mientras sucede. Una parte de la ciudadanía lo acepta. Eso facilita la tarea represora. Incluso se refuerza con otros actos de represión que pretenden naturalizarse, alguien tira la idea de pena de muerte. El gobierno se habilita a solicitar ayuda a fuerzas militares exteriores en otras zonas del país. La represión como excusa de defensa de la soberanía del territorio por parte de fuerzas extranjeras sigue la misma huella colonizadora de comienzos  de siglo XX, ahora viene envuelta en otras  formas discursivas.

¿De quién debe defenderse el territorio? ¿Quiénes son nuestros enemigos?

 

Villa Ukika

A dos kilómetros del centro de Puerto Williams, Chile, está Villa Ukika un caserio de pequeñas cabañas donde vive Cristina Calderón, la última hablante del idioma Yámana, la última capaz de hablar fluidamente en su lengua perdida.  La lengua se pierde con ella porque no tiene con quien hablarla. A punto de llegar a los noventa años, ella es también la última que alcanzó a vivir vivió una parte de su vida en las tradiciones ancestrales.

Antes de nuestra llegada a la casa, un grupo de cineastas chinos la estuvieron  entrevistando. Ella recibe a todos sin ninguna inquietud personal, en su casa modesta sigue trabajando sus artesanías canastos de juncos y tejidos de lana. Su nieta Cristina Zarraga Riquelme, recién conoció su abuela cuando ya era una joven mujer, sostuvieron largas charlas que duraron alrededor de un año. De esos relatos surgió el libro “Memorias de mi abuela Yagán”.  El trabajo en la biografía  le llevó a Zárraga diez años entre las primeras grabaciones y la escritura del libro que terminó en Alemania donde actualmente reside. Cristina también escribió un diccionario Yámana y un  libro de relatos míticos que le contó su abuela.

Igual que en el libro de Víctor Vargas quien escribe no sólo decide contar la historia de su pueblo, ambos autores no escriben como historiadores ni como antropólogos, escriben como sujetos en contacto sensible con la experiencia, su narración tiene otra raíz, proviene de la respiración de su  comunidad, nos  dice a los lectores que esa respiración no pudo ser extinguida.

Víctor Vargas cuenta como su libro le abre día a día las puertas de las escuelas y de distintos espacios de encuentro con la población, en esos encuentros las historias se multiplican. Frente al orden aplanado de relatos que imponen los medios  masivos o  la repetición reproducida en el copio y pego, contar nuestras historias es un derecho en el que nos reconocemos como humanos, un poder transformador y de resistencia.