por Alejandro Mosquera

Lo evidente: las intenciones del poder

Que algo sea evidente no alcanza para determinar que una sociedad lo perciba como tal. Ante la catástrofe económica y social a la que nos llevaron las políticas oficiales, el poder real en el mundo, el FMI y los acreedores le están exigiendo al gobierno y la dirigencia  un acuerdo político interno  para garantizar las mega-transferencias de recursos que han producido en estos 3 años,  la perduración de sus negocios con recursos naturales y que paguen los préstamos que recibieron. Y desde EEUU, su poder permanente (no solo Trump), agregan a la demandaque el país sea parte del esquema que busca poner límites al ingreso de los Chinos a América Latina.

El gobierno de Macri no transmite a ese poder la confianza necesaria para  “garantizar esos acuerdos basicos de gobernabilidad”. Le exigen ampliar los componentes del Ejecuivo. Al oficialismo le resulta difícil lograrlo, pero sobre todo teme que ello signifique la pérdida del poco poder político que les queda.La defensa a ultranza de Marcos Peña, como ya lo hemos explicado en reiteradas ocasiones en esta columna, se debe a que Macri está convencido que sacarlo a su jefe de gabinete es mostrar su propia debilidad y arriesgarse a que luego el círculo rojo vaya por él.

Perdida la oportunidad del acuerdo de Cambiemos y la cuasi-oposición “racional” en la modificación del gabinete ministerial, el foco está puesto en el presupuesto nacional. Un párrafo aparte merece el hecho de que mientras el país vivía una situación crítica y se decía que en la residencia presidencial de Olivos se estaban planificando medidas económicas, la realidad mostraba a dirigentes de cambiemos y radicales, a funcionarios de primera línea, peleando en el barro para lograr cargos o mantenerse en ellos, todo ello expresión de la decrepitud y la amoralidad del proyecto de Cambiemos.

Volviendo: ahora esperan que gobernadores y la cuasi-oposición den sustento al presupuesto como programa de ajuste y señal de futuro hacia el “petitorio” del poder real que enunciábamos en el comienzo de la columna.

No es fácil. La calle está caliente. Crece la oposición social y la resistencia se expresa en todo el país. Está muy consolidado el rechazo de la opinión pública al gobierno, en particular a Macri y la afectación a Vidal, y en menor medida a Rodríguez Larreta. Sin ese cuadro y contexto la “unidad nacional” conservadora y neoliberal hubiera tenido más capacidad de concreción.

Los dirigentes de la cuasi-oposición temen (con razón) que aún con su ingreso la experiencia macrista tenga fecha de vencimiento, que la crisis no pueda detenerse en los marcos de estas políticas y que el descrédito oficialista los arrastre a ellos. Calculan que si se alejan demasiado, el lugar de la oposición dura al ajuste está ocupado por CFK y la “calle”, y que si se acercan demasiado se incendian para su propio electorado.

Por ahora ofrecen una tragicomedia: cuando se acercan los micrófonos se convierten en opositores, cuando se apagan votan y acuerdan los ajustes.

Para alejar esos presagios, el ejecutivo sigue mandando señales de su voluntad de daño a la principal líder opositora y que a pesar de sus debilidades de gestión son una maquinaria electoral eficiente.

 

Lo no evidente: cómo abrirle paso a la política

El nuevo contexto de oposición social muestra signos de vitalidad. El conglomerado de un sector de la CGT, el moyanismo, las CTAs, las organizaciones sociales, constituye un dato clave. También, la inmensa cantidad de protestas “sin permiso” que se expresan en todo el territorio. El triunvirato oficial de la CGT se vio compelido a llamar a un nuevo paro nacional, recibieron el apoyo hasta de sus más críticos, pero saben que la movilización del 24 los puede sacar de la centralidad de la medida de fuerza.

En paralelo, la agenda pública (o publicada y transmitida) está centrada en discusiones económicas, los expertos inundan los set televisivos y los debates giran en rededor de las propuestas y marcos conceptuales del gobierno y del poder. Ante la presión planificada de los medios sobre dirigentes y expertos del campo nacional y popular que los señalan como críticos sin propuestas, se les exige que tengan ideas y sugerencias de mejora de un plan económico-social que ha provocado la catástrofe, logrando en muchos casos encorsetarlos dentro de las fronteras de la agenda neoliberal.

Seguramente se dirá con razón que es necesario develar el contenido de sus propuestas. El cuestionamiento que desarrollo no va por ahí, sino que intenta responder a la pregunta de si efectivamente existe un plan de emergencia en el marco de esta política. O si en cambio, el único plan de emergencia que deberiamos plantear es el de protección de nuestro pueblo mientras se trabaja para derrotarlos demócratamente con un proyecto alternativo. Un ejemplo de estas horas recintes es que muchos comunicadores y algunos dirigentes intentaron instalar la idea de que las retenciones a las exportaciones de 4 pesos, en el marco de la baja de las retenciones a la soja al 18%, era un cambio profundo de la lógica del gobierno, que emergía un nuevo gobierno. Increíble por lo absurdo.

La única manera de unir los intereses diversos y a veces en tensión de los sectores productivos, del trabajo, de las clases medias, de los excluidos, de las distintas economías regionales, con el desarrollo desigual que tiene el país,  es a través de la política.

La resistencia es la condición ineludible y en gran parte “la calle” va a determinar el contenido y profundidad de las propuestas de transformación, sin embargo, es la política entendida como la estrategia para construir un nuevo bloque popular y una nueva hegemonía, la que puede generar las condiciones de triunfo de un proyecto alternativo transformador.

Y aquí es, donde también se muestran los límites actuales del movimiento nacional y popular.