Por Rubén Lamas

Asistimos en estos días a complejas situaciones que tienen como eje la disputa de tierras, por un lado un conflicto por una cuantiosa  herencia familiar, donde machismo de por medio una hermana, denuncia abusos, y estafas, por parte de sus hermanos varones, tal el caso del conflicto de la familia Etchevehere, uno de cuyos involucrados es nada menos que un ex ministro de agricultura de la nación del pasado gobierno neoliberal.

La hermana en litigio, para  ser representada elige  entre todos los abogados disponibles a Juan Grabois, como jugada que apunta a la visibilidad publica del conflicto y ofrece donar el 40% de su herencia para llevar adelante un emprendimiento productivo agroecológico llamado proyecto Artigas.  Nada menos que en la provincia de Entre Ríos, capital mundial de los agroquímicos y sede del mayor porcentaje de enfermos por causa de las fumigaciones.

Lo que comenzó como una disputa de  total y estricta naturaleza privada, terminó siendo una cuestión de interés nacional, y poniendo en evidencia todo tipo de actitudes oportunistas y miserables por parte de la prensa,  las peores malas costumbres autoritarias de la oligarquia, y de  algunos sectores políticos malintencionados, vecinos indignados etc. etc.

Por otro lado en Guernica, un asentamiento que llevaba meses, termino en el desalojo de quienes víctimas de las condiciones económicas, la pandemia, y su precariedad estructural  debieron intrusar un predio por no tener donde vivir

Volvemos una vez más sobre temas que no encontrarán solución, toda vez que los sucesivos gobiernos se abocan a atender cosas urgentes, dejando de lado las cuestiones esenciales y estructurales que hacen a la raíz de conflictos que se perpetúan en el tiempo.

Pero la realidad se impone, y de golpe se nos presenta irreverente a confrontarnos.

Argentina tiene varios problemas estructurales uno de ellos es sin duda la tenencia y uso de la tierra. El otro  es el prolongado proceso de desindustrialización y financiarizaciòn de la economía.

El primer problema el de la tierra es que este recurso finito, mensurable, irreproducible, deber ser necesariamente bien administrado para preservarlo y aprovecharlo adecuadamente. Sus varios destinos, van desde la vivienda hasta el emplazamiento de rutas, caminos, pueblos ciudades, puentes diques, obras públicas de todo tipo, parques nacionales reservas naturales, desiertos, glaciares, selvas, montes, áreas para la explotación  minera y la producción agropecuaria en todas sus variantes.

Es deber del estado fijar políticas permanentes que apunten tanto a la generación de condiciones de habitabilidad para la población, considerando  como mínimo la tasa de crecimiento vegetativo, y por otra parte establecer las condiciones sobre  las tierras destinadas a la producción agropecuaria, que tal como vemos hoy en día, se encuentran concentradas en muy pocas manos, con el agravante de tener  consolidado un modelo productivo altamente tecnificado pero sin rostro humano. Nuestros campos están desiertos, en los últimos años por lo menos 200.000 productores abandonaron la producción de pequeña y mediana escala, esa gente no se esfuma en el aire, debe re ubicarse en otro sitio, y van a parar mayoritariamente, a los conglomerados urbanos, para más datos, de acuerdo al último censo agropecuario del año 2018, unas 75.000 viviendas rurales se encuentran deshabitadas.

Estos grandes conglomerados a su vez, tienen viabilidad  y ciertas condiciones de prosperidad en la medida que haya un desarrollo industrial que requiere cierta concentración poblacional, mano de obra, técnicos, administrativos, transportistas, servicios etc.

Alguna vez, deberemos poner el caballo por delante del carro, y fijar sin falsas antinomias, objetivos productivos tanto industriales como agropecuarios, integrados en cadenas de valor, que es la única manera de poder generar las riquezas que luego se podrán distribuir de la mejor manera posible  entre todos los participantes del conjunto de actividades.

Seguir metiendo parches provisorios, sin atender las cuestiones estructurales, solo nos hacen volver una y otra vez sobre los mismos problemas, ¿Por qué no pueden nuestras jóvenes generaciones, comprar un lote de terreno en cuotas en pesos, acorde al salario? ¿Por qué no se fijan políticas que desconcentren los grandes conglomerados urbanos, cuando tenemos un territorio enorme y casi despoblado?  ¿No entendemos que una buena distribución territorial podría mejorar las condiciones de vida de la población?

Hacen falta visión política, visión de futuro, ideas de desarrollo e inclusión,  de algún modo buenos tiempos para  re-pensarnos, como país y como sociedad.

Cuando al pasar y con liviandad  decimos que alguien “no tiene donde caerse muerto “en realidad implícitamente subyace el concepto de que la sola existencia  requiere ocupar un espacio. La población crece, y si no se tienen políticas permanentes de expansión del sistema de vivienda y hábitat, la gente finalmente solo puede  caerse muerta invadiendo la propiedad ajena.

El factor limitante es La tierra su tenencia y uso, si  no se toman medidas en profundidad que apunten a resolver estos problemas, tal vez  nuestro destino  nos deje como única opción  resignarnos a ser testigos del nacimiento de una nueva era de barbarie.