Por Rosana Herrera

Dicen los que saben (o los que dicen que saben) que lo más se extraña es lo que nunca se tuvo. Yo debo ser la excepción a la regla de ese tipo de extrañadores, o tal vez por culpa de mi perfil contestatario, no le encuentre sentido alguno al refrán. Lo que se extraña es lo que se perdió, lo que no tenemos cerca, por más giros literarios que se pretenda darle a cada expresión popular.

Lo que sucede, conviene también escuché por ahí. Y en esas dos huevadas me planto: ¿alguien puede suponer que esta tragedia que nos está sucediendo a los habitantes del planeta, nos convenía? ¿Alguien, alguna vez, extrañó pasar por una pandemia?

Posiblemente para los que creen que de las situaciones catastróficas se emerge mejor al transformamos mágicamente en gente de bien, puede que sí sea una verdad axiomática. Pero insisto: no es mi caso.

Yo creo que las situaciones límites lo que sí hacen es buchonear quiénes somos en realidad, algo así como que el que es buen vino, es buen vinagre, siguiendo con las referencias refraneriles. Porque emociones muy fuertes como el miedo a la muerte no hacen más que sacar la marca que traemos en el orillo. Si éramos buenos tipos, seguimos siendo buenos tipos que se fortalecieron pasando por una hecatombe. Si por el contrario, siempre fuimos malas minas, salimos a flote de los desastres con nuestra maldad a cuestas, corregida y aumentada. Resumiendo, para que esta introducción no se haga tan larga como acostumbra esta columna: este aislamiento nos va a ver sobrevivir desde nuestra mejor o desde nuestra peor versión.

Ayer rompí el propósito que me había hecho para esta cuarentena. Cuando la empezamos, me hice la promesa de no dejar que la televisión y su patético elenco estelar de desinformadores, ni por un minuto, interrumpiera mi autoimpuesta serenidad. Pero mientras  limpiaba los vidrios casi sin darme cuenta me encontré escuchando en plena siesta a Fantino y sus oráculos.

Antes de seguir les cuento que nosotros corremos con ventajas con respecto a muchos de ustedes, porque nuestra historia familiar está muy entrenada en esto de largos encierros, de esperas que desesperan, de gestos que sostienen y de silencios que acarician. Y de esas carcajadas que lo hacen a todo más fácil porque enmascaran las penas. Y hasta hace poco, fueron los otoños porteños los que nos guarecieron y le dieron cobijo a nuestra angustia. Este el primero, en varios años, que andamos buscando certezas aquí, en el pago propio, rodeados de los cielos y de los verdes  que tanto amamos.

Si bien en los confinamientos anteriores, la televisión nos ofició siempre de sonajero, en esta oportunidad sabiamente decidimos, casi sin acordarlo, que no nos iba a servir para encoger los miedos. Así que cada uno eligió qué puede ayudarlo a acomodar los entreveros mentales encerrados, como nosotros, en los laberintos de los universos personales. Esos que, si se nos da por recorrer sin barbijo y con tanto ocio a disposición, no hay humor en gel que nos ponga a resguardo.

Yo tuve una recaída en mi adicción a La Ley y el Orden; los hombres, de a ratos, se flagelan con partidos viejos del deporte que sea (y hasta putean y celebran con verdadero entusiasmo). Y al anochecer, nos juntamos los tres en el living para merencenar con sólo un par horas del resumen de noticias, luego alguna película y la infaltable lectura miorrelajante.

El resto del día, mucha música (lo más ruidosa posible), los diarios brotes de t.o.c. higienico-culinarios, mucha escritura, algún curso a distancia,  en fin…todo lo que nos preserve de esta terrorífica corporación terrorista que agrupa a casi todos los periodistas independientes.  

Esos que se ganan el pan sembrando el terror, generando insomnios, amenazando con futuros infernales, envenenando a los más vulnerables, trastornando a todos aquellos flojitos de lectura, que son proclives a dejarse pensar por los iluminados de siempre. Esos que sin pedir permiso se instalan en sus hogares ejerciendo periodismo de guerra, como dijera uno de ellos. Ejecutando las acciones de un siniestro plan deliberadamente pergeñado por la derecha que sabe que la creciente popularidad de Alberto y sus acertadas medidas frente a la pandemia, son una amenaza para sus intereses porque benefician a las mayoría de los argentinos más necesitados. Entonces se complotan para que la zozobra ni se mosquee aunque nos lavemos las manos cantando cuatro feliz cumpleaños. Ni siquiera si la bañamos en lavandina.

Por estos tiempos sólo nos queda la cibermilitancia y procurar que nadie los vea ni los escuche mientras no se abran las puertas y volvamos a la vida. O recomendarles que si sucumbimos, (como yo, ayer) tomemos las precauciones de bañarnos inmediatamente y luego embadurnarnos con reflexión en crema o aerosol, (lo que consigamos en algún negocio que haga delivery). Con los medios que tengamos a nuestro alcance, en los grupos de guasaps, en el muro de face, en twiter, con una llamada por teléfono, con una paloma mensajera, pero les obliguemos a  reconocer que esto que nos pasa, es la primera vez que le pasa al mundo en una centuria y que por tanto no hay nadie vivo en ningún rincón del planeta, que pueda conocer el deber ser, el deber hacer, el deber sentir. Mucho menos el porvenir. (Salvo los Jonathan Viale que mirando a la cámara obscenamente, lanzan mensajes alentadores del tipo de si salimos vivos de ésta, lo que nos espera es el infierno).

Y que reconozcamos que es un alivio que la política sanitaria que está llevando a cabo nuestro gobierno sea un modelo a seguir por países del primer mundo.

Pero que mientras Europa y la OMS nos aplauden y nos elogian, por estas horas aquí  se escuchan los golpes de las cacerolas de aquellos que se llevaron previa Instrucción cívica y por lo tanto no saben nada de las facultades de los tres poderes del Estado. Los ruidos de las Essen que nunca se escucharon cuando destruían el Ministerio de Salud o cuando se cerraban escuelas, desfinanciaban el INTI o cuando… aquí la corto. Contarles a los lectores de La Barraca que pasó durante cuatro años de macrismo, es faltarles el respeto. Los que nos leen lo hacen porque  conocen perfectamente la capacidad de daño de las perversas políticas neoliberales.

Sólo pretendía, pensando en voz alta, evitarles un mal trago por faltar a las promesas y animarlos a que entre todos nos preservemos. Todos somos imprescindibles en esta lucha por una Patria más igualitaria y debemos ser capaces de ayudar al otro para que se defienda de esta desembozada colonización de la subjetividad, con las herramientas que se nos ponen en el camino,.

Entre las más efectivas, por ahora: el control remoto.