por Roberto Rapalo Blanco

Me eduqué desde que era un niño en la boba creencia basada en un  mal digerido e intoxicante positivismo que postulaba que el capitalismo sería derrocado inevitablemente por el socialismo, siguiendo la indesmentible culminación de la serie evolutiva que comenzaba con el comunismo primitivo, proseguía con el régimen  esclavista, continuaba con  el feudalismo, arribaba al capitalismo y, después del seguro triunfo del socialismo, culminaba en una feliz sociedad comunista sin clases.

El principio de la caída inevitable del capitalismo comenzaba con la revolución rusa que finalmente culminó, tras la criminal y burocrática  administración de Stalin, con la llegada al poder del imbécil de Gorbachov y el borrachin de Yelsin y la consiguiente destrucción de la URSS. ¿Toda esta realidad me lleva a negar la idea de la posibilidad y necesidad del socialismo? No, un categórico y rotundo no.

La necesidad de remplazar al capitalismo por un régimen socialista es hoy en día es más acuciante que nunca ante la amenaza de destrucción de la tierra, ya sea por el estallido de una guerra nuclear o la catástrofe climática. Esta necesidad no tiene, necesariamente, vaya la paradoja, que culminar exitosamente. Esta incertidumbre puede que algunos les haga bajar los brazos, en mi caso  a creer que hay que redoblar los esfuerzos por lograr que el devenir del mundo arribe felizmente al socialismo y culmine en el comunismo. ¿Qué hacer para que esto suceda?

Hace unos días comparé dos textos paradigmáticos: “Nuestro camino conduce a la victoria” de Vittorio Codovila y “El único camino”  de la Pasionaria Dolores Ibárruri,  y llegué a la siguiente conclusión: ambos textos origínales fueron escritos por los mismos escribas estalinistas rusos y luego traducidos a algo muy parecido al castellano.  Esos caminos proféticamente triunfales están definitivamente clausurados y no solo por el fracaso de sus autores reales, sino por el fracaso ejemplar y  evidente de la debacle de los partidos comunistas de casi todo el  mundo tras la caída de la URSS,  vaya como ejemplo indesmentible la desaparición de  los que fueron los dos mayores partidos comunistas de  Europa: el francés y el italiano. Del partido argentino mejor no hay que hablar, pasemos por la vereda de enfrente del edificio de su Comité Central de la calle Entre Ríos, donde tras la pintura de un mentiroso y enorme retrato que homenajea al Ché que calumniaron y repudiaron durante muchos años, podemos contemplar el ruinoso estado del edificio. Una imagen vale más que mil citas de tediosos informes.

¿Qué hacer entonces? A grandes rasgos tres caminos se nos presentan. Tratar de impulsar, colocándonos a la cola del combate, tras el comando de los partidos burgueses y pequeño burgueses cuasi socialdemócratas o populistas que están fracasando ahora en América Latina, despertando en un principio esperanzas que no pueden satisfacer y llevan a una desesperanza que puede ser, ojalá me equivoque, terreno fértil para el cultivo de algo parecido a un neo fascismo de países periféricos. Dejando en claro que está bastante acertada la definición de Dimitrov que nos dice que el fascismo es la dictadura terrorista del gran capital imperialista, en nuestros países culomúndicos esa dictadura o semi dictadura parece que se ejercerá, tras la supervisión y conducción imperialista, por los sectores más brutos, cipayos y atrasados de las burguesías nacionales conduciendo a masas enloquecidas por la debacle económica y la inseguridad. Otro camino es el que conduce a la nada tras el atrincheramiento detrás de consignas estrepitosamente revolucionarias que llaman a la toma del poder a la vuelta de la esquina, siempre que  las masas se dejen conducir por los esclarecidos dirigentes de numerosos textos apilados detrás de  escritorios pintados de rojo rabioso. El camino de la guerrilla y la lucha armada hoy por hoy está descartado.

Dejé a un lado el camino al “socialismo con características chinas”. No sé que decir al respecto, me gustaría ser más joven para ver como termina.  Creo que hay dos posibilidades, el regreso a un neo maoísmo sobre la base de una sociedad más desarrollada o la restauración capitalista como en la Rusia actual.

¿Qué hacer entonces? No lo sé. Pero plantear el problema con crudeza, descartando soluciones que considero falsas o inviables, no me parece un mal comienzo.

Me niego a hacer pronósticos, dos errores de análisis me llevan a ser muy pero muy modesto. Hace unos cuantos años, recién caída la última dictadura militar,  sentado en la elevada verja de la entrada de una estación del subte “A” de la Avenida de Mayo, contemplando a los radicales que avanzaban en medio de una manifestación por los derechos humanos y cantaban algo parecido a : “Ayer Perón, después Balbín, el líder de ahora se llama Alfonsín” , le dije a un compañero que estaba a mi lado – Estos pelotudos creen que Alfonsín puede ser presidente. Otra. Ante la llegada de Macri a la presidencia de Boca dije a mi mujer de entonces: -¿Cómo algunos idotas pueden creer  que la presidencia de Boca puede ser la antesala de la presidencia de la Nación para este millonario infradotado que no sabe ni hablar?