Por Alejandro Mosquera

En este momento critico de la humanidad donde la pandemia y la parálisis económica puso en evidencia para muchos que el nuevo orden mundial nacido de la revolución conservadora de Reagan y Thatcher, con su dogma neoliberal significo una catástrofe, es también una oportunidad que necesita una nueva mirada sobre el mundo y también del significado del desarrollo humano.

Por supuesto que hay una tentación de ir paso a paso por la gravedad del día a día. Pero transformar el abismo en oportunidad necesita mirarlo en su globalidad.

Aparecen como ejes de un debate que por sus actores parecía imposible 6 meses atrás: El rol del estado, no solo en la salud, educación, seguridad, también en su papel en la economía. Así se desempolvan ideas que el circuito dominante del pensamiento había dejado de lado. Cuales son los instrumentos que necesita el Estado para operar con eficacia y en beneficio del conjunto.¿Acaso se puede pensar en un estado soberano sin que la energía sea un patrimonio nacional y una herramienta del desarrollo de políticas públicas?

Aparece con fuerza incluido en los medios hegemónicos y europeos la discusión sobre la necesidad de un ingreso universal para cada ciudadano. Se discute sobre los sistemas impositivos y la distribución de la riqueza.

También se desarrolla un debate ante la constatación que, si la actividad económica baja los indicadores climáticos mejoran, lo que demuele a los negadores de que es la actividad humana la que nos lleva al abismo climático. Por supuesto que sostener a la humanidad como la responsable del cambio climático es ocultar al capitalismo como el verdadero responsable de que en solo algunas décadas podemos pasar el limite que los expertos fijan como sin retorno y que ponen a la vida a la borde de la extinción.

La discusión y conflicto sobre el tema del rol del estado ante la crisis sanitaria, económica, social y climática y las responsabilidades del capitalismo realmente existente y de la revolución conservadora y su dogma neoliberal, a puesto en centro el problema gravísimo de la desigualdad. No solo económica y social. La desigualdad construida se expresa en la educación, en los viejos y nuevos analfabetismos tecnológicos, en la cultura, en las posibilidades de vida. Y también se aprecia en que las catástrofes no actúan igual para todos. Los huracanes, los tsunamis, las inundaciones, las sequias, las enfermedades y pandemias y tantas otras calamidades ponen a salvo al 1% ultra millonarios, y ataca con toda crudeza a los más pobres. Solo basta mirar como es la cuarentena en las clases propietarias y los barrios del conurbanos de todas las grandes ciudades del país.

La desigualdad también opera en la democracia. El proyecto neoconservador y el neoliberalismo ha significado un deterioro y degradación de la democracia. El lobby de grandes corporaciones y empresarios tienen un poder infinitamente mayor que centenares de miles de pymes. Una empresa minera mucho mas poder de incidir en leyes y reglamentaciones que pueblos enteros que se levantan contra las contaminaciones. La concentración de la riqueza también es concentración del poder. Es una expropiación de la soberanía popular. Aún los regímenes electorales expresan esta tendencia. En EE. UU. la mayoría de los presidentes y legisladores son multimillonarios, que además reciben aportes híper-millonarios. En nuestro país se mostró esa tendencia con Macri y De Narváez. La desigualdad es la regla en las elecciones. Una fuerza popular se enfrenta no solo a esos multimillonarios candidatos, también a sus aportantes multimillonarios que buscan enriquecerse aún mas si gana su candidato. Se enfrenta a los medios de comunicación hegemónico, a su capacidad de manipulación y propaganda, se enfrenta a la capacidad de daño del poder sobre los que se oponen al mismo: campañas de desprestigio, censura, incluso al aparato judicial corrupto para detenerlos y sentenciarlos arbitrariamente.  No hay igualdad. Y así se expropia la voluntad soberana de un pueblo.

Todos los temas que escuetamente hemos planteado y que no agotan los temas claves que se están discutiendo en el mundo y el país, necesitan una transformación de la participación popular. Estamos obligados a transitarlos, a encontrar nuevas y mejores respuestas. Salirnos de los limites y grilletes que la policía del pensamiento neoliberal puso incluso a las teorías criticas.

El presidente cuando presentó la oferta argentina sobre la deuda externa sostuvo que necesitamos estar unidos frente a los acreedores. Y es un dato de inteligencia haber sentado a los gobernadores opositores respaldando.

Somos conscientes que los acreedores, los fondos de inversión, los buitres que trabajan para el fracaso de las naciones desarrollaran, impulsaran, pagaran campañas de desgaste para debilitar al gobierno, para dividirnos.

Repensar el país, aportar a las definiciones que necesitamos para reparar el daño tanto de la pandemia, como de la recesión planificada de Macri, de la parálisis de económica y del mega endeudamiento necesitan de mantener y desarrollar un bloque histórico que puede resolver estos desafíos. Una mirada superestructural de la unidad no alcanza, y es muy frágil. Necesitamos una radicalización de la democracia, una mayor participación y organización de nuestro pueblo. Y ella se construye sin permiso.