Por Iván Chambouleyron

Los tiempos de pandemia y el aislamiento social me han encontrado solo. Soledad confortable, debo admitirlo, pero soledad al fin. En mi vivienda tengo una sala de buen tamaño, dos cuartos con baño, y una pequeña cocina; un lujo para quien vive solo. Cuando la compré, elegí un contra frente; no quería ruidos de la calle, en particular el que producen las motocicletas, que compiten a quien hace el mayor estruendo al acelerar. La disposición, y el pulmón de manzana que tengo frente a mi cuarto, atenúan la sirena de las ambulancias que aturden por las noches al transportar gente en estado grave. En donde nací se comentaba que la sirena de la ambulancia era también usada para evitar que se enfriara la pizza, o las empanadas, que los muchachos del servicio de salud salían a comprar en los momentos en que las urgencias escaseaban. A veces, me descubro buscando distraídamente la voz de la mujer que me acompañó solidaria durante cuarenta años; en la buenas y en las malas, que fueron abundantes. Pero hace diez años, después de padecer una larga enfermedad, me dejó huérfano. Y aquí estoy, en otros menesteres, como quien dice.

Otras veces, recorro visualmente el departamento, procurando una voz con quien conversar o, mejor aún, con quien discutir. Esto último pude sonar extraño pero el juego de las disensiones oratorias alimentó mi vida. He vivido la competencia verbal con interés verdadero. Fuente de aprendizaje, herramienta de construcción de relaciones sólidas y, por sobre todas las cosas, mecanismo eficiente para domesticar, pacificar, o apenas ubicar, un ego con tendencias expansivas, a veces desmesuradas.

El estar sólo me plantea nuevos desafíos, inimaginables sin la presencia del virus. A los amigos que interrumpen mi soledad con llamados ocasionales les comento que el único oponente que tengo a la vista para practicar el debate verbal soy yo mismo. Con él emprendo rigurosas discusiones sobre sí o sobre no, en realidad el tema no tiene importancia; puede ser una historia pasada, o un acontecimiento político reciente. Lo esencial es la controversia; lo desalentador es que siempre acabo perdedor.

Mi contrincante me conoce muy bien, casi mejor que yo mismo. Sabe de mis puntos débiles, de mis mentiras apenas disfrazadas, de mis artilugios, del uso y abuso que hago de recuerdos, manipulados hábilmente. Él todo lo conoce, o lo descubre; es simplemente desesperante. Y no consigo desistir, me empeño en una pelea que sé perdida de antemano, pero a la cual no resisto. Me anima la esperanza de que en algún momento voy a sorprenderlo, a despistarlo con una jugada genial, un argumento desconcertante, algo que él no espera. Por supuesto, el descubrimiento del argumento que hubiera destrozado a mi adversario aparece tarde, pasado el momento.

 Se trata de algo parecido a una partida de ajedrez con un solo jugador en la cual, después de cada movimiento, se gira el tablero y se busca la pieza y el movimiento inesperado, aquel que pueda sorprender y descolocar al adversario, es decir a uno mismo; situación difícil de procesar en los tiempos permitidos para la réplica, tiempos impuestos por las reglas del juego. Hecha la jugada se gira nuevamente el tablero y el mismo jugador enfrenta igual desafío, instalado con renovada intensidad.

En las discusiones que mantengo conmigo mismo no existe la regla del tiempo límite, pero ambos oponentes sabemos que la espera debilita. La réplica, para ser eficaz, debe ser inmediata, incisiva, fuerte, sorprendente. La demora en encontrarla es vivida por el otro como una señal de debilidad oratoria o intelectual, y es aprovechada para disminuir el ánimo y las defensas del retrasado.

 Estas justas oratorias me provocan el temor de que, una vez terminada la pandemia, no consiga encontrar a nadie que quiera discutir, o conversar, conmigo.