Por Fernando Basso

Macri: de contrabandista y pertinaz estafador al fisco a estragador doloso. Game over para la democracia argentina (si es que alguna vez lo fue)

En marzo de 2013 escribí una extensa nota para el semanario Miradas al Sur que se titulaba “Mauricio Presidente: epílogo de una tragedia argentina”, donde lo que me propuse era provocar en las tripas del lector esa sensación traumática que logra el género creado por los griegos al exponer las miserias humanas de los hombres políticos, ésa vez, a la luz de su afición por el contrabando y la apropiación indebida de reembolsos a la exportación, cuestión dilucidada, entre otros, por el Dr. Fayt, declarado campeón de la democracia por la coalición de gobierno que lo encumbró y situó como primer mandatario (tome nota el Sr Martín Scorsese por si quisiera reclamar derecho de autor ) y al mismo tiempo ejemplificar sobre el pútrido entramado del poder diseñado para nuestro contrato social, por lo que podría significar aquella posibilidad (hoy realidad) para nuestro futuro soberano, en términos personales y de sociedad.

Para los que se pregunten por mi calidad de adivino diré, obviamente, que no hay nada de ello y lo retrucaré con que, para el caso de pensar la política, se debe abandonar cualquier categoría propia de la literatura fantástica para,  de una vez por todas, comenzar a recorrer el camino de la lógica ante la necesidad de elegir a nuestros representantes, puesto que para el caso de los seres humanos auto propuestos para esa tarea, aquel pensamiento tiene buena posibilidad de predecir sus comportamientos, siempre que se los evalúe analítica y únicamente en base a sus acciones concretas y prescindiendo absolutamente de lo que pudiera decir de sí mismo él, sus acólitos o los profesionales del marketing a su servicio. Creo oportuno recordar que Karl Marx demostró que el hombre objetiva su subjetividad en el producto de su trabajo. Así, es lo que uno hace lo que demuestra la verdadera naturaleza de los individuos de ésta, nuestra especie, y al mismo tiempo, la oportunidad para que sus congéneres se acerquen a aquella esencia que jamás habrá de traicionar al sujeto, sea quien fuera.

En aquel entonces, quise decir a mi manera, reafirmándolo ahora con profunda tristeza, que el hecho de que MM fuera el Jefe de Gobierno de mi ciudad natal significaba, además de la demostración de la ignominia que denota su falta de moral personal y ética política, también, el “producto” de lo que la Justicia institucional objetiva con su práctica tribunalicia  es la transmutación de delincuentes en personas supuestamente honorables, lo cual solo es posible  tanto por efecto de la aplicación de una eterna letra imperfecta de su normativa y procedimientos, como por la resultante de las complicidades que se tejen en el devenir de personas que luego resultarán funcionarios públicos (¿casualidad?), donde a pesar de que se sepa que en algún momento fueron empleados, testaferros o simplemente dueños de impunes mamushkas empresariales que solo se enriquecen a costa de esquilmar a nuestro inerme Estado, quienes allí están en funciones, aunque cíclicamente, desde siempre.

Rondar la obra de Durán Barba y sus artes inmorales ayuda, pero explica poco. Es nuestra idiotez (en su sentido estrictamente etimológico) lo que explica todo lo que nos pasa.

Aunque el convite de CFK hubiese parecido irónico (¡haga un partido y preséntese a elecciones!), la posibilidad legal cierta de que Macri pudiera ser Presidente debió, además de repugnarnos o de “sobrar” la posibilidad, obligarnos a enfrentar lo que sería una calamidad segura para el conjunto de nuestra sociedad desde el momento en que el offshorista recogió el guante y se hizo con el poder en base a la arquitectura de algunos viudos del peronismo y la máquina burocrática radical que vieron en el la oportunidad de volver a gozar de las mieles de un sueldo estatal.

El caso Macri era paradigmático, ciertamente. Pero también era evitable si se comprendía profundamente, como bien lo advirtió Néstor Kirchner con aquella frase simple y atronadora que hoy recorre nuestra apesadumbrada y endeudada existencia cual fantasma marxiano, ¡Mauricio es Macri! que su esencia, siempre vaciadora de las arcas del Estado en su estricto beneficio no solo no iba a desaparecer, sino que sin dudas se magnificaría, toda vez que, simplemente, uno es lo que es aún ante las situaciones más adversas.

Permítaseme entonces preguntar ahora, con el estrago doloso que resulta su presidencia para la Argentina presente y futura ¿qué vamos a hacer en 2019 cuando él y la banda asoladora que arruina nuestra vida diaria y destino que lo acompañan vuelva a presentarse al amparo de una renovada y sobreabundante cortina multimediática del ahora flagrante monopolio comunicacional del Grupo Clarín, con más el sobreendeudamiento feroz acordado con el imperio y las otras fuerzas políticas internas que comparten su espacio ideológico?

¿Acordaremos que nuestra debacle es equivalente tanto a la suma de la ignominia de sus funcionarios y compañeros de lista legislativa como de la pervivencia de los defectos espantosos y las omisiones programadas que aún se encuentran como letra pétrea en nuestro contrato social?

Hoy sabemos que no existe ninguna razón institucional que justifique el “deber” de soportar a un Presidente íntegramente bruto o desagradable al punto de la repugnancia cuando oficia de humorista de baja estofa con sus recurrentes reminiscencias futbolísticas, toda vez que su acientificismo respecto de la economía política o la fruición onanista que ejercita diariamente tanto en su política cotidiana como en sus intervenciones discursivas de la gran política empresarial mundial, animadas ambas por un laissez fairahistórico, están provocando un estrago socioeconómico del que muy difícilmente podremos escapar sin dejar en el camino, millones de ilusiones truncas u varias generaciones endeudadas hasta el tuétano.

Y debemos advertir que la renovación de su mandato legítimo, aunque fuera logrado nuevamente a condición de renovadas o remozadas mentiras, puede perfectamente asomar en el horizonte político, para nuestra absoluta desgracia.

La lógica no descarta ninguna posibilidad

Así, más que alarmarnos, ello nos obliga a marchar rápidamente como conjunto en vistas a reformular íntegramente nuestro contrato social, para ubicar en su centro axiomático al trabajo de los argentinos y la creación de una verdadera democracia participativa y representativa, provista de una ágil revocatoria de mandatos de parte de la ciudadanía soberana y una omnímoda vocación protectora de todo derecho conquistado a fuerza de lucha por el pueblo, toda vez que si no lo hacemos, una vez más deberemos soportar estoicamente hasta que en un nuevo turno electoral sumado a alguna suerte del destino, poder vivir como nos merecemos, al menos por un tiempo y hasta la nueva debacle provocada por los nietos, bisnietos o choznos de nuestro conservadurismo patricio – eclesiástico.

La nuestra es una democracia mentada artificiosamente por una generación que renegando de su realidad cultural y gastando a mansalva la sangre de los salvajes de América (“gauchos e indios piojosos” tal como los pensaba el padre del aula ¡gloria y loor al gran Sarmiento!), pretendía forjar una nación ideal con una cosmovisión de origen ultramarino y que, a ojos vista, salió mal. Aceptémoslo de una vez por todas.

Tomemos entre todos por las astas al duro trabajo de objetivar nuestra subjetividad social y promovamos la entronización de un nuevo contrato social hecho por y para los argentinos de buena voluntad que habitan éste suelo precioso, aunque injusto por ahora y por lo que se ve, por un tiempo más.

Uno es lo que es, pero cuando pensamos juntos, el otro nos mejora. Seguro.