por Mariana Amaya Cáceres *

Las feministas sentimos que hemos logrado un importante cambio cultural que atañe a los procesos de socialización y algunos cambios de roles, influyendo en una mirada más equitativa e igualitaria que cuestiona necesariamente todos los aspectos del sistema democrático, incluso los tres poderes del estado. 

Sin embargo, estamos bastante lejos de una impregnación en políticas públicas de las demandas de nuestra agenda. Un ejemplo de ello es el fallo judicial por el caso Lucía y la negación al derecho al aborto. Si bien la movilización y la visibilización de nuestra lucha ha generado una extraordinaria expansión, sensibilización e identificación masiva, muchas de las decisiones políticas sobrenosotras, se siguen tomando sinnosotras. 

Y esto atañe a nuestras organizaciones, porque existe una crítica descalificadora de la política marcada por una agenda neoliberal que desalienta la participación colectiva con “perversidades” como la corrupción, el engaño, el abuso y la manipulación. Si consideramos que muchos de los responsables de esas decisiones políticas están denunciados o envueltos en escándalos de violencia, destrato e invisibilización; el coctel causa una profunda crisis en el desarrollo de nuestro quehacer ciudadano. 

En este ambiente, de manera paradójica, mientras se desalientan el compromiso ciudadano y los colectivos disidentes, con un sindicalismo en retirada y la desesperanza política a todo motor; son las mujeres quiénes participan más con visibilidad y relativa incidencia. Y muchas lo hacen por primera vez en relación con la generación anterior, como sería el caso de Actrices Argentinas. 

El auge de la causa de las mujeres y la necesidad personal de participar para incursionar en procesos que ahora la mujer toma como propios, conciben la necesidad de una política para la emancipación personal y social. Abrazar la política, crecer en conciencia requiere acciones, mayor incidencia, mejores condiciones, mayor alcance para impulsar propósitos sociales, económicos y de justicia. La participación política feminista es la que contiene la capacidad de ser vía del empoderamiento colectivo de las mujeres.

Es que la democracia, tal cual la conocemos, reproduce una irrealidad: que todos los seres humanos nacen libres e iguales. Y esto es un eufemismo, porque todas nacemos determinadas por un contexto. 

La política feminista tiene que ser la aliada fundamental de la democracia, parte de ella, porque difícilmente una sociedad puede llamarse democrática allá donde las mujeres no detectan la plena capacidad de ser libres y el pleno derecho a ser ciudadanas.

Ahora que estamos juntas, ahora que sí nos ven, ahora que tocan a una y nos organizamos todas, nuestro trabajo es construir una sociedad sin discriminaciones. Debemos reforzar la participación de mujeres, disidentes y hombres de todas las edades, culturas y clases que, en colectivo, decidan comprometerse a cumplir un pacto claro de acuerdos sociales para cambiar el régimen patriarcal por uno que democratice las relaciones de poder.

Feminizar la política, transformar cada espacio que habitamos y vivir el feminismo individualmente. Como así también seguir luchando colectivamente, logrando triunfos -después de seis años de lucha- como la sentencia por la aplicación del aborto no punible en Córdoba, la liberación de Belén, la calificación de travesticidio de Diana Sacayan. 

Tenemos una tarea: seguir construyendo fuerza política de género en la esfera de lo político y hacer de los hechos de empoderamiento no sólo un medio sino una alternativa transformadora de las relaciones de poder y de género.  También apropiarnos de los mecanismos de reproducción en un ámbito de visibilidad pública y, por ende, potencialmente influyente en las costumbres y normas sociales.

*Es procuradora, abogada, maestranda en Partidos políticos, especialista en derecho electoral. Feminista y referente de Mil flores córdoba y asamblea Ni una menos córdoba.