por Miguel Núñez Cortés

La FAO (siglas en inglés de Food and Agriculture Organization – Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura), es un organismo de las Naciones Unidas fundado el 16 de octubre de 1945 que tiene por objetivo la lucha contra el hambre en el mundo, el lema elegido, que también aparece en su logotipo, es la expresión latina fiat panis”, cuyo significado es «hágase el pan».

Y en sus declaraciones fundacionales figuran estos dos conceptos fundamentales:

  • Alcanzar la seguridad alimentaria para todos y asegurar que las personas tengan acceso a alimentos de buena calidad que les permitan llevar una vida activa y saludable es la esencia de las actividades de la FAO.
  • Y agrega la FAO que sus tres objetivos son la erradicación del hambre, la inseguridad alimentaria y la malnutrición, la eliminación de la pobreza y el impulso del progreso económico y social para todos y la ordenación y utilización sostenibles de los recursos naturales, incluida la tierra, el agua, el aire, el clima y los recursos genéticos, en beneficio d las generaciones presentes y futuras.

Un hombre grande, de anchas espaldas, tiraba de un carro – esos que se ven por las calles “traccionados” a sangre humana (se ve que los caballos tienen mejor cotización en el mercado de reventa) – cargado de cartones y bolsas. Junto a él un niño de 8 a 10 años, edad incierta, ya que su cuerpito flaco, cubierto de  harapos, apenas escondía la suciedad de sus manos y sus piernas.

Como una inversa del Quijote y el Sancho, con Rocinante ausente, donde el grande era el grueso y el pequeño el delgado, se observaba una escena cuya indignidad social horrorizaría al ilustre manchego. Dejo a los literatos discernir, en esta metáfora, si a este pseudo “caballero” andante se lo puede enmarcar en ese espacio de la ética   que instaura a la vida como la potencia fundamental que hay que defender en cualquier época. Se ha dicho que Don Quijote es la inmanencia absoluta. La vida misma, en su secreta reconciliación con la inocencia, la naturaleza y cultura.

El hombre y el niño se detuvieron junto a un recipiente público de basura.

El hombre grande, fornido, abrió el contenedor de basura y con una madera trabó una de las tapas, para que quedara abierta.

Acto seguido tomó al pequeño, de peso de ave, y lo lanzó dentro del contenedor, para revolver y seleccionar la basura.

Infante entre los “infantes”, el pequeño obrero de la basura, asomó sus ojos profundos desde dentro de ese habitáculo, que a modo de trinchera, lo habían transitoriamente confinado. Sus manos fueron eligiendo con criterio suficiente, ya  que siempre satisfizo al adulto, que embolsaba los desperdicios y sobras que le alcanzaba, sin rechazos ni rezongos.

Cuando llegó el momento, fue izado desde dentro del cubículo. Sus pies chorreaban mugre y desperdicios. Sus manos pestilentes y grasientas se limpiaron en el dorso del pantalón corto.

Este “infante” de un ejército que los recluta en la calle, sin uniformes ni cascos, sin zapatos ni bozales sanitarios, ni guantes ni chalecos reflectivos, es el niño al que la FAO dice querer proteger a través de tres objetivos como son la erradicación del hambre, la inseguridad alimentaria y la malnutrición, sosteniendo que las personas (¿entrarán en esta calificación los niños pobres de los cubos de basura?) tengan acceso a alimentos de buena calidad que les permitan llevar una vida activa y saludable.

Dice el poeta Rangel Cruz, en “Un mundo de basura” ….»[…] Pero los niños siempre esperan, siempre sueñan que aparezca, en medio de los desechos algún juguete. Para imaginarse la alegría. Para olvidarse de la muerte”