por Noé Jitrik 

Poco a poco me voy dando cuenta de que ignoro mucho de la vida y avatares de amigos de larga data y no sólo muy queridos sino también coparticipes de situaciones y momentos muy duros; sé, por ejemplo, que con algunos compartimos tareas o responsabilidades o acciones o diversiones o empresas comunes, con otros exilios y necesidades de diferente tipo, en particular durante la dictadura, lo que no significó necesariamente eso que se llama “saber”. Pero también de a poco se va desgarrando el velo de esa ignorancia y, como me sucedió hace poco en una conversación más abierta, voy sabiendo más, o comprendiendo o dándole un signo diferente a lo que ya sabía. Se trata, en este caso, de conductas de la dictadura que adquieren en esos privilegiados momentos de conversación una dimensión que estaba anegada por las atrocidades que, increíblemente, ejecutaban con el orgullo de los ángeles de la muerte y que tenían por objeto, a partir de un objetivo –un montonero o un erp o cualquier otro “subversivo”- eliminar a los demás miembros de sus familias, padres, hermanos, abuelos, hijos, ni qué decir, hijos en gestación. Es un tema, no me cabe duda, que debería dar lugar a una investigación específica cuyo título podría ser más o menos “Dictadura y familia”. Porque hubo varias familias –los Tarnopolsky, los Bruchstein-Bonaparte, los Oesterheld, los Gerchunoff, los Santucho, los Vaca Narvaja, los Lareu, los Beláustegui-Herrera, y muchos más-, que cayeron en la volteada, total o parcialmente ajenas a lo que motivaba la voracidad de la represión. No lo voy a hacer, es demasiado penoso para mí, pero eso no impide una ligera reflexión sobre lo que llevó a tamaño suceso: es posible que sea un resto criollo de los planes eugenésicos que elaboró el nazismo y que la dictadura ejecutó. Lo prueba el secuestro de bebés y su entrega a familias “respetables”, o sea a asesinos como quienes cumplían con ese programa de limpieza étnica.

Me pregunto, no debo ser el único, cómo puede sobrevivir la masa de jubilados que existe en la Argentina. Deben ser más de once millones, supongo que en su mayoría del haber (palabra de sentido múltiple) mínimo. Sin anestesia, el Gobierno, que prometió un cambio y lo está ejecutando, les quitó, por empezar, el acceso a los medicamentos de modo que si quieren cuidar de su salud no les queda más que peregrinar a esos lugares de exterminio llamados “farmacias”; el aumento constante en los precios de los alimentos contribuyen más que a un desvalimiento a una promesa de desnutrición; si se añade a este grupo de sustractores los alquileres y los fantásticos servicios no es difícil conjeturar que muy pronto el proyecto de este gobierno de eliminar a los elementos sobrantes de la población tendrá un gran éxito: muchos viejos morirán, no tienen mucho porvenir. Pero de algo hay que felicitar a este gobierno: su plan de exterminio excluye campos de concentración, pestes y desapariciones. Mucho de qué jactarse.

No puedo dejar en el olvido mi asistencia a un coloquio cuyo título, “Excedente, basura, restos”, tiene que ver con la palabra “exterminio” que cierra mi registro precedente. Algo dije en la ocasión pero ahora puedo extender el razonamiento. Por de pronto, y es importante señalarlo, la palabra “basura” es un sustantivo –el hecho material de los desperdicios, lo eliminado de lo que en principio es eliminable- y un adjetivo – que se aplica a algo que se considera, después de una valoración, despreciable. En cuanto al hecho material algo valioso se puede rescatar, alimentos y otras cosas reciclables (cirujeo) y, en gran escala, se lo puede convertir en gas, esto significa que lo desechado por unos puede ser valioso para otros, incluidos los artistas (“arte pobre”); en cuanto al adjetivo su consistencia se basa en lo que proviene de un aspecto del sustantivo, lo despreciado; pero en ambos casos porque recibe del sustantivo un resto de significación, tan fuerte que una vez aplicado es difícil volver atrás. La basura, entonces, es lo que se considera muerto porque no vale nada o es apenas escasamente valioso. El valor, por lo tanto, está por debajo del concepto y lo sostiene: nada de valor, un poco de valor. Pero también algo que tiene valor puede conservarlo pese a todo uso y desgaste, o bien ser convertido en basura, basta con despreciarlo: su final es próximo, se procede a eliminarlo. Y aquí viene para qué sirve este razonamiento, es aplicable a una sociedad, la nuestra: si ciertos elementos son despreciados aunque no sean en sí despreciables, los viejos por ejemplo, pueden ser convertidos en basura y eliminados: los enfermos, los homosexuales, los gitanos, los judíos eran basura para los nazis, a los hornos crematorios para acabar con ellos. Y, sin ir más lejos, en nuestro gobierno, en nuestro país, al descuidar a los ancianos, que no producen sino que exigen, que, en pocas palabras, son una carga, jubilación y hospitales, se los convierte en eliminables a corto o mediano plazo. ¿Explica esta idea de la basura el plan del grupo gobernante? Nos aproximamos, y no es poco, a una explicación.

De pronto, sin ningún llamado del exterior, se me representa la escena central de El ángel exterminador, de Buñuel. Los invitados a una fiesta, trajeados los hombres y con galeras y vaporosos vestidos las mujeres, muy animados todos y hasta contentos de estar ahí, van entrando a una gran casa mientras las sirvientas se retiran al mismo tiempo; cuando todo parece haber terminado intentan irse pero algo los detiene, no pueden salir, no pueden retirarse pese a que en principio nada lo impide o, mejor dicho, lo impide una inexplicable fuerza interna que les permite moverse y discutir pero no salir. Tanto dura el encierro que empieza a pasar de todo, las ropas caen, la comida desaparece, hasta prenden fuego con las maderas de los pisos; en suma, se van degradando. Cuando por fin salen, como si siempre lo hubieran podido hacer, son otros, no se sabe si aprendieron algo o sólo les queda una inexplicable perturbación. No faltan las interpretaciones: que esos burgueses, y por lo tanto la burguesía, no entienden lo que les pasa, que están presos de sus limitaciones, que los espera la degradación mientras el proletariado se salva. Puede ser eso y mucho más, puede ser, por ejemplo la imposibilidad de comprender que el encierro está dentro de uno y que eso tiene que ver con la historia misma de la humanidad, la lucha de clases y a ver quién sale del atolladero. Quizás, por culpa del fastidio que me provoca el grupo que responde a la designación “macrismo”, exagere un poco las analogías pero me arriesgo, las analogías son muchas, mutatis mutandi,y ésta vale la pena, es como otra película. En efecto, el grupo macrista entró a la Casa rosada como a una fiesta, todos muy bien vestidos, diseminando vulgaridades, con la intención de pasarla bien. Como los personajes de la película no pueden salir de su encierro y, en consecuencia, es fatal que se degraden: lo prueba las absurdas medidas que están tomando, muchas pero, en particular la grotesca patraña de los dineros de Cristina, una verdadera proyección de los propios latrocinios. En la obra de Buñuel el proletario se salva, en esta película, que miramos espantados, nadie se salva. De ahí que sea igualmente vano el llamado de algunos sensatos, economistas de lenguaje enrevesado, a que el gobierno tome medidas: no las puede tomar, sólo les queda a los que fueron a la fiesta esperar a que se les abran las puertas para poder escapar.