por Noé Jitrik

Empiezo por lo último que me pasó: se fundió el foco de la lámpara que está en la cocina. Lo reemplacé por uno igual que había comprado dos días antes: era de fabricación nacional y lo elegí para no dejarme tentar por las innumerables LED que están puestas en el super junto a quesos franceses. ¿Cometí un error? No aprendo: dos noches antes había estallado otra, del mismo patriótico origen, a causa de un inexplicable corto en la lámpara.

Estos fundamentales hechos no fueron los únicos que llenaron mi día: mi teléfono inalámbrico, que había sido reparado unas cuatro veces en las dos últimas semanas en un negocio atendido por gente muy simpática, estaba, al reinaugurarlo, completamente mudo. Como hay otros tres aparatos en casa no era de preocuparse, no estaríamos incomunicados; uno de esos recibe llamadas de afuera, lo que no está mal, pero no permite llamar desde dentro: invariablemente suena ocupado, lo que no es real.

Por suerte, la televisión funciona aunque se mantuvo inerte durante una semana. Como está ligado a Cablevisión, empresa a la que gracias a Dios no le va mal, lo que se ve cuando se pone en funcionamiento es una interesante oferta publicitaria: dan ganas de viajar, de cambiar de auto, de ponerse cremas por todas partes, en suma de vivir como corresponde. Por añadidura, la misma empresa me llama por teléfono dos o tres veces por semana ofreciéndome de todo. Antes, observo, me burlaba de quienes llamaban, ahora soy cortés, después de todo quienes me hablan no son Magnetto ni la señora de Noble ni sus presuntos hijos de manera que no tienen la culpa de ser pesados y no les importa mucho que  interrumpan mi comida, mi trabajo o mis reflexiones cuando logro tener alguna.

Hace unos días fui, otra vez más, a la Farmacia. El medicamento que compré costaba, el 19 de junio, 991,05 pesos; ahora 1.012,07. No es mucho lo que aumentó lo cual me impulsó a felicitar al empleado que, con expresión melancólica, soportaba quejas de otros clientes. Mi prepaga me hace obtener un descuento del 40%, lo que no está nada mal para mí pero no puedo dejar de pensar en los millones de personas que en este país no llegan a comprarlo ni con descuento. Me inquieto, pero no por esa gente sino por los laboratorios que seguramente no ganan lo suficiente y encuentran comprensión en el gobierno que les permite ponerse al día con los precios. Mi medicamento me sirve para regular mis micciones de modo que quienes no acceden a él y lo necesitan como yo ser las arreglan como pueden, o no orinan, es cosa de ellos, o lo hacen en sus ropas, también es cosa de ellos.

En la antiguamente sensata calle Tucumán veo que un negocio se titula “Bakery”, antes se llamaba “panadería” y otro “Healthy” que ofrece “coffee” con “croissants”. Otro pone precios en “off”, antiguamente “rebajados” y exhibe “soldes”, los viejos “saldos” que al final de cada estación nos tentaban tanto. En una vidriera leo “Winter sale”, o sea “Liquidación de invierno”, otro mundo. Me siento en la Quinta Avenida de Nueva York (Ñiuyor”), conectado, mundano y en el mundo, a la altura de Mirtha Legrand cuando nos confía que Ricciardi nos propone gargantillas de diamantes con un robusto 5% de descuento. Interesante mundo con el que soñaron, me imagino, inquietos votantes de Macri.

Esta mañana, durante el desayuno, Tununa me contó un sueño: estando en una playa se le cae su reloj y no lo encuentra; comprueba que se ha quedado sola y cae la noche. ¿Qué es perder el tiempo, le digo? Y, de inmediato, ¿se puede ganar el tiempo?

Y otra más: no funciona el secador de pelo; al parecer la electricidad está en pugna conmigo, no entiendo por qué me considera su enemigo. Celebro los aumentos periódicos y constantes del servicio e imagino adónde van y quiénes disfrutan de ellos: estoy contribuyendo a tal disfrute y eso, por las dudas, me induce, no obstante, a andar apagando luces prendidas inútilmente durante el día con tanta obstinación que se convierte en una manía que me quita otro orden de pasiones.

Dejar vivir es mi consigna, a los otros por supuesto, aunque uno viva un poco menos; por eso, pago la cuenta del dentista sin abrir la boca, por no decir sin pestañear que eso lo hago cuando tengo que pagarle al óptico. Después de todo hay que pensar en la salud, no en el dinero que, como todo el mundo sabe, viene y se va. ¿Y adónde va el que se va? No me atrevo a pensar en nuestros gobernantes actuales que, como ya tienen bastante, no van a andar quitándonos monedas a nosotros. Me impresiona ese argumento en boca de una vecina cuando sale a pasear con su caniche y se cruza conmigo, de regreso del mercado donde conseguí tomates a 40 pesos el kilo.

En un locro ofrecido con su generosidad habitual por mi entrañable amigo Ricardo Zambrano escucho fascinado cómo toca la guitarra y canta canciones totalmente marxistas Abelardo Mansilla, un villero iluminado por la gracia. Tanto que aportó las imprescindibles empanadas criollas, carne a cuchillo. Me confiesa que en el 2015 votó en blanco porque Scioli habría hecho lo mismo que Macri. Quiere decir, le digo, que Macri tenía razón. No lo había pensado porque, a decir verdad, lo vitupera con ganas y convicción, pero tarde, y reconoce que en realidad no se sabe lo que habría hecho Scioli. Admito que Scioli no era la octava maravilla pero de qué grado de maravilla se puede vanagloriar Macri: ¿del segundo, del tercero? Abelardo canta y olvidamos todo, como hacemos cuando nos encontramos con algún arrepentido y tenemos que admitir que meter la pata tiene un costo y es difícil redimirlo.

Y sigo con la electricidad: se quemó un faro delantero de mi coche; llamé a mi mecánico, un amigo, y quien me atendió, su hijo, me informó que había muerto unas semanas antes. No sé si su muerte tuvo que ver con una cuestión de ánimo -la política de los egresados del Newman algo tiene que ver con el decaimiento anímico-, en otros casos de deceso estoy seguro de que así fue, por ejemplo lo que le pasó a mi amiga del alma Otilia Vainstok, que no pudo resistir la oleada macrista. Creo que pensaba que el lenguaje de ese grupo era cenagoso.

Hay recompensas: a propósito de la despenalización del aborto el enfrentamiento en el Senado de Alberto Kornblihtt con una señora tucumana que seguramente, porque balbucea y emite rematadas tonterías, se siente algo culpable, algún abortillo debe tener en su historia, así como muchas otras señoras y señores que también se oponen cargando en su memoria las veces que tuvieron que recurrir a ese expediente. Lo que no termino de entender es cómo alguien así, la tucumana de marras,  puede, en el Senado, decidir por cosas que pueden afectar mi vida. Por suerte, el Presidente veta algunas, pero aunque no las que nos perjudican. Sin embargo, no deja de ser interesante la idea de que el mundo puede llegar a ser dirigido por una corte de imbéciles: los imagino babeando y diciendo insensateces lo más campantes. No es una pesadilla: es una posibilidad.

¿Tiene eso que ver con mis problemas eléctricos y telefónicos? Probablemente, pero no puedo, ni siquiera a solas con la pantalla blanca, razonar probabilísticamente sobre tal relación. Sólo advierto que las dificultades que he consignado vienen todas juntas, en un agresivo pelotón, justamente cuando el conjunto está aplastado por muchas otras que estaban en la sombra, aguardando el momento de caerme encima. En esos momentos de mala suerte, exquisitamente privilegiados, uno se tuerce un pie, llega de noche a una invitación a comer al mediodía, el gobierno anuncia que no habrá un aumento del 15% en la jubilación sino el 4, intentan venir a comer a casa dos o tres amigos cuando no hay casi nada en la heladera, uno o más bancos exigen depósitos urgentes porque han llegado cuentas tan inesperadas como olvidadas, aumentan las expensas, ganan las elecciones los macristas, se declara una súbita hipertensión acompañada por un principio de hipoacusia, se descompone el inodoro del baño, uno se cruza con una procesión que se dirige al Congreso para impedir que los senadores se decidan a aprobar la ley de despenalización del aborto, la parrilla de la otra cuadra cobra 400 pesos por un bife de chorizo y  muchas otras calamidades más.

Sólo a un negador como yo se le ocurre que puede salir a las cuatro de la tarde de su casa, que está en el centro, para ir hasta Flores en auto. En el momento de la salida todo parece propicio: tomo Montevideo con la intención de llegar a Independencia y disfrutar de los encantadores verdes de los semáforos pero al llegar a Sarmiento no se puede seguir y hay que tomar por la calle del prócer; eso no sería mayor problema si al llegar a Pasteur se pudiera continuar, pero no, hay obras y el desvío a la derecha es obligado; espero poder entrar a Lavalle, cuesta un poco, se logra atravesar Pueyrredón pero pronto otro cierre por obras obliga a regresar por Corrientes, volver al Centro y cruzar nuevamente Pueyrredón hasta Azcuénaga; parece la salvación pero como todos han tenido la misma suerte apenas si el auto se mueve y ya han pasado cuarenta minutos desde que salí de casa, a diez cuadras de donde estoy. Me parece distinguir algo sarcástico en los dos o tres ciclistas que pasan orondos por las bicisendas, como diciendo “se joden”. No se puede ir más lejos que Perón, a la derecha; nuevamente paso por Pueyrredón que está saturada y prefiero seguir adelante: imposible entrar por la izquierda hasta Medrano que, generosamente, me permite ingresar pero hasta ahí nomás: el tránsito padece de una súbita parálisis de modo que cuando puedo me meto por la primer calle que se me ofrece a la derecha pero, mala suerte, a las dos cuadras otras obras obligan a retornar a Medrano que sigue igualmente inmóvil. Me siento un idiota pero todavía capaz de echar toda clase de improperios contra el tipo que ha organizado obras en la ciudad cada dos o tres cuadras, todas al mismo tiempo. Por fin, se produce una exhalación lo que no quiere decir que Independencia esté ahí nomás; nuevas trabas evocan otra vez a Rodríguez Larreta y su ansiedad por demostrar no sé qué cualidad o virtud pero lo que sólo demuestran es que me ha hecho llegar tarde a mi reunión y que me ha fastidiado de lo lindo, como casi todo lo que emprende el conjunto de delirantes cuyo programa básico es que yo renuncie a moverme o que fracase en mis propósitos de hacer algo útil de mi vida.

Al volver a casa la televisión me ofrece la imagen de Mauricio Macri sosteniendo, entrecortadamente, que todo está muy bien y, más aún, que nunca estuvo tan bien. Me da un poco de pena porque, además, se dice que lo “estuvieron entrenando” para decir estas cosas. Y no sólo eso: un fotógrafo de esos que hacen historia captó a la bella Primera Dama mientras su consorte disparaba esos tranquilizadores conceptos. La muestra no acompañando al marido sino muy lejos de la mesa y las sillas ocupados por sus fieles escuderos. No sé por qué me parece ver en su sonrisa dos cosas, una, cierta mofa, otra, yo no tengo nada que ver. No me animo a sacar conclusiones pero percibo en el aire de ese recinto presidencial un rumor, la felicidad que se aleja batiendo sus grandes alas.