Por Noé Jitrik

Creo que para explicar por qué desempleados, pobres, indigentes,evidentes damnificados en lo personal por la política que puso en obra la empresa gubernativa de Macri, es probable que, como lo indican las diligentes, aunque no siempre acertadas, encuestadoras, se preparan para volver a votarlo, se apela corrientemente a interpretaciones que nunca terminan de convencer. La lista es considerable y cada una de ellas llena de orgullo a los que las enuncian. No creo que pueda agotarla pero tampoco me resisto a tener la mía propia. Así, la más orgullosa de sí misma es la que, con el debido respeto, señala que la culpa de ese comportamiento extraño comportamiento la tiene el kirchnerismo; otra, un poco más genérica, recurre a la curiosa teoría de que el que tiene mucho dinero no va a robar; más resignada es la de que “me irá mal pero ya va a mejorar”; más enconada es la de los que lo seguirán votando, sea como sea, pero jamás a la yegua; muy raras son las que le atribuyen alguna virtud como para votarlo; y la más popular es la de la oleada de trivialidad, algunos la llaman estupidez, que flota sobre el mundo y ha llegada a esta sociedad que otrora supo ser una de las más politizadas de la tierra.

La mía tiene otro carácter, en realidad son dos. La primera recurre a la clásica del amo y el esclavo y su variante moderna, el síndrome de Estocolmo, que gusta mucho en los observadores de los efectos del terrorismo, o sea el secuestrado que se enamora del secuestrador; la segunda creo que es más personal, casi antropológica, parte del hecho, que me parece innegable, de que el ser humano en general, todos y en todas partes y en todos los tiempos, están recorridos por dos líneas de fuerza, una la del temor al riesgo, otra la necesidad de tener garantías. ¿Cuál puede ser el riesgo? Pues que le cambien la vida: Macri, que lo ha comprendido bien, quizás es lo único que ha comprendido, asegura con su mera presencia que continuarán con su miserable certeza mientras que otros, desde Cristina a la izquierda, con su mera existencia, prometen una movida, conmueven esa certeza. En este esquema se explica por qué el diligente Pichetto afirma que Kiciloff es comunista: ¿hay riesgo mayor que el comunismo?¿Qué estoy proponiendo? Nada: solamente aceptar el riesgo, tratar de vivir en otra esfera, en otra posibilidad. Como se pudo comprobar el 11 de3 agosto no hubo nada de eso. ¿Por qué no elimino, entonces el fragmento? Simplemente por mostrar que el exceso de interpretación puede errarle al bochín, lo que ocurre en el cráneo de los millones que deciden es misterioso, puede ir para un lado u otro, ignoramos qué los lleva para aquí o para allá.

A veces pienso que no valoramos “todo” lo que es el macrismo. Sorprende lo que está oculto en su pensamiento, más que político, pragmático. Habría que ser más abierto y tratar de indagar para lo cual hay que salir de la actitud de rechazo que provoca, y no se culpe a nadie por reaccionar, esa especie de hueco que producen las intervenciones orales de su Mahoma. En algún momento me fijé en lo que ahora estoy considerando pero le di otra vuelta; se trata de la frase, apenas una exclamación, con que termina la apertura de cada programa que emite la radio nacional: “La 97.6, Radio Nacional Clásica, Argentina y de todos”. Ese “de todos” es muy significativo, propone, prima facie, una oposición a un antes perverso en el que la radio y la música era de unos pocos, excluyente y elitista, y también, que es lo que importa, una especie de propiedad colectiva que sería lo propio del discurso socialista y aun comunista: ¿no es esa la finalidad del comunismo, que la propiedad sea de todos? O sea, Macri, involuntariamente, no se le podría adjudicar una voluntad consciente, comunista, su familia y sus socios podrían espantarse si se dieran cuenta de ese riesgo. Supongo que si alguno de los que lo acompañan leen esta breve reflexión pronto será eliminada la frase y se volverá a la amable y neutra manera de abrir un programa musical, que me parece que sigue siendo bueno.

Y esto del comunismo devuelve a lo que la palabra implicó en el escenario electoral que se nos precipitó. Volvamos pues a Pichetto. Me atrevo a decir que hubo cierta vacilación en su manera de atacarlo, no otra cosa pretende en la instancia política actual: si no hubiera habido elecciones y Kiciloff no hubiera sido candidato probablemente no se le hubiera ocurrido, después de todo es un hombre del siglo XXI, que debe haber padecido la brutalidad de la dictadura militar, sacar del fondo de su memoria los argumentos del marxismo primero y el comunismo enseguida.

Vacila, primero menciona el marxismo, pero sabe que no es suficiente para condenar a nadie porque sabe que en democracia todo el mundo tiene derecho a pensar como quiera y, además, no puede no saber que el marxismo es una filosofía como cualquier otra, un intento de comprender y  enfrentarse con la realidad y por qué sería más cuestionable que otras, el idealismo berkeleyano, el tomismo, el existencialismo, cristiano o laico, la fenomenología heideggeriana, el espiritismo lopezreguista, etcétera:de seguir siendo kirchnerista ¿habría denunciado a Patricia Bullrich por ser existencialista o a Von Wernich por ser tomista? ¿Cuál le gusta más? ¿Cuál le parecería más propia y adecuada para el conglomerado llamado Argentina? Entonces, indeciso, menciona el comunismo. ¿Se refiere al partido político que lleva ese nombre? Pareciera que no pues, ayudado por los servicios de información, sabe que el joven Kiciloff nunca formó parte de las huestes de ese partido cuando tenía huestes, sabe que después de la caída de la Unión Soviética y su regreso al materno hogar del capitalismo, la palabra comunismo forma parte de la dialéctica del deseo, no del peligro.

Quiere creer, por lo tanto, que sigue siendo sinónimo del peligro en las almas puras del argentino cien por ciento, ése que siente ese peligro como próximo, o sea el que, cada vez menos, debe adherir al viejo “Dios, Patria, Hogar”, de los perimidos fascistas, y teme que si Kiciloff llegara a ser gobernador –cosa que está a punto de ocurrir- va a instalar koljoses, kibutzes o, por lo menos cooperativas, qué espanto para las vacas que pueblan nuestras maravillosas estancias.

Quienes hayan visto esa serie titulada “Breaking Bad” deben considerar que se trata, como parece evidente, no sólo del narco y su mundo, sino también del proceso mental de un hombre que pone todo su talento para aprovecharse de ese mundo pero que no tiene otro remedio que envilecerse. Pero hay más cosas, de ahí la inteligencia de la serie. Rescato una: cuando su mujer se entera de que su marido anda en ésas se espanta, se quiere separar de él, no quiere saber nada con los montones de dólares que guarda como producto de la droga pero, de repente, cambia y empieza a pensar pragmáticamente, algo así como “ya que están hagamos que sirvan para algo”. Ese algo es un lavadero de coches que le parece buen negocio, se lava, se cobra y no se informa; le tiene puesto el ojo a uno que funciona bien, se acerca y le propone al dueño que se lo venda; ese buen hombre se niega, le gusta lo que hace, no necesita venderlo. Ella, ingeniosa, se las arregla para obligarlo: con la ayuda de algún delincuente rompe un caño o un ducto, ya no recuerdo qué, y lo denuncia a las autoridades que, prestamente, verifican y le aplican una multa de dimensiones que, obviamente, ese afligido dueño no puede pagar. Vende y por mucho menos de lo que le habían ofrecido inicialmente. ¿No describe esta situación con brutal delicadeza la moral del capitalismo? Sostener con palabrería que la competencia es su base ética pero tratar de eliminarla valiéndose de todos los medios que el ingenio puede procurar, arruinar al competidor es casi la ley primera. ¿No es lo que pasó con los teléfonos, por dar un solo ejemplo, durante el menemato, cuando Neustad hablaba de la pobre Doña Rosa? Funcionaban tan pero tan mal que hubo que venderlos ¿y a quién?

Dejo colgando la respuesta que, en cambio, me parece clara en el tema de Aerolíneas Argentinas: se compite con la empresa en una guerra feroz de precios, de inmediato se denuncian sus formidables déficits y entonces qué se puede hacer. Obvia respuesta: vender y quién, obvia respuesta, puede ser el comprador, obvia respuesta, aquellos que emprendieron la guerra de los precios y que este comprensivo gobierno ayuda y a lo mejor hasta alberga.