Colaboración: Noé Jitrik.

Me temo que las notas que siguen sean consideradas, con razón, anacrónicas, sobre todo después de las elecciones, cuando todo el esquema político está a punto de cambiar. ¿Está a punto de cambiar? En un aspecto sin duda: no tener que ver y soportar al mejor equipo de los últimos 50 años es un alivio, imposible negarlo, ¡qué poca suerte la nuestra haber tenido que soportarlo! “Era macrista”, expresión que preside estas páginas de diario, está a punto de perder sentido, ¿no tendría que referirme más a lo que va a venir? Seguramente, pero lo que estaba redactado va a situaciones que si bien el macrismo suscitó tienen, creo, un alcance mayor, no me gustaría que se perdiera desplazado por una actualidad que tiene una forma indecisa si bien prometedora de algún bien. Iremos viendo, nos cabe ser observadores, no deberíamos impacientarnos, mucho tenebroso dejan los que se van, cómo los que llegan traerán un poco de luz. Entretanto, no deja de excitar la relación entre lo inmediato, desalojar por las buenas al “mejor equipo”, y lo mediato, eso que se podrá hacer, también por las buenas. Grave problema, tanto como seguir tratando de comprender qué brinda esta fórmula, “Macri fue derrotado, el macrismo no”. Desearía, para dar un paso más adelante, que las sospechas de fraude se confirmaran para recobrar la confianza en el valor de la voluntad popular, en ese caso engañada; si no, deberé creer que un viento raro, una especie de alienante simún, sostiene a un 40% de la población, verificación que no me gusta nada. Como para no aflojar, como para seguir navegando en el charco de la procelosa realidad, indescifrable y atractiva.

Maupassant, agudo observador de las aberraciones que afligían a la sociedad durante las últimas décadas del siglo XIX –no era el único, Zola lo había hecho sistemáticamente en Francia e incluso en la joven Argentina había quién registraba las anomalías que como pústulas hacían despertar del sueño del progreso- había publicado en una revista una breve narración, mitad crónica mitad cuento, que tituló “La madre de los monstruos”. No es un gran cuento pero tiene interés. Resumo el argumento. Una campesina queda embarazada; como teme perder su trabajo para que no se note se aprieta el vientre durante todo el procesocon un corsé primero y luego con toda clase de artefactos que su imaginación le proporciona; cuando por fin da a luz lo que sale de su martirizada entraña es un objeto horrible, quienes lo ven creen que es el propio demonio. La mujer querría eliminarlo pero no la dejan hasta que un empresario de fenómenos le ofrece comprarlo y ella acepta, nada le cuesta desprenderse de semejante horror. Pero como no es tonta y piensa exactamente como los emprendedores del dinámico capitalismo de su época imagina que en sus embarazos reside su fortuna: se hace preñar, domina su vientre y pare otros monstruos que del mismo modo que el primero vende y le van proporcionando un bienestar que como campesina no habría tenido jamás. El narrador es informado que ha tenido once hijos de esta especie, una verdadera industria. El cuento propone varias interpretaciones: las dejo y pienso solamente en las madres de otros monstruos que tenemos más cerca, por ejemplo y en primer lugar, la mamá de Bolsonaro y en el método que pudo haber empleado para entregarle al pobre Brasil tamaño fenómeno; o en la madre de Donald Trump y, en orden descendente de importancia, la de Boris Johnson y siguen las firmas, tampoco nos faltan entre nosotros. Quizás no vendieron sus productos, ellos mismos se encargaron de hacerlo, lo interesante es quiénes los compraron.

Creo que no hay que asombrarse de la ocurrencia del gobierno cambiatutti, seguramente no será la última hasta que se desvanezca en diciembre, me refiero a la importación de la basura. Por supuesto que no faltan ni faltaran las críticas a esa maloliente iniciativa pero a mí me interesa su valor simbólico;empiezo por señalar que no me parece extraño que se les haya ocurrido considerando los efectos de la sabia política económica y social que han puesto en marcha y ejecutado en los cuatro años, casi, de gobierno.En efecto, dicha política puede ser reconocida como eliminatoria pero no de los residuos del consumo sino de las personas. Es cierto que no ha implicado una mortandad numéricamente importante pero hay señales de que se encaminarían a ese objetivo, a mediano o a largo plazo: los indigentes sobran, los ancianos peligran, los desempleados aumentan, es evidente que la idea-sentimiento que está en el fundamento de su política es que hay un sobrante humano en el país que sería más viable con algunos milloncejos menos de personas que sólo implican gastos. Basura, pues, eliminación y valor adentro, basura de afuera para comprar y ayudar al primer mundo productor a seguir siendo primer mundo y productor.

Es un lugar común en estos años decir que estamos en crisis; de una u otra manera muchos lo expresanpero, desde luego, no es igual para todos: una cosa es la de los que no pueden acercarse a su propia mesa para comer y otra la de los industriales que se ven obligados a parar la producción y a echar a empleados pero también es cierto que hay una estrecha relación entre ambas categorías y lo que está entre ellas. Además está el hecho de que ésta no es la primera que ha padecido este indeciso país. A mí me tocaron varias: la primera fue la del 30; no me di cuenta de que se estaba produciendo pero mi padre sí, perdió todo lo que tenía; después vino la llamada “década infame”, que duró más de 10 años, y durante ese período al mismo tiempo que yo crecía en casa se vivía la pobreza como si fuera natural, no se analizaban las causas. Ya de grande me tocaron varias, para qué enumerarlas, alguien podría pensar que me estoy quejando lo cual no es agradable para nadie. Importa la actual y las maneras de vivirla: me interesan por cierto casi todos los aspectos en los que se manifiesta, leo vorazmente las informaciones respectivas y lo que se produce pero me detengo en uno en particular: la crisis de la argumentación, no menos grave que la económica, la social y la política. Explica mucho de lo que pasa, en especial la resobada grieta: el modo CFK de explicar es la fuente del rencor de los que se rehúsan a hacerlo y se limitan a afirmar lugares comunes. La situación es grave, algunos, sin invocar el tema, lo llaman “quiebra cultural”, y quienes lo advierten y lo sienten consideran que será muy difícil lograr una recuperación. El hecho es que haber renunciado a la pregunta básica, “¿por qué?”, ha conducido a una especie de abismo comunicativo, enfermedad para la cual el primer remedio es que los que han generado este espasmo se borren, o, más promisoramente, sean borrados. Los remedios que habrá que administrar después  vendrán si se comprende el problema.

Con toda seriedad, como si emitiera un juicio inapelable y muy maduro, la diputada Graciela Camaño –la he visto respondiendo a una inquietud de un periodista de televisión- define a Cristina Fernández: es astuta y muy ambiciosa. Creo que tiene razón, haber imaginado la fórmula F-F prueba lo primero aunque el adjetivo podría ser otro, podría haber dicho, por ejemplo, inteligente y política, astuto es un tanto despectivo, es como una cualidad menor y de la cual, si se le atribuye a otro, hay que cuidarse: es como viven a Cristina Fernández desde Macri hasta Majul, por indicar una escala descendente. Más inquietante es el segundo término, hace pensar: desde luego que en lo personal una persona detectada como ambiciosa es un peligro pero cuando alguien pone su vida en lo político no puede sino ser ambiciosa, ambiciona el bien público, porque si no no sería un político y, necesariamente, ambiciona el poder porque si no no lograría ese perseguido bien, aunque es cierto que con harta frecuencia las dos dimensiones, la puramente personal y la esencialmente política, se confunden. Quiero creer que no sería el caso de la propia Camaño, su carrera política –llegó a ser Ministro de la Nación, seguramente ambicionó serlo- lo probaría pero tampoco el de Cristina Fernández, tan maltratada por ambicionar lo que justifica a todo político auténtico. De modo que la rotunda afirmación se come la cola, el muerto se asusta del degollado podría decirse, qué cree la diputada Camaño que está diciendo.

Es curioso cómo muchas personas ignoran el espacio en el que se desplazan. No es el caso de los habitantes, sobrevivientes sería mejor decir, de las villas, ellos saben muy bien qué es porque saben que no poseen ni un pedazo de espacio; creo que ese saber está en el origen del grave problema de la vivienda pero no es a es a lo que voy sino a la percepción, al darse cuenta y a todo lo que resulta de ese darse cuenta, saber dónde uno vive es lo primero y quién lo posee y quién no. Pero eso no es todo. Ahora quiero pensar en una historia, la de lo que se hizo en el espacio de esta ciudad y que se puede apreciar, esa historia no es demasiado larga, sus más que vestigios están a la vista y lo curioso es la actitud de quienes, y son muchos, no lo ven, el fenómeno no les dice nada. Me refiero a los edificios monumentales que aún quedan, institucionales y privados, y me pregunto cómo fue posible que se construyeran, qué cantidad de dinero fue indispensable para obras como el Colón, los Tribunales, el palacio Anchorena, el Barolo, el Correo, el de la familia Paz y el de Harilaos, el Errázuriz y todos los que subsisten en Buenos Aires y en La Plata, en Rosario, en Mar del Plata y en todo el país. Hay mucho escrito sobre eso pero lo que ahora pienso es que, hicieran lo que hicieron, dispendios y lujos, riquezas enormes junto a miserias igualmente grandes, los ricos de las primeras décadas del Siglo XX, la oligarquía tan justamente puesta en el banquillo histórico, dejaba en el país gran parte de su dinero, no me atrevo a decir que todo, mientras que los ricos actuales lo sacan, lo mandan al exterior, paraísos fiscales o inversiones, vaya uno a saber de qué trapisondas son ingeniosos autores, pero nada aquí y si algo construyen es para poder mandar más ganancias afuera. Aquello no vuelve más: palacios y casas son testimonios mudos de una relación con el espacio que hay que ver, lo de hoy es aprovechamiento y rentabilidad, qué pobreza.