por Noé Jitrik 

¿Cómo dejar de lado lo que sucede en Venezuela desde mediados de Enero? ¿No hay nada que pensar? ¿Las cartas están echadas? La repercusión mundial que ha tenido este episodio me recuerda la que en su momento tuvo la revuelta franquista. ¿Por qué será tan importante? ¿Qué se juega con la caída de Maduro, que no parece ser el peligro supremo, y del proyecto chavista? Es imposible separar esta situación del vuelco que ha sufrido América Latina en estos últimos años: es como si todo se exasperara y se impusiera una lógica de la coherencia, como si se dijera “no puede ser que eso subsista cuando todo va para otro lado”. El otro lado ya se sabe lo que es o, por lo menos, tengo la pretensión de saber. La fuerza del vuelco es tal que es como para desanimarse pero yo, por lo menos, me resisto y pretendo ver lo que pasa en Venezuela, porque no se puede evitar,  “sub specie eternitatis”, o sea como siempre. Supongo, por lo tanto, que eso no empieza ahora aunque da la impresión de que puede terminar muy pronto dejando en el camino cierta cantidad de viudas y huérfanos. Evoco el momento en que personas esclarecidas como Rómulo Gallegos o Rómulo Betancourt encarnaron el fin de las horribles dictaduras que atraparon a ese país, así como a unos cuantos otros, como indicando que hay oleadas históricas y que lo que empieza en uno contagia a los demás. Cuando esos hombres reiniciaron una historia diferente, que también se reinició en otros países, se encontraron con que había, en el fondo de la tierra, una sustancia, el petróleo, cuya explotación permitiría hacer algo nuevo y diferente, más amable.  No ellos sino los que siguieron, democracia mediante, se creyeron ricos y vivieron una ilusión, todo era posible porque todo se podía comprar: en uno de mis primeros viajes un ex guerrillero, whisky en la mano, me dijo, para asombrarme, que el hielo que moderaba su licor era de agua importada de Escocia. ¡Revelación! Todo lo demás, por abajo, venía del exterior, muy poco se producía.Ideas sí:el presidente Carlos Andrés Pérez había conocido a Ángel Rama, lo había escuchado y había propiciado la creación de la Biblioteca Ayacucho, algo de qué enorgullecerse; Tomás Eloy Martínez contribuyó a crear un diario, León Rozitchner enseñaba en la universidad y la familia Sadosky, entera, investigaba los sutiles meandros de la matemática, los poetas se multiplicaban, y de qué manera, en la Sabana Grande. No sé cuándo todo eso se arruinó sin que cambiara la orfandad de la producción. Fue la corrupción o fue el precio que los países árabes le pusieron al petróleo o el sempiterno vigilante norteamericano cuyo respeto por el otro deja un tendal en el camino, o la falta de respuestas para hacer un gran país o tan sólo un país; el hecho es que, de pronto, una encerrona y la aparición de un militar que no intentaba hacerse dictador, como lo pedía la tradición, sino que iba descubriendo eso que se denomina “socialismo”  y, obstinado, necio, creía que era posible porque, otra vez, el abundante petróleo lo podría sostener. Una conclusión posible convoca a una pregunta central: ¿es posible una empresa socialista, o por lo menos socializante, cuando están en pie las columnas principales del capitalismo? ¿Habrá que esperar a que el capitalismo se pudra para que un socialismo tenga chances no sólo de capear tormentas como la que está destruyendo a Venezuela sino de realizar las transformaciones necesarias para crear sociedades más justas? ¿O es posible igual, simplemente apelando a mejores cualidades humanas, a pensamientos sólidos, a conciencias lúcidas, aunque no haya qué comer?

En un encuentro fugaz, en medio de la noche, un hombre apenas conocido pero que siempre me llamó la atención –mata de pelos enrulados sostenidos por una gorra astrosa, algo encorvado sin ser viejo, sonrisa entre dientes, albañil de a ratos, todo tipo de trabajo- a mi pregunta acerca de cómo le va responde, socarrón, “mande quien mande yo siempre trabajo, no me queda otra”. Dicho esto a modo de despedida se aleja paso a paso y me deja pensando, su declaración parece obvia pero, en relación con lo que yo esperoen estos momentos, la veo desarticulada, o sea que su programa de vida está limitado como siempre, no lo vincula con el ataque que viene sufriendo el trabajo, la economía y la vida en general de este país y que, según lo veo yo, afecta directamente a gente como él puesto que, por empezar, sólo puede trabajar si otros tienen posibilidades de darle trabajo. ¿Por qué, me pregunto, a él no le preocupa lo que me preocupa a mí, o sea la marcha de la totalidad del país, en suma ese asalto al poder y a la razón que implica el llamado “macrismo”? Él y varios millones más no parecen conmovidos por lo que le pasa a Milagro Sala; ni siquiera han reparado en que Santiago Maldonado murió de mala muerte; no les parece ni bien ni mal que los miembros del gabinete tengan millones guardados en paraísos fiscales ni que los jubilados, salvo si son de su familia, apenas sobrevivan, así como les resbalan tantas otras desdichas. Para esos millones, como para Aldo, el albañil del cuento, todo ese inventario es un dato menor, es como la lluvia, siempre llovió y mojó, siempre fue así. Situación de fondo: ¿por qué a esos no les afecta lo que me afecta a mí? ¿Dónde está la diferencia? ¿Ellos son realistas y yo no? ¿Quién está equivocado? Tal vez ninguno de los dos, la diferencia reside en las respectivas relaciones con la estructura de la producción: ellos, todos, dependen del sistema, hay trabajo o no hay trabajo y la jubilación es una magra recompensa, la salud pública deficiente, la luz, el agua y el gas brutalmente extorsivas, la policía es brava y la seguridad nula; en cambio yo, y el sector al que yo pertenezco, dependo del Estado, de una u otra manera, por el empleo, por la ubicación social, etcétera. Eso crea la diferencia: a ellos que venga el FMI o lo ignoran o les da lo mismo, qué va a cambiar, a nosotros nos indigna, que todo se privatice en qué los afecta directamente, a nosotros nos parece una barbaridad y así siguiendo. Por supuesto que esto que acabo de consignar es una antipática generalización o, tal vez, con suerte, un principio de discusión que, creo, no tiene lugar todavía.

Yo no pondría tanto énfasis en lo que se ha convertido en un lugar común, de una obviedad apabullante: ¿por qué no se termina de producir la unidad entre los opositores al macrismo? Así lo sentencian, con un leve dejo de fastidio, como si esos desunidos fueran unos necios que no respetan la impaciencia de los que esperan la unidad. Si pudiera les diría, cálmense, llegado el momento o la oportunidad las diferencias desaparecen, alguien canaliza lo que hay de común en todos los desunidos y se logra derrotar al enemigo de todos. Luego, las diferencias reaparecen porque nunca se ha visto unidades perfectas en quienes expresaron tajantemente diferencias. Diría, además, como respondiendo a una lógica del poder, que ser oposición no es sencillo, nunca lo fue en dictadura –Trotsky se vio en eso y cómo le fue-, tampoco en democracia. Es un tema que exigiría una reflexión ardua y sobre lo cual se me ocurren algunas cosas que, por supuesto, no resolverán nada pero me dejarán en paz cuando escuche la frasecita, “¿por qué no se unen de una vez?”. El opositor parte de una convicción: quien ocupa el poder puede ser perverso, incapaz, corrupto, insensible y muchas otras cosas más, una de ellas o todas juntas. ¿Cómo “se opone”, a alguna o a todas? Cada opositor lo hace desde una historia y esas historias difieren; mientras busca el modo de ser eficaz, esa historia le provee las herramientas que le procuran dos desembocaduras, la crítica o la acción. Como, además, su lugar de enunciación es precario, suele vacilar entre criticar y proponer, o entre actuar y ver qué sucede, se aferra a lo que sabe y lo opone al saber de quienes están en la misma situación. Situación incómoda: ¿se le puede pedir a enunciadores de izquierda que aguanten sin parpadear los argumentos de enunciadores centristas o de moderada derecha? ¿Se le puede pedir a un caudillo que toda su vida quiso llegar a ser Presidente que se aguante las pretensiones de otro que toda su vida quiso lo mismo? Frente a la común aspiración a que la chusma macrista se desvanezca en el aire, aceptando que dejará en su huida un lastre brutal, se habla de “frente patriótico”: ¿entrarán todoslos opositores en ese frente, sin reservas, dejando las diferencias y las desconfianzas en la puerta? Sucederá, no me caben dudas: poco a poco se producirán esos acuerdos por una simple razón, si no lo hacen se los llevará el tren, puede no haber otra oportunidad, todos podrán desaparecer envueltos en las banderas de sus convicciones, murmurando entre dientes que tenían razón y que no se les hizo caso.