por Noé Jitrik

En un día tres encuentros, o situaciones, interesantes si se trata de ir entendiendo lo que está pasando por la cabeza de lo que se entiende por “la gente”. El primero me imparte una verdadera lección de filosofía política: si en Rusia arreglar la economía tardó seis u ocho años no se puede pensar que aquí sólo en tres se podrá hacer pero hay que tener confianza. El segundo una querida amiga estalla y dice que Cristina se llevó un montón de dinero afuera. El tercero es al entrar a mi casa: el portero de noche y un par de colegas están furiosos y me interpelan y yo meto una frase que les parece feliz: “los pobres aman a los ricos”; “correlativamente los ricos no a los pobres”. Los porteros asienten, me sonríen, mencionan a las universidades y a la ciencia y, cuando me despido me dan la mano, una mano ancha y cálida, alguna corriente de simpatía se estableció.

Desde que era niño las fachadas de las casas del centro de Buenos Aires me fascinaron. Las sigo viendo ahora, atenuado su dominio por construcciones posteriores a 1930, otros estilos o ningún estilo. Un ritmo de lo viejo, imponente, a lo novedoso, sin carácter. Esos edificios sólidos, imponentes, en algunos instantes urbanos competidores de París o de Barcelona, tendrían sus equivalentes, pero a lo grande, en piezas como Obras Sanitarias, concebido como si fuera una escultura, o el vigilante Barolo o los antiguos palacios implantados en la Avenida Alvear o en torno a la plaza San Martín aunque también los hay en Rosario, La Plata, Córdoba y otras ciudades. Ahora, es más que evidente, no podrían  construirse, no sólo por la natural evolución de los estilos, ¿qué sentido tendría proponerse un Palacio San Martín, que fuera residencia de los Anchorena?, como por la pérdida de ciertas técnicas y, obviamente, por los costos, quién podría invertir en obras semejantes. Lo cual hace pensar cómo fue posible hacerlo entre 1880 y 1930. Fue posible porque quienes lo hicieron tenían enormes fortunas, eran esos ricos terratenientes o hacendados que configuraban eso que para simplificar se llamó la “oligarquía”, aunque el término se aplica con más precisión a lo político. Quiero decir, entonces, que el dinero que acumulaban lo dejaban en el país, para su propia imagen de poder, sin duda, pero quedaba aquí y se complementaba con otra clase de bienes, artes, modos de vida, hasta empresas culturales. No serían ángeles benefactores pero el dinero que sacaban de los campos podía, inclusive, alimentar a ciertas bocas. Ya no sé si esa gente existe, si no se extinguió luego de procelosas y sórdidas herencias, pero hay otra que también tiene mucho dinero, también proveniente en parte, del campo, en parte de la industria, mucho de los bancos y las finanzas, se sabe en qué país vivimos. Las semejanzas con aquellas son unas cuantas pero las diferencias son muchas; la que me importa destacar es que no dejan el dinero aquí, lo llevan a otros lugares, para qué hablar de Panamá o de Suiza, no construyen palacios ni compran arte, aquí sólo comen en restaurantes caros o viajan al exterior y, culturalmente, costean los estudios de sus hijos en universidades extranjeras, especializadas en administración de empresas y, lo más evidente aún, en negocios.

Podría enumerar todos los pequeños y medianos accidentes o inconvenientes que han venido en tropel hasta mi persona y me han obligado a hacer arreglos incesantes. Es como si casi todo lo me rodea y que facilita mi existencia hubiera estado deliberando en torno a un solo punto en el orden del día de mi vida: arruinármela o, por lo menos, impedirme pensar en cosas más interesantes que el suicidio del procesador de alimentos, el cese de la vida combativa del cortador de pelo, las humedades que infectaron las paredes de mi casa y amenazaron a los libros ahí colocados, el teléfono que se resiste a hacer llamados, el esguince del pie de Tununa, uno de mis ojos renuente a ver más allá de una nube, las mandarinas que empezaron a pudrirse, la factura del gas que es un viento gélido, y tantas otras interferencias en lo que podría ser una vida consagrada a otra cosa, no sé si mejor o peor pero otra. Mejor no sigo, esta lista no tiene nada de edificante y seguro que a nadie le importa pero si lo enuncio es porque es un símil de lo que pasa en el país, como si dos estructuras se superpusieran y me hicieran sentir una nefasta coincidencia. ¿O no será que lo que pasa en el país y que parece conducirlo a la destrucción genera todos estos inconvenientes? ¿Será que el macrismo incita a que se arruinen mis libros o no pueda cortarme el pelo? Que hay una relación entre lo peor que pasa a esa generalidad que llamamos país y lo que les pasa de pronto a los sujetos, no puede discutirse, cuando todo está mal en general todo está peor en particular. Hasta las enfermedades llegan cuando todo se rompe y no se puede ni siquiera comprar aspirinas.

Grata, y desafiante invitación a abrir un encuentro de Bibliotecas o bibliotecarios universitarios y populares del noroeste del conurbano bonaerense. ¿Qué querrían escuchar esos esforzados trabajadores del silencio? Como no lo puedo saber, porque excluyo el saber tecnológico así como la penuria de recursos, me lanzo al infortunio de una improvisación que puede dar un fruto, o perder la escasa estima que esos trabajadores pueden tener por mí. De modo que saludo por empezar, “Buenos días” digo y añado, “deseo pertinente pues el cielo está azul y es transparente y promete una primavera que, social y políticamente considerada, más bien será un otoño que se convertirá en un funesto, insoportable invierno”. Veo los ojos de muchos que conforman el público y creo notar un súbito brillo, ese saludo es algo más pero me arrepiento de parecer profético aunque no sé, en estas circunstancias, cómo podría ser de otra manera que la comunicación que en el momento y en el lugar se puede establecer. ¿Hay mucho más por ahora que esa comunicación? ¿Empezará a haber algo más?