por Noé Jitrik 

Estamos en noviembre, la primavera parece haberse instalado de una buena vez, el tibio aire y el viento fresco así como el ya pletórico verde de las plantas parece indicar que el eterno ciclo no se ha alterado, pronto los brotes se convertirán en flores y éstas en frutos. Los seres que se desplazan por las calles tienen un aspecto tranquilo, diferente del que se percibía hasta hace poco; las mujeres florecen y en los cafés y los restaurantes de Recoleta, Belgrano, Palermo, hombres y mujeres hablan animadamente. Pareciera que todo está en orden, que todo funciona, que es posible la vieja costumbre de prever algo en relación con la propia vida y con el país. ¿Mágicamente? Pienso, más bien, escéptico, que se trata de lo que los antiguos marinos llamaban “calma chicha” porque, en realidad, no hay ningún motivo para pensar que el esplendor que reina en los barrios ricos tenga fundamento, mucho menos para que se pueda difundir en barrios menos afortunados o en los cuales la plata, para decirlo de una vez, no alcanza. Después de la calma suele venir la tormenta: todo indica que no va a tardar.

Pero escepticismos eran los de antes; los de ahora son más bien derrotistas: Bolsonaro va a ganar las elecciones, dicen muchos, no sin amargura, hay que reconocerlo, pero bajando los brazos, a Haddad no lo conoce nadie y, por añadidura, los medios le sacuden noticias falsas, contra ese poder no se puede. Es mejor que Cristina no se presente, dicen otros, millones la odian pese a que ya no quieren a Macri. El problema de la oposición es de doble faz, sostienen otros, sesudamente: por un lado, los diferentes grupos no se unen aunque nadie da un centavo por los que deberían unirse; por el otro, no hay una figura aglutinante y como Cristina no debe ser porque divide no es difícil que Macri vuelva a ganar. Están también los rigurosos, cuya lucidez está fuera de discusión; según ellos no hay mayor diferencia entre unos y otros: Cristina, dicen, ayudó con sus errores a que Macri ganara y, de todos modos, no podría hacer nada diferente de lo que hace Macri de modo que cualquier cosa que suceda, gane Macri o no, les confirmaría que tenían razón. Todo eso me pone como si tuviera que remar contra la poderosa corriente del escepticismo con un modesto bote interpretativo. Ni siquiera eso tengo de modo que me limito a desear que la realidad borre de un plumazo todas esas consideraciones, o sea que en Brasil gane Haddad y en la Argentina Cristina aunque sea tan sólo para ver qué cara ponen esos escépticos.

Escribir no fue necesariamente un tema para algunos presidentes europeos, por ejemplo De Gaulle o Churchill, cuyas memorias son documentos imprescindibles para entender tramos decisivos de la historia del siglo XX; Hitler había escrito algo que tuvo, sin duda, importancia pero luego, ocupado en destruir Europa, dejó de hacerlo; Stalin escribió también durante un período, casi filosofía, casi lingüística pero no se compara con lo que hacía su odiado, por eso, rival, Trotsky, que nunca dejó de hacerlo. Se supone que redactar decretos no cuenta sino escribir realmente, cosa que hicieron Mitterrand o Manuel Azaña, ninguno de los dos dejó de lado preocupaciones literarias pese a tareas de gobierno, nada sencillas por otra parte. ¿Y en la Argentina? Moreno escribió, se sabe pero Rivadavia no sé; Rosas no parece haber tenido esa debilidad que, en cambio tuvo Mitre, traductor por añadidura; Sarmiento fue un fenómeno, lo escribía todo, desde jovencito hasta su muerte pero después no parece que los presidentes lo hayan hecho, Yrigoyen, por ejemplo, casi ni hablaba y Alvear sí pero no parece que escribiera. Al General Uriburu le escribió algo Lugones que al poco tiempo se cansó y los que siguieron al militar ni siquiera eso hicieron hasta que llegó Perón que, según me enteré, sabía escribir pero como no tenía demasiado tiempo mientras gobernaba se limitaba a hablar y publicaba lo que había dicho. A Frondizi le costaba hacerlo, se le caía de la mano la pluma cuando comenzaba a hacerlo, razón por la cual para escribir Petróleo y política, el libro que el libro que lo hizo famoso y, en parte, lo llevó a la presidencia –es una suposición- recurrió a algunos escribas a quienes el lápiz no sólo no se les caía sino que lo hacían bien. De ahí en más, la literatura fue esquiva con los que lo sucedieron, enumerarlo es fastidioso: es probable que Cristina se decida a hacerlo, con que nomás dicte sus memorias lo haría y no sin gracia. Y, ya que estamos, ¿qué podemos decir sobre la obra escrita de Macri? probablemente, si llegara a hacerlo alguna vez, les daría muchas satisfacciones a los lectores de Stanislaw Lem, autor de Vacío perfecto.

Las caravanas de hondureños que atraviesan el territorio mexicano traen a la memoria los recuerdos de otros éxodos. Parecía que eso se había terminado pero no, en realidad nunca terminó, tampoco se sabe cuándo empezó. Simplemente, fue tomando diversas formas, razón por la cual no fue fácil advertir que se trataba de eso o que había que reconocer en cada una de ellas el mismo fenómeno. Medio Oriente, con sus interminables desplazamientos, África y los barquichuelos que zozobran en el Mediterráneo, qué tarea, qué carga considerar todo ese enorme paquete de infortunio. Ahora los centroamericanos lo actualizan aunque también tuvimos lo propio, al que no le dábamos ese nombre, en el 74 y 76, con el exilio y, de otro  modo, en el 2002, cuando miles de argentinos se iban del país. Ahora, aquí, la tentación de irse empieza a presentarse, se escucha en diversos medios que muchos que regresaron a partir del 2005 o bien ya se han vuelto a ir o se están preparando para hacerlo. Se comprende, cuestión de edad, de proyectos, de fuerza. Para mí no sería posible, no ya por la edad sino porque, considerando cómo en diversos lugares, de los más modestos y humildes hasta los más elevados, científicos e intelectuales, se está peleando para no dejarse derrotar por la depresión de todo tipo que el macrismo y sus adláteres han instalado, irme sería una defección. Se trata de correr la suerte, simplemente, de estar junto a. Nada más.