por Noé Jitrik

La suerte me ha puesto otra vez en la ciudad de México: tumulto, aparente caos, contradicción urbana vertiginosa durante el día y, a partir de las nueve de la noche, cerrado abandono, silencio pesado. Andamos por varios lugares en esta inabarcable ciudad, entrecruzada históricamente, lo prehispánico como telón de fondo, lo hispánico como sobreimpresión, el monumentalismo republicano y una  modernidad exagerada y peligrosa –edificios encristalados de treinta o cuarenta pisos- y todo esto atravesando barrios algunos arbolados, suntuosos y mesocráticos y otros llenos de vida en las calles, con comederos y vendedores ambulantes de todo tipo. Pobre descripción, desde luego, a vuelo de pájaro pero que obliga a comparar ciudades, en particular, desde luego, Buenos Aires, otro ritmo, otro modo de desplazarse las multitudes; aquí, parece todo caótico pero funciona, en medio del tumulto todo responde, es como si hubiera reglas implícitas por las cuales toda pregunta tiene la respuesta adecuada y precisa y cada personaje, porque está lleno de personajes que actúan con convicción, implantados en un saber de la vida que vence dificultades, derrota impaciencias y malhumores pese a la humildad de lo que hacen y ofrecen; el ritmo urbano, como decía, en Buenos Aires es diferente, los pobres están apesadumbrados y si ofrecen algo, los ambulantes por ejemplo, sienten el peligro porque en la perspectiva oficial afean, el propósito municipal tiende claramente a una falsa dignidad de clase media, el modelo parece ser alguna vaga y aburrida ciudad del Canadá o de los Estados Unidos, lo diverso y colorido está reprimido pese a que negros recienvenidos alternan con coreanos más asentados, junto a judíos de rulos y sombreros: eso que le da vida al Once no afecta al centro ni a los barrios que parecen atenuados, hasta tristones, bastante difícil es encontrar ocurrencias u ofrecimientos, muy poco es humorístico, y como a las clases medias el “populus” les da un poco de asco, más vale no detenerse y observar, lo que la entidad municipal ofrece es una ciudad controlada, un porvenir de supermercados, centros de negocios, restaurantes caros y bancos, muchos bancos, nada latinoamericano, nada de bolivianos, peruanos y ecuatorianos. Para el ideal macrista se trata de ciudad escaparate, vaya un solo ejemplo –hay muchos-, el interminable arreglo de la calle Corrientes que pretende facilitar el acceso a teatros, restaurantes y librerías, como si tal como está no lo permitiera y cómo si hubiera que entregar la ciudad a consumidores, que todavía existen y en cuyos gustos los Rodríguez Larreta no hacen más que pensar. Y otro ideal es liquidar el pequeño comercio: seis locales cerrados en la cuadra en la que vivo, casi nada, dónde estará el que arreglaba pianos, dónde los que animaban La Robla. Y los porteños que acompañan, un equívoco total.

Y otra más sobre México: rumbo a Coyoacán, un lugar que en principio parece exclusivo, casas antiguas en callejones secretos y una población de clases medias, intelectuales, muchos conocidos, otros frecuentadores de comederos y cantinas. Despierta cuando llega el domingo y ahí vamos pero no somos los únicos, miles de personas de todo tipo, lo que se conoce como pueblo, se desplazan con calma buscando algo, comer en los diversos comederos que están dentro del mercado y que tienen nombres se diría que poéticos, comprar toda clase de cosas, describir las cuales convocaría a una mirada de alta antropología: dulces variados y frutos secos, ropas de todo tipo, figuras de barro y recipientes de paja trenzada, enormes chicharrones expuestos en carnicerías gigantescas, figuras caprichosas de barro y papier maché, sombreros y quesos, relojes y anteojos variadísimos, muestra de una productividad asombrosa y, lo que es más fascinante, ningún supermercado rondando por ahí. Es tanto que uno no sabe por dónde empezar y resuelve el dilema comiendo con el mismo fervor de salsas y tortillas que anima a quienes, como nosotros, saturan las rústicas mesas de los restaurantes de todo estilo que ofrecen una pausa al vértigo de la mirada y de la compra que en este panorama no es consumismo sino placer. Se trata, por lo tanto, y no me cuesta sacar esa conclusión, de una auténtica cultura popular que tiene múltiples fuentes pero no importa, me parece imbatible, la tendencia a los fastuosos y desmesurados centros de compra que fascinan a burgueses contentos de sí mismos se detiene ahí, pienso, no creo equivocarme, que no será fácil para los intentos modernizantes que acechan en todos nuestros países, buitres de diversa catadura, derrotar a este país y ponerlo de rodillas; pienso, y creo no equivocarme, que ningún programa político puede llegar muy lejos si ignora la puerta cultural, la popular y la refinada, el pensamiento y la ciencia. Se sale del mercado y se camina hacia la plaza; abierta, amplia, es transitada por cientos de personas, un organillero devuelve a un pasado congruente con la iglesia, vendedores de lotería estimulan la fantasía, vendedores de pepitas variadas crean adicciones locales, todo lo contrario, no puedo no atender a la reflexión que hace Magdalenas acerca de la libertad, de lo que aflige a Buenos Aires: en esta plaza se puede estar, se puede sentir, ninguna administración ha tenido la idea o la intención de alterar el espacio y controlar el acceso. Brota, con esta reflexión, la comparación: muchas, sino todas, las plazas porteñas, ocurrencia tal vez de de la Rúa continuada con brío por Macri y Rodríguez Larreta, están cercadas, nada de circular, nada de imaginar, los espacios acotados, casi como si hubiera que pedir permiso para sentarse y descansar, miedo, seguramente, a eso que se llama pueblo.

De paso, y no desvinculado del todo, leo que en el Tigre, y en relación con el barrio especial llamado Nordelta, un lugar “bien” si los hay en este castigado país, se está discutiendo si está bien o mal que las empleadas domésticas viajen en los transportes públicos en los que viaja la gente igualmente bien. Parece que es un tema: uno de los argumentos para los que no quieren estar cerca de tales empleadas es que huelen mal. El olor, la utilidad del antitranspirante, el olor de la piel que, al parecer, segrega tales efluvios, cuestión que me recuerda una confesión que me hizo una amiga formoseña a propósito de unos pilagáes refugiados, por así decir, en la hondura de los impenetrables norteñas. ¡Qué antigüedad! podría decir, pero es poco, en realidad es una resurgencia, vuelven fantasmones de pasados que parecían superados y que suspendían el aliento de millones que por esa imbecilidad sacrificaban vidas y se inmolaban ellos mismos. En ese mundo vivimos y hay que soportarlo: la gobernabilidad es el escudo protector de esos brotes, no sé cómo no se entiende de una vez por todas, acaso es porque la imbecilidad es tentadora y atractiva, el imbécil está seguro de sí mismo, está enamorado de alguien que se le parece y que dice lo que quiere escuchar, vota con la misma estolidez que se le manifiesta cuando resiste el olor de los indios, negros y eso que se llama pueblo.

En México un deseado pero casi inesperado vuelco en la decisión electoral está poniendo en la escena política una voz novedosa, no sólo local sino latinoamericana en el contexto de las voces que se han impuesto recientemente, la deslealtad de Moreno, la brutalidad de Bolsonaro (Bolsignaro), la mediocridad de Macri, la viperina astucia de Piñera, la nulidad de Duque, etcétera. No es poca la tarea que le espera a ñla nueva gestión, habrá que ver cómo la encara; México es un cúmulo de problemas mayúsculos pero casi por primera vez -nunca se manifestaron con anteriores accesos al poder- aparecen reticentes, dictámenes terminantes que auguran, antes de que empiece un gobierno, inevitables fracasos; se entiende que los agoreros estén frustrados porque no pudieron seguir siendo los dueños del poder pero, lo que es peor, para muchos bien intencionados, que lo votaron, es como un fatal volver a lo mismo que conduce a un triste y resignado “México no tiene destino”, se prometen cambios y ya se ve que no hay caso, desencanto, decepción. Por supuesto, comparo con lo que ocurrió cuando Macri ganó por dos puntos; se podría decir que la situación era similar: no esperamos a que iniciara su gestión para predecir lo que ocurriría y cuando ocurrió para nada se trató de desencanto –sólo para algunos ingenuos que se engañaron a sí mismo puede haber desencanto- sino de verificación, no podía ser de otro modo por lo que era y lo que decía y, desde luego, empezó a hacer y siguió haciendo. No insisto con eso; sólo observo que algunos fervorosos lópezobradoristas le hacen flacos favores a quien todavía no ha tomado ninguna decisión: cuídate más de tus amigos que de tus enemigos, podría decírsele escuchando algunas intervenciones de los qqe creen hablar en su nombre. Hablan en exceso, dejan de hacer política, recienvenidos quizás, más afectos a las bravuconadas que al pensamiento, recortan el terreno, obligan a presumir intenciones y oscurecen proyectos. Me parece que confunden haber ganado con haber triunfado; haber ganado supone haber admitido que se podía perder, haber triunfado implica que se ha derrotado a los demás. Si se considera lo primero se instaura la política, si es lo otro, la humillación. ¿Se tendrá en cuenta esta ecuación cuando se trate de ganarle a Macri y su turbio y nefasto programa?