por Noé Jitrik 

Una querida amiga, consecuente lectora de “La barraca”, encuentra que mis Fragmentos de Vida, tal vez no todos, respiran “inconformidad, incomodidad Y tristeza”, ésas son sus palabras. La observación me toca, por un momento pienso que puedo estar rozando con mi tentativa de “diario” un imperdonable patetismo pero en seguida lo descarto, tal vez más interesante sea pensar en lo que esos términos sugieren, o sea en qué consistiría la “inconformidad” y, sobre todo, la “tristeza”. Creo que sabemos lo que significan, en todo caso serían, al ser expresados, voluntaria o involuntariamente, y reconocidos por otros, determinados sentimientos. Esto no es extraño: implicaría, en una primera instancia, algo concerniente a la persona, un “sentirse” que otros, no es el caso de mi amiga, podrían encontrar injustificado, “¿por qué sentirse así?”. Justamente, por ser muy individual podría no ser compartido. Puedo desechar esa lectura en lo que me concierne y declarar que no estoy nada inconforme ni incómodo ni más triste que cualquier ser humano sometido a las leyes del tiempo. En cambio, lo admito, estoy inconforme, incómodo y triste, considerando lo que pasa en un afuera político y, sobre todo, social. ¿Puedo sentirme de otro modo si leo que este año 120.000 trabajadores han engrosado una ya enorme columna de desempleados? ¿No es para sentirse profundamente triste que un delincuente como Bolsoignaro sea presidente de un país que siempre había sido alegre y espléndido? ¿No se puede comprender que esté incómodo teniendo que soportar el lenguaje de esos invasores de la racionalidad que ocupan la Casa Rosada y multitud de cargos? Aclarado este punto me siento tranquilo porque no hay otra que enfrentar en este terreno tales sentimientos. Sólo que puede ser muy raro que muchos otros, a veces cercanos, no lo sientan así.

Mi padre murió en 1942; un año antes yo había comenzado la secundaria, en la escuela comercial llamada Hipólito Vieytes, que estaba instalada en la calle Venezuela y al año siguiente en Gaona y Cucha Cucha. Para más datos, fui a parar a ese lugar en gran parte porque mi padre así lo había aconsejado aunque a mí mismo no se me habría ocurrido optar por otra cosa y tampoco era imaginable consagrarse a estudios con menos porvenir económico así como, igualmente, a no hacer nada y entregarse a los placeres de la existencia. Conservo recuerdos de esos años: el encuentro con quien sería mi amigo de toda la vida, Julio Lareu, la lectura en voz alta, el descubrimiento de la química y la física, los primeros encuentros con la música, mis trabajos, primero acompañando a mi padre en sus siempre fracasados intentos, su penosa muerte, y el fluir de un tiempo tan lleno de descubrimientos como de penurias. Niño consciente y esforzado siempre trabajé en las tardes mientras en desoladas mañanas aprendía a mensurar la realidad mediante cuentas y esforzadas escrituras góticas. Eso duró cuatro años: cuando apuntaba el quinto pensé en no seguir sin saber exactamente por qué la renuncia podría ser algo positivo. Pero algo o alguien me indujo a lo contrario con una idea seductora: pasarme al nocturno. Eso fue en el 45, año sin duda pletórico en acontecimientos, final de la guerra, encontronazos ideológicos; y en experiencias, la calle de noche, los amigos y las largas caminatas y sus emergentes conversaciones, el cine y la música y la literatura, el gran viaje hasta La Quiaca, los primeros escarceos amorosos y, por fin, la potente idea de que todos esos años me prepararon para otra cosa, la literatura o como se la quiera llamar. Gran momento de mi vida, que regresa porque una administración para la cual una historia como la que acabo de diseñar es poca cosa está queriendo eliminar ese turno nocturno en el que pasaron y siguen pasando tantas cosas.  De un plumazo también todos los demás y que, en el conjunto, tienen que ver con la vida secreta de una ciudad, que existe no porque hay un grupo de empresarios que creen ser sus dueños sino porque se tejen esperanzas que no se ven, en las escuelas y en los talleres y en la incesante palpitación del aprendizaje que no tiene por sede los negocios privados de la enseñanza sino escuelas que subsisten, maestros y profesores que se juegan y jóvenes que despiertan, como me pasó a mí, a la poesía de la vida.

Poco que celebrar en este fin de 2018, de carencias y limitaciones, de falta de fervor; mucho que lamentar, sobre todo estas últimas semanas de un año en declive, no quiero hablar de lo económico: varias muertes casi al mismo tiempo, día tras día con el correlato sentimiento de orfandad. No puedo menos que consignarlo, después de todo, se trata de un diario personal en el que conviven modos de ver y entender así como hechos que los suscitan. Hechos duros, difíciles de procesar, muertos que tuvieron que ver, en diferente registro, conmigo pero, más importante, con una historia cultural. El primero fue Héctor Schmucler, que parecía  que iba a ser eterno desde que lo conocí en una lejana Córdoba, y lo frecuenté durante el exilio en México: delicado, prudente, reflexivo y al mismo tiempo audaz; luego fue Osvaldo Bayer, inicialmente un nombre para mí pero con el paso del tiempo alguien a quien había que escuchar y respetar; enseguida fue Jaime Torres, admirable en la distancia y en la poética, situado en otra parte pero artista, nuestro; de Irene Gruss sólo conocía el nombre, no la obra, pero sabía que formaba parte de una generación renovadora, feminismo y poesía, querida y admirada; por fin Germán García, montado en esa fascinante combinación de psicoanálisis y literatura, un genuino producto de la cultura argentina: siempre nos miramos con afecto y respeto, sus devociones eran también las mías, un constructor. Escribo esto como un conjuro: sé que no voy a detener a la arrebatada muerte pero nadie me quita la impresión de que todas esas muertes tienen el mismo telón de fondo, el deprimente sentimiento de una época gris, de una política gris que prevé y preconiza muertes de diverso tipo de las que no tenemos idea y que cuando se producen es como baldazos en nuestra soledad.

Se anuncia, a la manera de los bandos antiguos –un sujeto parado en una plaza o en un atrio que llama con una trompeta a los paseantes y lee una disposición abracadabrante que lejanas autoridades acaban de tomar- con total tranquilidad, como si fuera un hecho natural y necesario, que en los próximos meses aumentará la luz, el gas, el agua y el transporte y se omite decir que eso implicará que todo lo demás aumente, como si hasta ahora eso no hubiera ocurrido. No me sorprende que no parezca haber reacciones de diferente tipo, seguramente las hay, porque tampoco las ha habido –salvo protestas y molestias e insultos de viva voz que no han cambiado nada- con los aumentos a toda clase de impuestos, alimentos, alquileres y un largo etcétera. Si nos hemos tragado todo eso en los tres años de la sabia y humanitaria gestión de los financistas instalados en la Rosada por qué ahora protestaríamos; los financistas podrían decir, impávidos, que hay que ser coherentes, si antes aceptamos –desde el Congreso hasta los villeros- por qué ahora se les ocurre que no. Increíble que no hayamos podido salir del estupor y que todo un país quiera, porque parece que lo quiere, ser rehén de un saqueo que se hace ante su vista y paciencia. Hermoso año nuevo nos prometen, habrá que regalar a pasto cohetes de todo tipo para que la porción del país que todavía apoya al macrismo se caiga de la silla y con sus integrantes todos los demás, impacientes y pacientes, casi sin discriminación, salvo financistas, banqueros, groseros, deficientes y clones de Bullrich, Carrió et al.

Tengo que acostumbrarme a callar cuando escucho a esos seres prudentes, para quienes el tiempo presente tiene la virtud de eliminar experiencias, recuerdos, interpretaciones y hasta pensamiento y, correlativamente el futuro es lisa y llanamente para ellos lo que se puede obtener, cuando emplean términos como “sensibilidad” –que le solicitan con discreción y temblor en la voz, casi ruegan, apelan a ese legítimo sentimiento, al conjunto macrévolo- o “renuncia” –al tener que admitir que todo se encamina al desastre- cuando quieren ser enérgicos ante las órdenes que cumplen ciertos ministros; más o menos cuando esos mismos o sus representante calificados invocaban la “gobernabilidad”, como si fuera un precepto sagrado que respetarían, como es lógico para lo sagrado, religiosamente. Claro que no es lo único ni lo peor: hay que reconocer que los miembros del gabinete, siguiendo la línea estilística del presidente, tratan de no conceptualizar, apenas describen, cuando no tienen otro remedio, casi nunca explican y tampoco asumen demasiados compromisos verbales; cuando quieren atacar aluden o dejan en manos de otros las riendas del ataque, por ejemplo, en periodistas que asumen el encargo con alegría y van a la batalla animosos, gran favor que le hacen a sus mandantes. Para qué dar nombres, eso ocurrirá cuando llegue la hora de explicar por qué aceptaron ese papel; sin embargo, no puedo dejar de mencionar la nota que firmó en Clarín una jovencita de apellido impronunciable, una bella polaquita que alguna vez se me cruzó sin mayores consecuencias para ambos. Ahora la leo a propósito de la muerte de Timerman y es de no creer: ha ingresado por la puerta de la canallada a la tribu de los igualodontes, esos personajes salidos de la nada que creen que pueden hablar de igual a igual con gente que está a años luz de lo que ellos son. Si yo creyera que la susodicha puede “sobrar” a un hombre no sólo digno sino merecedor del mayor respeto, y no sólo por su desdichada suerte física sino por cómo estructuró su vida entera, entraría en el mar de los equívocos: tendría que empezar, lo que no es nada fácil, por pronunciar el nombre de la designada para hacerle el servicio a Clarín, fingiendo, al firmar, que se trata de “periodismo independiente”, con el objeto, luego, de llevar a cabo una más que evidente infamia; lo peor, lo que cuesta entender, es que ella es una débil mujer a la que se le hace cargar el peso de un cúmulo de infamias, eso que Clarín insufla diariamente en la credulidad de inermes aunque no inocentes lectores.